LOS DEDOS DE ANASTASIA

Texto  Mario Flecha dedos_de_anastasia                                                                         Diseño Oscar Grillo

“Women constantly meet glances which

act like mirrors reminding them

 of how they look or how they

should look. 

Behind every glance

 there is judgment.”

John Berger, Ways of seeing.

 

Se terminaron las vacaciones.

—Volvemos a Londres mañana —dijo mi hermana melliza rechinando como una cigarra.  Mientras ella gritaba, yo pensaba en Anastasia.

            La tristeza, sentimiento ajeno a mi salud, me invadió el alma cuando me despedí de Anastasia.  Prometimos postergar nuestras emociones hasta el próximo verano.

El verano transcurrió con la excitación que sentía todas las mañanas al levantarme pensando que en un par de horas olería el perfume agridulce de la piel de Anastasia.  La magia del estío como una ballena hambrienta fue devorando los días, escondiéndolos en su estómago hasta que las vacaciones dejaron de ser hoy para transformarse en ayer.  La tristeza que me acompañó durante el viaje a Londres era proporcional a la felicidad que había sentido al enamorarme de Anastasia.

El año transcurrió lentamente.  Esperaba sus cartas o emails, a veces hablábamos por Face Time, pero esto último me dejaba de mal humor. Me masturbaba una vez por mes, para que mi pasión explotara en orgasmos increíbles.

            Un día, sentados en las sillas de la cocina con mi hermana, apoyamos nuestros codos sobre la mesa de pino de vetas rosadas.  Empujé el candelabro con una vela agonizante hacia un costado mientras le confesaba que amaba a Anastasia.

—Lo sabía porque los espié, vi que andaban tomados de las manos y a los besos.

Yo soñaba que caminábamos cuando el sol se desvanecía en Sète, subíamos al Monte Saint Clair y paseábamos en el cementerio marítimo donde visitábamos la tumba de Paul Valéry.

Mi hermana, cuyo sentido del humor era tan desagradable como su voz, bromeaba sobre mi embriaguez emocional.

 — ¿Notaste que Anastasia nunca usa sandalias? —me dijo.

— ¿Qué?

— Anastasia siempre anda en zapatillas.

— ¿Qué quieres decir?

—Ella tiene un secreto, por eso esconde su pie derecho.

— ¿Cuál?

—El dedo meñique está montado sobre el cuarto dedo del pie.

—Mentiras —grité sin poder creer lo que escuchaba.

Mi hermana fue hacía la pileta de la cocina, volvió con una jarra llena de agua que derramó sobre mi cabeza.

—Apagar el incendio —dijo riéndose.  Furioso y empapado corrí detrás de ella, pero se escapó encerrándose en el baño.

La revelación me trastornó.  ¿Cómo podía amar a alguien defectuoso? —me dije.

            Días después, una vez calmadas mis ansiedades, convencí a mi hermana que me permitiera sacar unas fotos de sus pies.  Pintamos con dedicación las uñas de color rojo-rojo, montamos su dedo meñique sobre el cuarto dedo, luego tomé fotos de todos los ángulos imaginables.  Pasé las fotos de la cámara digital a la computadora, en Photoshop fusioné las imágenes de las piernas de Anastasia con los pies de mi hermana.

 

La oscuridad del otoño le dio paso a la oscuridad del invierno hasta que la primavera se fue asomando tímidamente dándole espacio al verano.

— ¡Viva el sol! — gritaba mi hermana mientras el coche se deslizaba hacia la ruta de la costa.  Mi madre manejaba el volante del infatigable Citroën, a su lado mi padre leía un mapa del área.  Mi hermana y yo peleábamos.

Bordeábamos las aguas tranquilas de la laguna Tau.  Como todos los veranos íbamos al pueblo de Sète y como todos los veranos mi padre nos recordaba que fue fundado en Siglo XVII, por Luis XIV de Francia quien dictó que el Canal de Midi moriría en el mar Mediterráneo a los pies del Monte de Saint-Clair.

Al llegar al pueblo de Sète  se perfilaban las casas angostas de dos o tres pisos, con sus techos planos, mientras el sol mordía las paredes descascarando el revoque de cemento que cubría los ladrillos.  Las terrazas se transformaron en jardines con plantas que colgaban sobre los muros escapándose hacía la calle, los balcones ornamentados con rejas de hierro fundido mezclaban las macetas de flores rojas junto a las siluetas de ropa tendida.  Los cables de la luz y el teléfono entrecruzándose sin ningún pudor estropeaban las fachadas de las casas.  Las calles estrechas de adoquines serpenteaban hacía el infinito.

