DE LO QUE NO PUEDE DECIRSE

Letras Roberto Bueso | Publicado originalmente el 8 Diciembre 2016 cómo escribir un guion cimatográfico

Roberto Bueso

Roberto Bueso


El guion cinematográfico no es una obra literaria en sí misma. Debe su existencia a la palabra, a la necesidad de empezar por algún lado, y sin embargo su aspiración es llegar a ser otra cosa. Su deleite, su inclinación, sigue siendo provocar en el lector los abismos de la literatura, pero no puede valerse de ella para lograrlo.

Donde más se sufre esta limitación es, quizás, en su incapacidad para apuntar los eventos mentales de los personajes. Regla sacrosanta del guion: mostrar únicamente aquello que puede verse y oírse. No puede escribirse «Mendoza mira a la joven y siente cuchillas por dentro», a no ser que esa sea la voluntad cinematográfica y queramos decir exactamente que, más tarde, los talentos se las ingeniarán para mostrarnos cómo miles de cuchillas figuradas atraviesan las cavidades de Mendoza –que debe ser un párroco o un general-. Es decir, podría escribirse porque podría filmarse. Pero si persistimos en el intento de quedarnos en la realidad, e invocar únicamente lo que le ocurriría a ojos de otro a este párroco o general que súbitamente se enamora, ¿qué tenemos más allá de la descripción de una mirada, de un rostro ligeramente cariacontecido, de un silencio, quizá de una copa que cae o un pajarillo que entra? ¿Cómo contar con palabras de este mundo lo que es sentido si al mismo tiempo ha de ser observable?

Esto es así porque la escritura del guion accede a los estados del alma en la medida en que es capaz de expresar descripciones precisas de las acciones humanas. Si se piensa, este tipo de acceso es idéntico al que tenemos todos y cada uno de nosotros hacia los mundos interiores de los demás. Sabemos que alguien desea, cree, anhela o decide algo porque le vemos comportarse de acuerdo a ese deseo, creencia, anhelo o decisión. Lo mismo ocurre con las sensaciones o los sentimientos.

Generalmente, nuestro acceso a los propios estados mentales es privilegiado, no requiere intermediarios: sabemos que nos duele la mano, sabemos que preferimos no reír ese chiste –aunque invariablemente hagamos lo contrario-. En cambio, el acceso que tenemos a los eventos mentales de los demás es siempre dudoso, frágil, suspicaz: «No le duele tanto la mano», «Se ríe demasiado». Necesitaremos ver cómo se contrae su cuerpo, cómo enseña los dientes, cómo dice ‘Ay’, cómo toca con el codo a otro y repite la última palabra de nuestro chiste para inferir de ello que hay ahí otra mente. Y aun así siempre habrá lugar para una duda razonable. Lo único que tenemos, mal que nos pese, es lo que vemos que hacen los demás.

Es esta dimensión, la de las manifestaciones y expresiones, la que corresponde al guion. La manera en que decodificamos el mundo interior en acciones y las correlacionamos con el entorno es el único tablero de juego que importa y, al mismo tiempo –que no haya penas-, el único que en el fondo se necesita.

Así que me encuentro escribiendo esta secuencia, en la que Edu, mi protagonista, asiste al funeral de la madre de su mejor amigo. Ha vuelto a su pueblo tras una larga temporada en el extranjero, y ya conocemos la convención: encuentra que todo es diferente a pesar de seguir en el mismo lugar. Su familia, sus amigos, su amor de juventud… De repente, todo apremia. Siente una profunda necesidad de recuperar aquello que una vez dejó olvidado, y que ahora se muestra como algo misterioso, pero de recorrido cardinal e irrenunciable. Detrás de todo, un impulso: volver atrás, no crecer, no enfrentar el destino propio; ya he dicho que conocemos esta historia.

La columna de acción, llegado este momento, dice:
«Se detienen allí, en el corazón del cementerio general, justo donde la pared cambia y presenta huecos entre las lápidas, como un panal a medio hacer. Edu mira a su amigo, cogido a su hermana, y alcanza a ver de refilón que está llorando. Después, casi por impulso, lleva la vista al fondo, recorriendo los nichos vacíos, a través de la gente, hasta encontrar a sus padres mirando al suelo, cogidos de la manoY entonces».

