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Letras Andrés Tacsir

Libros. Graffiti Santiago, Chile | Fotografía Ale T.

Libros. Graffiti de Santiago, Chile | Fotografía Ale T. periodista de El blog de Ale recargada


Leyendo el diario al desayunar, el maestro se enteró que el profesor Silvio Ambrosetti había muerto inesperadamente la tarde anterior. No eran las siete y media cuando terminó su segundo café y salió de la residencia sin saludar a la embajadora. El elegante Leopoldo, como cada una de las mañanas desde su llegada, le dio los buenos días y le abrió la puerta del coche. “Simplemente un lujo; a pesar de todo ella todavía es amable conmigo” pensaba el maestro al tener al hombre más experimentado de la delegación ya a punto de jubilarse a su disposición.

-¿A la British Library, maestro?

-Como siempre, Don Leopoldo.

A las 7.45 Leopoldo tomó Park Lane hacia el norte. Había amanecido con nubes: no sería tan bueno el clima como en los días anteriores. El coche avanzaba a buena velocidad y el maestro miraba como Hyde Park iba quedando a su izquierda. La noticia sobre Ambrosetti no alteraría, pensaba, la rutina de sus días: las mañanas en la British Library y a partir del mediodía con Gerardo Pelayo Suez. Tampoco alteraría el destino político del país. Ciertamente, la muerte coincidía con un momento de mucha incertidumbre política y se necesitarían todos los argumentos posibles a mano; pero nadie seriamente podía pensar que la muerte de ese hombre refugiado a las orillas del diminuto río Colne sentenciase al movimiento.

Todo el país lo conocía como el maestro, incluso el presidente se refería a él de esa manera. Nunca lo había aclarado del todo, pero el apodo parecía venir de sus años de estudiante en la Universidad del Norte, la primera fundada (tan atrás como durante el virreinato) en el país. Allí, en la segunda ciudad del territorio nacional, había hecho sus primeras y poderosas armas en la academia. En su juventud, durante los años llamados de “resistencia”, la Universidad del Norte fue el refugio de aquellos que debían abandonar la capital. Aunque distante a miles de kilómetros de la principal universidad del país, las aulas de la antigua universidad estaban atiborradas de intelectuales (o mejor dicho, futuros intelectuales) como él.

Se logró destacar. Su erudición y oratoria lo llevaron a avanzar en el campo popular llegando a lo máximo que podía aspirar un intelectual de partido: director de la Biblioteca Nacional. Durante el camino que había hecho la generación del maestro (resistencia, exilio, retorno, revolución), Ambrosetti había sido, primero, faro intelectual y después el único hombre capaz de articular en forma convincente las contradicciones dentro su movimiento político, ahora en el poder aunque en clara retirada. Ambrosetti se había convertido en la única voz que era escuchada por todas las facciones del movimiento. Aunque no era excepcional que se lo sacara de contexto o se lo usara para la defensa de algunas acciones de ostensible bajeza moral (o incluso de evidente tipología criminal), la argumentación de Ambrosetti era una muralla que aquellos que desafiaban al movimiento debían más tarde o más temprano debían enfrentar.

Buena parte de las mañanas en la British Library el maestro atendía a reuniones protocolares, parte del acuerdo recientemente firmado entre ambas bibliotecas. Cuando se liberaba de esas exigencias, aprovechaba para explorar el material que le habían seleccionado siguiendo el pedido que había hecho antes de llegar. La tarde siguiente, el viernes a las siete, cerraría su visita con una conferencia en la cual exaltaría las virtudes de la cooperación entre las dos culturas y las bibliotecas. El personaje elegido para su conferencia era obviamente W.H. Hudson. No había dudado por un solo instante en usar al autor de Allá lejos y hace tiempo como el ejemplo de la integración lingüística de las dos áreas culturales (hacía hincapié en ese concepto y se esforzaba por no usar la palabra país). Lógicamente la sombra de Joseph Conrad había sobrevolado la preparación de su conferencia. Esos días exploró todo lo que pudo sobre él: incluso (o, sobre todo) se familiarizó con aquellos detalles que parecían irrelevantes en su vida. Estaba seguro que la conversación posterior a su lectura iría por alguno de esos caminos; y si no era así, él estaba dispuesto a ser él que por allí la llevara.

Ahora que el coche avanzaba más lentamente por las calles de Mayfair lograba ver a los ciclistas con cierto detalle. Podía verles no solo las caras; podía hacer un esfuerzo e imaginar sus vidas. Sacó de su maletín la última versión de Parques y pampas: W.H.Hudson o el escritor de dos mundos. Estaba inundada de anotaciones que había hecho en los últimos tres días. Vio los nombres de algunos de los tripulantes del SS Mavis que arbitrariamente había escrito en el margen de la primera página: Richard Warne, Alfred Tracey, John Moreton. ¿Cómo habrían sido los días de estos hombres en la mar en el primer viaje de Conrad?, ¿habrían visto los colores del mar tal cual los pintó Turner? se preguntó. Giró la cabeza hacia la izquierda y vio la estación de Baker Street.

