LOS DES-HECHOS DE LA CRISIS

Letras Viviana Lombardi

Sueños sin techo – alegoría visual – VL


 

Salió desaliñado porque se empezó a sentir de entrecasa. Tomó la ducha matinal y no se afeitó para pasear por la ciudad. Un alivio que –descubrió– hacía mucho no sentía. Otra vez las calles marcaban el destino, ocupando el lugar de parcas que él les había autorizado desde su llegada.

SI EL HAMBRE ES LEY, LA REBELIÓN ES JUSTICIA

¿Por qué, cómo seguía existiendo la lucidez en su nacioncita moribunda yaciendo sobre ese país interminable?

¿Cómo se conserva la dignidad en la indigencia?

¿Quién de los miles de mutantes callejeros que había visto escarbar basura había convertido ese muro en un compendio de sabiduría?

A dónde te llevo, y dónde te pongo matria vaca. Mujer abandonada por mí cuando huí de tu regazo, buscando al padre extranjero y errante como mi yo fugitivo de tu amor húmedo con olor a tierra y bosta. Yo, que me fui sin susurrarte al oído un nombre secreto que te bendijera. Para hacerte mía del todo. Del todo mía mujer de la luna en cáncer. Artemisa de la plata india. Mina de oro fundada sin sus pies por bárbaros que no te dieron ni la sabiduría ni la cifra. Dejándote a merced de mercenarios que te quieren hacer puta. Matria con color de virgen y sin ningún apóstol.”

Se tuvo que sentar en el primer banco de plaza que se le cruzó. El sol resplandeciente lo abrigó del viento helado. Vio gorriones buscando el sustento diario. Un cartonero se le acercó a pedirle fuego. Era un pibe lindo, de ojos de avellana, cabeza de pastizal del color del mate amargo.

Le ofreció un negro francés y hablaron en argentino criollo entre volutas. No quiso saturar la emoción de ternurismo fácil y sin epicentro. Él se había fugado. Este chico se quedó y se quedaría.

¿Pronto sabré quién soy?”

No era perdón lo que buscaba. Era consejo. ¿Cómo se encuentra dignidad en la basura?

Todo el tiempo tuvo ganas de llorar. Acaso de alegría. Podría ser su hijo. Podría hacerse su padre, huevos mediante. Quería conservarlo de algún modo, cercano.

Pero no supo. No encontró cómo pedírselo sin violentar la esencia libertaria, el mundo por crear que ese pibe tenía en los ojos. Se sintió falto de amor, de compasión, de consuelo humano frente a tanta valentía.

Ladrón no me voy a hacer. Es lo que quieren ellos, para matarme o algo peor: guardarme para siempre. Pero acá – y se tocó la frente de ángel– yo la tengo bien clara. Soy una persona. Y voy a ser un hombre, cueste lo que cueste.”

No se puede tener la insolencia de llorar frente a alguien así. Se privó, con esfuerzo. Lo invitó a comer un choripán y juntos, silentes y voraces, se comieron tres cada uno. Luego lo vio partir a juntar su pan de cartón y sintió que antes y después existen.

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No pudo más que entregarse a la neura del cuerpo en los días sucesivos. Algo disfrazado de gripe lo tumbó en la cama solitaria que le tragaba la energía como una hembra voraz.

Pidió que no le pasaran las llamadas. Sabía que en un par de días estaría en pie, previo exorcismo de los espectros habituales. Tampoco podía comer sin sentir náusea tenía el estómago avergonzado– así que no comía. Parecía que esos tres choripanes compartidos con el pibe de vida de cartón y voluntad de hierro serían su última cena.

Algo nuevo sucedió, sin embargo, que lo apartó de lo habitual. No se entretuvo brindando con sus fantasmas, como en París. Rechazó el placebo de la botella. Quería vaciarse de deseo para comprender la carencia. Algo se agitó en su nave escorada de rumbo incierto.

Sentía el vértigo de tener la revancha que no había pedido; estar en el lugar del ayer con un nuevo oxígeno. Mariana no estaba aún sepultada con todos sus huesos, pero el camposanto había florecido y el aroma de la vida era más fuerte que el olor acre de la muerte. Ya no había sólo fatiga moral en sus pensamientos. Decidió dejarse llevar por su ciudad embrutecida, bella, apasionante, sentimental, como un tango horrendo.

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Estación Olleros de un nuevo subte inaugurado en la ausencia nómade.

El exilio –pensó sin proponérselo– es sólo una forma de trashumancia. Ya no hay destino, sólo camino hacia adelante.”

Un violinista flaco como una cuerda tocaba en un ángulo de la estación; acompañando el devenir de los trenes, poniéndole música al tránsito de las almas, capturando algunas en su valle de humanidad al paso.

De pronto sucedió una irrupción caliente. Un acontecimiento que explica por qué sólo podemos ser de donde somos.

Dos pibes de unos seis años entraron corriendo a la escena virtuosa de la música. Descalzos, con ropas desgastadas y sucias, como sus años de vida, con los ojos abiertos a los ojos de los otros, con las manos roñosas y la piel curtida.

El estuche del violín acunaba un puñado de monedas irradiando un fulgor de metales bajos como ellos. Una fortuna pequeña, atomizada en estrellas plata y oro, capaz de comprar comida barata.

Corrieron hacia allí, magnetizados. Aka previó lo previsible. Sangró por lo que iba a pasar.

Se sentaron a la derecha del violinista, sobre una alfombrita. Uno era moreno en la piel, en el carpincho de pelo azulado de tinte de luna sobre el hierro de una montaña. El otro era rubí, todo rojo en las mejillas, la pelambre de tierra salvaje preñada de cobre.

Lo miraron; fijo. Eran dos planetas forjados en el fuego de Vulcano. Uno completado en el color cobalto de los ojos. El otro ardiendo en el reflejo de un monte verde musgo. Lo observaban como dos viajeros extragalácticos.

Aka no podía responder sin pudor a la fuerza de esas miradas que pedían que se diera vuelta como un guante y se mostrara.

Nunca tocaron las monedas. “Gustavo Akamura, sos un imbécil”. Se sintió mezquino. Se sintió viejo. Se sintió poco.

Se recostaron, absortos y magníficos, juntando las cabezas en un éxtasis de hermandad. Y se alzaron al espacio con la música. Aka comprendió que no podría seguirlos. Que no los iba a alcanzar.

Fragmentos de la novela inédita SUD-AKA de Viviana Lombardi.