¿Y entonces qué? ¿Se levanta un viento silbante? ¿Edu saca algo de su bolsillo? ¿Empieza a llover? ¿Alguien grita? ¿Alguien se marea? ¿De repente un eclipse de sol?… Veamos: «Y entonces comienza a levantarse un viento al principio amigable, pero poco a poco violento, y Edu saca del bolsillo el reloj familiar y comprueba que se ha detenido, justo cuando empiezan a generarse las primeras gotas de lluvia y alguien grita y otro se marea, pero nada es comparable a la sombra que se expande de pronto: la luna acaba de tapar al sol». Es decir, ¿todo a la vez?

No; quisiera poder decir otra cosa, y sin embargo no puedo. Quisiera poder decir qué es lo que siente Edu al volver a casa y ver a sus padres. Yo… quisiera… Quisiera poder decir que los ve ahí, pequeñitos, desgastados, pesarosos… y entonces… ¡Y entonces culebras en el vientre! ¡Estallan mundos!, se le agolpan de repente en plata y oro trazos de cuando era chiquito, le vienen juntos el recuerdo de un guiso y palabras razonables ante un fracaso, se le agarra el fantasma de una fiebre y su cuidado, un baile en la cocina y trocitos de queso, la fuerza que ya no tienen para levantarlo, oír unas llaves afuera, sentir que eran jóvenes y discutían y probablemente todavía planeaban, saberse observado por el retrovisor, que se quitaban cosas propias para dárselas a él es ahora un hecho en forma de sonido o de canción, los días de sol tan cursis y tan de todos -pero tan indispensables, qué sé yo- también aparecen, ¡y mira aquel viaje al Norte!, ¡y mira aquel perdón!, el olor a tabaco y los cigarros que jamás fumarías, ese gesto con las cejas que aprobaba o expatriaba intenciones, enterrar al perro querido, esconder algo y callarse para siempre, oír tantas veces que eres su vida…

Y de pronto como que se va apagando todo, pierde fuerza cada color, cada línea, los sonidos también se apagan y ya no hay más pasado remoto. Te acuerdas, en cambio, de algo más a mano, tus días fuera y la pereza de llamarlos, las visitas aprisa, los resúmenes cansados de tu vida allá tan lejos, romper un abrazo –los abrazos duran ahora demasiado-, resolver las despedidas como quien camina, tú tan serio y tan enigma, decir tantas veces «todo bien», dar por seguro el tenerlos, sentirte con derecho a no pensarlos; guardarte para ti los desatinos…

Quisiéramos decir, pues:
«Y entonces les ve allí, y parece como si acercara su mirada hasta verlos más de cerca, aislando sus caras y sus manos, y un sentimiento que había pasado desapercibido hasta ahora se manifiesta: repentinamente, es como si sus padres hubieran envejecido salvajemente».

Pero no podemos. Tenemos que recorrer bajo la niebla el camino de las miradas, de los gestos, de las acciones. Tenemos que claudicar y encontrar la belleza que hay en esto de no poder decir lo que quiere decirse. Tenemos que convocar lluvias y levantar vientos para que hablen por nosotros. Tenemos que tapar el sol con la luna.

Llamar más a casa.

Biografía del Autor invitado: Roberto nace en Valencia en 1986. Cursa estudios de Filosofía en la Universidad de Valencia. En 2007 realiza el Máster Iberoamericano de Guión de Cine, desarrollado por la UIMPFIA. En 2010 obtiene la beca de la Fundación Borau para jóvenes cineastas, gracias a la cual vive en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Durante ese tiempo estudia Dirección cinematográfica en la ECAM. Su proyecto final de carreraLa noche de las Ponchongasparticipa en un centenar de festivales y obtiene numerosos premios. Actualmente se encuentra trabajando en el desarrollo de su primer largometraje junto a MOD Producciones.