MADRE DEL DOLOR, HIJA SOBERANA

Letras Luciano Deraco

democracia2

Collage Brunela Curcio


Una mujer sola, tras siete años de miedo y dolor, da a luz a una hija sin padre, pero con muchos responsables. Lleva en sus genes las marcas y consignas de una generación diezmada y silenciada.
Los primeros meses son felices, da gusto ver caminar a la criatura luego de tanto sufrimiento. Pero no pasará mucho tiempo para que ciertos personajes sombríos, se adjudiquen sobre la joven derechos y responsabilidades. Crecerá creyéndose libre, confiando en las promesas de ciertos bravucones que seduciéndola con ofertas indecentes, la pervertirán de a poco.

Hoy, luego de 30 años, su madre casi no la reconoce. La angustia saberla en la indigencia y consumida por la droga. Llora en silencio por lo que ya no es, o peor aún, por lo que nunca fue.

De chica soñaba con ser madre. Tenía la certeza de que en algún momento de mi vida lo sería. Obviamente no sabía ni cómo ni cuándo. Mucho menos, que en mi vientre, llevaría el grito desesperado de un pueblo temeroso y cansado del silencio.

Ocurrió de golpe, como el mazazo de un embarazo no deseado y particularmente largo: de siete años. Siete años de patadas, dolores y gemidos… Siete años de sentir en las entrañas el engendro del miedo, el fruto del romance entre el cinismo y la vehemencia. Un embarazo sin padre, pero con muchos responsables.

No podía esperar otro desenlace, sabía que el parto sería complicado. Tenía mucho temor, es cierto, pero también esperanza. Pensaba que podía ser buena madre después de todo. Las marcas del cuerpo no habían abollado lo que me quedaba de dignidad. Ni el peor de los castigos había demolido esos valores que, silenciosamente, seguía sosteniendo como la bandera de una generación combativa. De todas formas, estaba muy herida. Las convulsiones y los mareos fueron muchos y muy prolongados. Por momentos tambaleaba, además, me sabía ahora una madre sola.

Las sensaciones eran tantas y tan contradictorias que cuando llegó el día, estaba paralizada, no sabía cómo ni qué hacer. Finalmente, no tuve de que preocuparme, di a luz una linda criatura, pero claro, eso no era lo que más me importaba: los expertos me aseguraban que era sana y con eso alcanzaba para quedarme tranquila. Yo estaba tan feliz y apasionada que por momentos creía que todo era un sueño, que nada era real.

Los primeros meses fueron cándidos, cargados de ternura y alegría. Un regocijo existencial único e incomparable, edificado en la inocencia de esa cosita ahora angelical que había incubado con tanto esfuerzo, dolor y sacrificio. Ver como de a poco, intentaba moverse, era idílico e insuperable.

Sin embargo, y como un film de terror interminable, ciertas alimañas empañaron en poco tiempo esa inusitada felicidad. Con prepotencia, aparecieron algunos personajes extraños y sombríos que se adjudicaron la potestad y valiéndose de la ley, lograron imponer reglas y restricciones. Otros fueron menos sutiles y lo intentaron por medio de la brutalidad, pero yo ya no estaba tan débil, mal que mal, ahora me podía defender, aunque al final, ganaban siempre ellos y no precisamente con fuerza o con armas, sino con la palabra y el “psicopateo” constante.

La criatura maduró, pero lejos estuve de formarla como quería, como alguna vez me había propuesto. Creció observando que todo lo que habíamos edificado se desmoronaba. Cómo sus supuestos mentores, sus grandes defensores, corrompían a quien se colocaba a su paso. Cómo su madre se cansaba y se resentía…

Ella, sin embargo, se sentía libre. Exponía desvergonzadamente sus protuberancias, no le importaba estar en boca de todos. Unos bribones que decían quererla le prometieron un futuro asegurado y envuelta en palabras melosas y bienes a borbotones, aceptaba cualquier propuesta por indecente que fuera. Se dejaba manosear, incluso abusar. Nos distanciamos, me volví casi una madre ausente. Me daba pena saberla carne de cañón para esos buitres insaciables que en su nombre, justificaban cualquier barrabasada, corrompiéndola año tras año.

Hace mucho que no nos vemos, casi que no confío en ella. La siento irreconocible. Por momentos no puedo concebir que fui yo quien la parió. Cada vez se parece mas a sus artífices: cínica, mentirosa, autoritaria, irracional. Intento consolarme pensando que está demente, que el paco le quemó las neuronas, que su vida de indigente la destroza. Me corre un frío helado por la espalda cuando pienso que apenas tiene treinta años y ya no sirve para nada. Me daña, me hace mal saberla casi muerta.

Entre descargas eléctricas sentí las contracciones y parí, aceleradas las pulsaciones del miedo, una flor que se hizo matorral, oscuro y sombrío.

Me quedé sola, llorando en silencio por lo que ya no es, o peor aún, por lo que nunca fue.

Primera entrega ficcional de la Trilogía “Agonizando las Conquistas Del Progreso Indefinido”. Para leer la autoreseña referente a dicha trilogía, dirigirse al enlace expuesto en el corriente párrafo.

Leer la segunda entrega de dicha Trilogía, el cuento «Miente, Miente, que algo Morirá»

 


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