¡MIERDA DE MODERNIDAD!

Letras Salomón Mosquera Rugel

SELFSHADOW AS HIKER | Fotografía Nicola Favaron

SELFSHADOW AS HIKER | Fotografía Nicola Favaron


 

La brisa de la mañana llegada del Estero Salado se vuelve arrulladora. Una paz infinita navega a mí alrededor por espacio de varios minutos, y siento de pronto la presencia de alguien que se aposenta a mi lado y advierto la silueta natural de su cuerpo y la curiosidad me domina. Se trata de una mujer regularmente atractiva y que viste de igual manera. Ella también me observa ante la inesperada curiosidad de mis ojos. Su actitud parece interrogadora, como dándome a entender, que qué me importaba su presencia, y que semejante a todo el mundo, ella podía sentarse donde le diera la regalada gana porque los asientos eran públicos… Bueno, fue lo que pensé. Dejé de observarla de contado, y al hacerlo, caí en cuenta de que a lo mejor vino a eso: a distraerse.

Uno de los guardias, encargado del cuidado del parque rondaba el sitio, y de vez en cuando hacía sonar el silbato que llevaba colgado en su cuello, cuando algún chiquillo intentaba invadir una zona prohibida. Dispuesto a realizar mi propósito, empecé a atrapar por medio de la escritura ciertas ideas que fluían de mi pensamiento, aunque de repente, sentí por segunda ocasión las miradas de la mujer que se clavaron sobre mis movimientos. Por instantes deseé pagarle con la misma moneda, pero desistí; sólo imaginé, que si lo hacía, iba a resultar parte de una grosería. De seguro alguna preocupación la impacientaba, porque al observarla a hurtadillas asentaba de lleno las palmas de sus manos sobre sus muslos, y con acciones ascendentes y descendentes fregaba la tela del pantalón. Por varios segundos efectuó tales movimientos, calculo unos diez, mientras yo retomaba la tarea de escribir. Luego, como ansiando llamar mi atención, miró la hora en su reloj de pulso, dibujándose en el rostro una especie de desaliento: por lo visto aguardaba a alguien.

A pocos metros, en el centro de una laguna artificial, el agua cobraba vida al ser disparada de la fuente y agradaba a mis oídos. Muchos años atrás era todo diferente: en lugar de la laguna, junto al obelisco, que aún sigue en pie, existía una especie de cubierta de cemento rodeada de un área verde y circundada por peregrinas rojas, que atestiguaban con sus pétalos los desenfrenos del amor. Recuerdo tan bien con memoria de elefante, que bajo la cubierta vivía un pordiosero que interrumpía a las personas pidiendo limosna; pero siempre, al hacerlo, con su típico argumento de que recién había salido de la Penitenciaría del Litoral pretendiendo causar temor y salirse con las suyas. Sólo era un pobre diablo del que nos condolíamos por piedad y misericordia.

La regeneración urbana transformó todo: centro de convenciones, bancos, cajeros automáticos, locales comerciales, jardines bien cuidados con letreros muy legibles: «ZONA PROHIBIDA DE TRANSITAR» «PROHIBIDO PISAR EL CÉSPED». Todo un moderno proyecto de infraestructura del vigente siglo, y que nos ha encaminado a tomar una especie de aire burgués. El Malecón del Salado presenta una nueva cirugía estética de construcción paisajista con áreas recreativas que dominan lo que queda de la naturaleza de los manglares y del estero. Las mesitas y sus sillas de metal al aire libre, invitan a tomarse una bebida de cualquier índole y atrapa la imaginación en un mundo diferente. Los legendarios árboles de manglares, muy silenciosos y observadores, proyectan sombreadas líneas en las riberas del salado en horas de pleno sol.