Llegamos a nuestra casa de Sète en una de las calles del antiguo Quartier Haut.  Yo estaba aturdido de felicidad, pronto vería a Anastasia.

Sin embargo, me preocupaban los besos y las caricias del año anterior que no tuvieron en cuenta su dedo meñique del pie.

Trate de minimizar la historia del dedo torcido pero la curiosidad me fue invadiendo.

Nuestro primer encuentro del verano tiene que ser una sorpresa para ella.  Fui a espiarla por la mañana, caminaba hacia arriba de la colina y me deslizaba hacía abajo con los ojos pegados a la puerta del frente de su casa hasta que decidí que el mejor lugar para verla salir sería esconderme detrás de una escalera en el jardín semi abandonado frente a su hogar.

Cuando la vi salir, debí contenerme para no correr hacía ella, me atacó la felicidad, detuve mis ojos en sus piernas bronceadas —torneadas por la mano de dios —me dije. —Shit! Por qué dios descuidó los detalles.

La seguí hasta el parking de la playa.  Ella corrió hacia al mar, yo me oculté entre las dunas y los arbustos.  Vi que calzaba espadrilles de todos los colores, vi como tiró sobre la arena una toalla, caminando alrededor de la toalla estiró las puntas hasta dejar sobre la tierra un rectángulo perfecto, se sentó encima comenzando el ritual de desnudarse.  Se sacó la zapatilla del pie derecho simultáneamente lo hundió en la arena, fue todo tan rápido que no pude ver su dedo meñique.  Después manteniendo el pie oculto en la arena se levantó sacándose la blusa de color indefinido que dobló en cuatro y la dejó en el medio de la toalla, comenzó a bajarse la pollera que se quedó enroscada en sus tobillos, hizo unos movimientos convulsivos que me distrajeron e impidieron ver el pie derecho antes que se hundiera nuevamente en la arena.

Me acerqué y me senté a su lado sobre la arena.  Me recibió sorprendida entre pequeños hipos repitió mi nombre.

—Matías, Matías.

Las olas del mar se arrimaban peligrosamente dispuestas a acariciar sus dedos del pie izquierdo que se habían abandonado más allá de los límites de la toalla mientras la rodilla de su pierna derecha estaba flexionada en dirección a el cielo y la arena ocultaba el motivo de mis curiosidades.

            Ella estaba extendida sobre su toalla, semidesnuda con sus pechos apretados, la cintura escueta que permitía que sus caderas estallaran de redonda felicidad preludiando sus piernas que terminan en los dedos de los pies.  ¿Torcidos?

Descubrí la perfección de su frente redonda perdiéndose en sus ojos grises mientras los huesos de sus pómulos se suavizaban hacía los labios exuberantes como fruta madura.

            Lágrimas recorrieron nuestras mejillas.  Nos quedamos en silencio hasta que comenzamos a reír.  Nos abrazamos largamente murmurando alegrías.

            Sin saber qué hacer, le alcancé un papel arrugado que había encontrado en la calle con un texto de Ladious Azur.  Ella lo alisó con suavidad, sentí las yemas de sus dedos recorriendo mi brazo. Luego comenzó a leer.

            —La lata de conserva estaba rellena de plumas de cocodrilos, se abrió mientras los pájaros heridos vuelan hacia el cielo llevando entre sus picos tres adornos.  Los globos amarillos huelen a caca infantil y salpican al arco iris… Ladious Azur.

— ¿Dónde encontraste esta página? — me dijo mientras apoyo uno de sus dedos sobre mis labios impidiéndome hablar. — ¿Quién es Ladious Azur?

            —Nadie lo sabe, es un poeta que vive en Buenos Aires, nunca publicó un libro, su poesía se puede encontrar en las calles de varias ciudades.  Dicen que tiene amigos alrededor del mundo que distribuyen sus poemas en hojas arrugadas abandonándolas en las calles y parques y a veces hasta en Sète.  Encontrar uno de sus poemas trae buena suerte.          

Anastasia, sonriendo, acarició mis párpados.

