LOS TRES DETALLES

Letras Salomón Mosquera Rugel cuento erótico

Collage de Viviana Lombardi

Collage  Viviana Lombardi


 

Nunca imaginó que le daría un ramo de flores. Jamás en la vida, hasta esos instantes, sabía del profundo significado de una rosa. Él las eligió artificiales, de pétalos color verde, como si guardara alguna esperanza de obtener el amor de Isabel tan llevado a la mezquindad durante mucho tiempo. Quizás aquéllos, que pasaron por su vida, fueron simples seres sin el mínimo sentido de la fantasía amorosa. Seres vacíos y sin detalles maravillosos. Que sería de aquél ─se preguntaba Alexander en medio de la impotencia─, que la llevó por primera vez a la cama y desfloró la frescura de su himen? ¿Con qué engaño o argucia la hizo suya? Claro, se decía, con todos los ardides posibles para que le pusiera en manos su pudor y le mostrara el misterio de su desnudez sin ocultarle un centímetro de su pureza. Descubriéndole sus senos ensoñadores y llenos de vida, seductores y embriagantes que, cuando Alexander los veía ocultos bajo el ropaje, volvíanse en la causa de su incontrolable éxtasis… Sí, aquel orondo picaflor había arrebatado por primera vez el néctar de aquella flor, había bebido de la miel de su panal, había saciado su apetito voraz, había hurtado de su polen, y sobre la sábana blanca en alguna casa de cita amorosa, había dibujado la rosa roja de la castidad. Dónde andaría lleno de gozo, pregonándolo o no a los cuatro vientos como un trofeo de guerra, como un pretencioso adonis a quien debían rendirse a sus pies ante la mínima maniobra suya… A lo mejor se sentiría orgulloso al acordarse de aquello. De seguro, una equis roja más en el cuaderno de su enfermizo orgullo… Pero Isabel había recibido de Alexander las flores en un día sin historia, sin fecha especial, porque así era él, especial para dar las cosas. Sabía que a esa hora, ella había abierto la caja a la distancia, envuelta con papel de regalo coronado con un bello pompo y una tarjeta, que decía: «De un hombre especial, para una mujer también especial». La sentía en su cuarto, percibiendo la fragancia de su colonia de marca que se ponía siempre en las noches antes de acostarse y al salir del baño. Bajo la ducha se bañaba como siempre lo hacía: linda, hermosa y coqueta. Con suaves fricciones de sus delicadas manecitas se jabonaba la esplendidez de su piel y eso le producía un éxtasis natural. No se cohibía en lo absoluto porque entendía que era carne viviente, sexo al cien por ciento y abría sus hermosos labios reflejando la blancura de sus perfeccionados dientes. Jadeaba sin control, pero lenta, porque sus manitas, tan delicadas, que cabrían en un beso, acariciaban también sus sensibles pechos. Si, esos pechos dignos de una poesía, prodigiosos para una novela de amor, únicos en un especial paraíso donde reinarían para amamantar con suficiencia la procreación Divina. Esos sensibles pechos, que en la vida noctámbula de Alexander se le presentaban como crueles pesadillas. ¡Qué bellas eran sus dos columnas delineadas a la perfección, vibrantes ante la fogosidad de sus manos. Alexander la sentía parte de su ser, aunque en brazos de otro. Eran suyos sus besos probados sólo en sueños. Sabían a fresa y a embriagante licor. Con su cuerpo de ninfa, todas las noches salía del baño con la toalla envolviendo su desnudez, robándole en la imaginación lo poco y nada que le ofrecía como especie de misericordia y dádiva. Las rosas las había puesto ya en un jarrón junto al velador de la cama. En verdad las apreciaba porque se consideraba en concepto y acción una mujer inteligente, llena de sabiduría, incapaz de herir porque sí. Alexander seguía paso a paso en la imaginación sus acciones a la distancia, y minutos después advirtió que el rostro de ella se sonrojó a continuación, muy inalcanzable de sus manos, entre polos opuestos. La razón del sonrojo se debió al observar en el fondo de la caja un conjunto de dormir. Era una tentación de fino algodón de tono negro. La indumentaria interior negra femenina, siempre lo había seducido a él; lo atraía, lo enloquecía, le hacía perder la razón, los sentidos, las fuerzas, la vida, el aire, el aliento, la noción del tiempo, el dominio de su ser, la existencia de su yo y el descontrol de su sexo. Había acertado en la talla. La compró en un almacén de ropa exclusiva para mujeres y, cuando lo hizo, la chica que lo atendió, se sorprendió por el hecho inusual. «Siempre lo hago… Soy una especie en extinción», se lo dijo anticipándose a cualquier indagación: le había bastado con observar sus sorprendidos ojos.

«Quiéreme mucho, dulce bien mío», también descubrió Isabel, resaltado con tinta fosforescente anaranjada, la dedicatoria de una canción en un CD, del Trío Los Panchos. «Sí; quiéreme mucho», pensó Alexander…

De repente, una fuerza imposible de dominar lo envolvió. Eran las diez de la noche, y solo en esa ocasión, sintió que la sangre le hervía como fuego volcánico. Entonces, sin más opción, se dirigió al baño en puro silencio y abrió la ducha aferrándose de ella con suma potencia bajo la dispersión del frío fluido y lo vio solemne, fuerte y embravecido. Se rehusaba a ello, no quería, porque esa etapa de su vida había quedado mucho tiempo atrás, y, era consciente, que con unas cuántas maniobras, bastaría para aliviar su angustia. Ahí siguió; perenne e indeciso; despechado y avergonzado; tentado y sin más remedio, porque al hacerlo, gritó en su mente el nombre de ella como un desgraciado incomprendido, y el magma, en ferviente explosión, salió expulsado contra la cerámica de las paredes. Pero el magma, al llegar al piso abaldosado, siguió su camino introduciéndose por las rejillas del baño. Recorriendo segundos después alcantarillas y ductos; cruzando calles y avenidas; burlando semáforos y señales de tránsito; esquivando hombres y neumáticos; metiéndose por allí y apareciendo por allá en busca del polo atrayente, y cuando se pudo orientar con acierto en medio de tanto desenfreno, recorrió aceras leyendo numeración por numeración hasta encontrar la cifra de la residencia deseada, y trepó por columnas y vigas de hierro, escurriéndose desesperado bajo baldosas y cerámicas, sorteando cuartos equivocados hasta dar con el que lo esperaba, y aquel temblor ciclónico ella lo sintió de repente. Sintió que ascendía por su cama y meterse bajo el edredón, y presurosa, apagando la luz de la lámpara sobre el velador, acarició su poblado y altivo monte de Venus, porque una erupción volcánica la electrizaba, y cerrando muy fuerte los ojos, como a punto de extinguirlos, por primera vez pensó en su nombre: Alexander.

Nota de Autor: Capítulo de la novela “Los zánganos de La Colmena”. Registro inédito de autor: 001150