Y pensar que otrora era tan diferente, porque una especie de primitivismo lo doblegaba todo: los derruidos bancos de cemento auspiciados por empresas privadas de la ciudad, a la sombra de los árboles de almendros que desprendían sus hojas secas arrastradas por la ventisca de un lugar a otro; las Marías pidiendo limosna con sus guaguas cargados en sus espaldas… Todo es quietud en el interior, hasta parece que la gente tuviera un límite establecido de pensar y de hacer las cosas. En el olvido quedarán el trasteo de los enseres de cocina y el bullicioso expendio de la venta de empanadas, torrejas, chuzos, hamburguesas, maduros asados con queso, choclos cocinados, y el famoso agachadito, encebollado en balde que degustábamos con la gallada estudiantil. Tantos recuerdos que, al evocarlos, como que nos envejecen y nos embargan de nostalgia porque el tiempo transcurre incontenible.

Cuando aún no pasaba al mundo de los serios (antes de casarme), le prometí a mi esposa que visitaríamos con nuestros hijos el viejo parque de los recuerdos, para que observaran con sus propios ojos el sitio donde la besé por primera vez. Decirles que en aquellos viejos columpios adheridos a cadenas arropadas por el óxido, muchas veces nos columpiábamos como dos adolescentes. Que en éste y en aquel otro lugar lo planificamos absolutamente todo: culminar nuestras carreras profesionales, casarnos al final del éxito, los hijos a traer en cada entrega planificada de amor, el sacrificio a seguir desde ese instante y en adelante, los remotos proyectos de convertirme en escritor algún día… Pero ya es demasiado tarde porque la modernidad acabó con esos momentos tan esperados por ambos… ¿Vivirán juntas como nosotros tantas parejas que observamos acariciarse y escuchar decir que se amarían para siempre?… ¡Qué carajo, todo es mero recuerdo!

Dirijo mi mirada hacia el horizonte y ésta se choca con las moles de cemento que me observan con sus ojos de cristal, y de algunas, con pequeñas jardineras bajo sus ventanas cuelgan helechos que parecen pestañas gigantes. La mujer sigue a mi lado─ y supongo─, que al darse cuenta de que sus deseos están echados al traste, decide marcharse. Ella camina hacia el costado izquierdo frente a mí, y luego hace un giro a la derecha con la idea de abandonar el parque, y, al llegar a la acera de la avenida 9 de Octubre, el semáforo en luz verde detuvo en seco sus intenciones. Pero, en la frustrada espera, de pronto un hombre se le acerca por detrás. Un metro setenta y cinco de estatura, le calculo. Su contextura despide una especie de aire de deportista y decide tomarle el brazo derecho sin siquiera advertirlo. Más, cuando se percata de su presencia, la mujer lo recrimina por su impuntualidad. Por varios segundos lo rechaza, mientras él le sigue dando explicaciones y al final terminan por abrazarse.

Yo sonreí satisfecho y pensé: « ¡El amor y el deseo lo pueden todo!»

Terminada en feliz reconciliación la escena de la pareja, observo mi reloj Orient tres AAA Criptal de 21 jewels. Nada caro. En el mercado, tres dólares y un vaso de leche como dicen por ahí. Son las trece menos cuarenta minutos y transito sin pisar las líneas que separan las gruesas baldosas como si estuviera jugando a la rayuela. La estatua de Assad Bucaram, exlíder populista, con el brazo derecho apuntando hacia el infinito y la mirada inerte, parece pedirle al mundo una explicación a no sé qué pendejada. El sol empieza a subir de temperatura y cae de lleno atrapando con su invisible manto de calor toda mi figura. En mi trayecto ininterrumpido, de repente observo a unos veinte metros de distancia, que una pareja se abraza y se besa con mucho desenfreno como desahogando toda la abigarrada pasión porque sus labios se comprimen con ansiedad. Mi caminar imprime un ritmo normal en medio de un ambiente de tranquilidad y sosiego, pero el guardia, al verse sorprendido por la romántica escena, suena el silbato indicándole a la pareja de lo prohibido el que ya está hacerlo en el parque con desbordante pasión. La pareja se separa obedeciendo ipso facto, a pesar de que sus deseos carnales fluyen a presión por su enamorada piel.

«¡Carajo!» ─pensé─. «¡Ni un beso ya, se puede dar aquí, en esta mierda de modernidad!»