—Hay algo romántico, como el poeta en los Detectives salvajes del escritor de Blanes.

Interrumpí la felicidad del encuentro preguntándole —  ¿Porqué escondía su pie en la arena?

Un destello de irritación cruzó su rostro.

—Porque aquel que mire los dedos de mi pie enceguecerá—dijo mientras hundía la pierna en la arena.

El sol saturado de furias se reflejaba en las aguas azules del mar.  A lo lejos el horizonte creaba una línea infinita a veces interrumpida por el vuelo de un pájaro o la siesta de un barco.

Yo la miraba aturdido, mi cerebro giraba enloquecido mientras me imaginaba su dedo meñique cabalgando sobre el cuarto.

—También yo encontré una hoja tirada en el Canal de Midi—dijo mientras abría su bolso y me daba una página.

—Leí.

—Estoy pensando que mi mano derecha pretende ser mi mano izquierda y que mi mano izquierda pretende ser mi mano derecha, que ambas tratan de confundirme pero yo sé que la izquierda está a la derecha y la derecha está a la izquierda sin embargo ellas insisten en que estoy equivocado así que empiezo nuevamente.  La mano derecha, si la miro desde atrás está a la derecha, pero si la miro desde el frente es la mano izquierda, lo mismo pasa con la mano izquierda.  Después se me ocurre que las manos no están ni a la derecha ni a la izquierda porque tendría que tener un desdoblamiento imposible para saber con certeza donde están.

Nuestra complicidad era perfecta, pero había un detalle que me angustiaba.

¿Y si me quedaba ciego antes de ver los dedos de su pie como ella había amenazado? ¿Prefería la ignorancia y ver o tal vez la realidad y sufrir la oscuridad verdosa que prometía la ceguera?

Yo la miraba, ella me miraba comprendiendo mis dudas.

— ¿Por qué quieres ver mis dedos?

—Curiosidad.

— Temo por las consecuencias.  No me gustaría que te quedes ciego.  Sabés creo que Ladious Azur no existe o si existe yo sé quién es.  Él es el único que podría ayudarte contándome una de sus historias y si me gusta, te muestro el pie.

Me enrojecí, Anastasia comprendió que el papel que le había dado diciendo que era de un poeta de Buenos Aires lo había escrito yo, simplemente porque tenía mi letra.

— ¿Te cuento una historia de amor? —le pregunté.

— ¿Con tal que no sea trágica?

Es la historia de Donald Trump y Melanie…

—En un lugar remoto (Miami) paseaba

Donald el Caracol.  No cantaba canciones flamencas, solo tenía turbias ideas sexuales y un ego muy desarrollado.  Su canción preferida era Mi Mi por la banda republicana los Twitter.  Donald el Caracol solía salir a pasear por la ciudad a Cazar Caracolas, a él le gustaban todas.  Su insatisfacción sexual era un punto de inflexión, debo confesar que no sé qué quiero decir con punto de inflexión, pero me pareció una combinación de palabras muy bonitas.  En fin, Donald era un caracol macho, muy macho, cuando en una de sus cacerías conoció una hermosísima Caracola de un país raro.  Se enamoró excesivamente, ella era una joven bella con una concha espiral de colores nunca vistos.

Él le miró las antenas, fascinado con el color miel de sus ojos la bautizó Melania.  Ella coqueteando lo llamó Tramposo.  Se amaron como solo los caracoles saben amarse; él le tiro una espícula de carbonato cálcico y a ella le estalló el deseo, copularon con fervor durante cinco horas.  Agotados, se sentaron para ver TV, escucharon las noticias del día.

— El presidente es hermafrodita —dijo la locutora.  Donald el Caracol le preguntó a Melania que quería decir.  Furioso atacó a los golpes al aparato gritando —Fake news.

Ella sorprendida le dijo —Hablas inglé.

Una vez calmado, se fueron a pasear al parque de diversiones y se divirtieron como locos subidos a la montaña rusa.

Anastasia no pudo contener la sonrisa que le brotaba en sus labios.  A su alrededor las dunas se extendían por kilómetros como un animal inmenso tendido sobre la tierra rodeados de parasoles que se erguían como hongos de arena.  Cuando su sonrisa se ahuecó, subió perezosamente su pierna derecha hasta que dio una patada al aire al mismo tiempo que decía

            —Tú hermana MINTIÓ.