Al terminar en la British Library, almorzaba, conversaba y bebía todos los días con su amigo, Pelayo Suez. Lo encontró envejecido. Había vivido en más de veinte países, pero, incluso así, conservaba ese acento tan típico del Caribe. El hombre que lo había guiado hacía más de cuarenta años en la burocracia de la Sorbona se estaba despidiendo de su misión como agregado cultural de su país: el maestro había pensado, al planear su viaje, que sería una oportunidad única de poder rememorar juntos algunos de los sueños parisinos que por entonces habían tenido. Pelayo accedió sin dudarlo a que se grabaran todas las conversaciones, lo que el maestro aseguraba serían las semillas de su primera novela.

– ¿No te me estarás muriendo que te agarra esta locura ahora? – le preguntó refiriéndose al proyecto de novela ese lunes al mediodía al verse por primera vez.

-Si te tranquiliza, te digo que no.- Y agregó, riendo, que además se sentía como los adolescentes cuando quieren escribir cartas de amor. – Sé que suena poco sofisticado, pero así me siento.

Desde su llegada, sus planes se habían alterado solo el segundo día: el martes Pelayo Suez se vio obligado a cancelar el encuentro con solo unos minutos de antelación. Era un día soleado: Londres en septiembre puede ser exquisito, había pensado el maestro. Salió de la biblioteca entusiasmado y decidido a caminar. Atravesó Fitzrovia, pasó por el Museo Británico y en Soho le llamó la atención una galería de grabados con la fachada pintada de amarillo chillón. Había entrado sin saber muy bien qué quería ver.

Junto a la puerta estaban los típicos grabados de franceses del siglo XX: Picasso, Matisse, Cocteau. Se le acercó la galerista, la señorita Kate Alderson, y hablaron unos minutos. Sucintamente el maestro le contó sobre su visita a Londres y el borrador para la conferencia que estaba a medio terminar.

-Estoy segura que lo que hay abajo, si se trata de alguna manera el tema de la memoria, le va a gustar, le dijo.

Sin que se negase, la señorita Alderson lo llevó al subsuelo. Allí se guardaba una importante colección de la obra de Piranesi.

Le cerveau noir de Piranèse– se dijo a sí mismo, casi inaudible. Así en francés lo dijo, tal cual lo había escrito Victo Hugo.

Desde joven lo habían incomodado esos grabados de Roma: pensaba que Piranesi y su construcción de la trágica belleza había sido por siglos, simplemente, un malentendido. La mujer fue pacientemente mostrándole la obra que disponía del veneciano. El maestro siempre había considerado que ver Roma Antigua en contraposición al barroco era una exageración, un simple recurso estilista, en fin, un recurso mercantil. Ese intento de crear un equilibrio al ritmo de un contraste que no había existido nunca era un truco para vender. Después de todo Piranesi vivía de la venta de esas postales que se habían transformado en la imagen de una época.

Tal vez porque la señorita Alderson percibió el poco interés del maestro en esas obras de Piranesi ni siquiera intentó mostrarle los grabados de las cárceles. Curiosamente, los grabados de las prisiones le gustaban más al maestro: finalmente, pensaba él, Piranesi hacia las “postales” para poder pintar esas imágenes carcelarias. Esas celdas vacías tenían algo distinto. Había en esos vacíos, algo fantasmal algo naturalmente tétrico.

El maestro amablemente trató de escaparse. No quería ver más imágenes de Roma. Agradeció el tiempo a la galerista y salió del negocio con la idea de dar un paseo por Hyde Park en busca de la estatua, que pensaba allí se erigía, de W.H. Hudson. A pesar de lo mucho que caminó por el parque no logró dar con ella.

No habían dejado muy atrás Baker St. cuando sonó su teléfono. Faltaban diez minutos para las ocho. Leopoldo miró por el espejo retrovisor asegurándose que el maestro no necesitara nada. Ahora estaba completamente nublado. Era la embajadora. La conocía bien, del exilio en Caracas. Él siguió para Francia becado; ella no quiso acompañarlo. Solo se reencontraron cuando él retornó al país más de una década después. Él pensaba que no ella no había sido, entonces, tan amable con él como lo pudo haber sido. El maestro pensaba que, además, con el tiempo ella se había convertido en una política ambiciosa. Y en ese tránsito hacia lo práctico había dejado de lado sus esfuerzos para reflexionar serenamente.

Sintió su ansiedad ni bien la escuchó saludarlo.

-¿Qué vamos a hacer ahora? – preguntó la embajadora. Sin Silvio todo se complicará. No descarto una desbandada. Incluso imagino que el campo sea arrasado. –Hizo una breve pausa porque él seguía en silencio- Lo sabés. Esto es el principio del fin. Y ellos, incluso aquellos que hasta hoy eran los nuestros, estarán al acecho: no van a parar hasta vernos en ruinas, en el ocaso. Sacarán a la luz todo lo que puedan y no desaprovecharán ninguna oportunidad para cobrarnos los errores.

-Las cosas no son tan así. Tranquilizáte. Los anticuerpos están en su lugar: Ambrosetti tenía casi 90 años, tarde o temprano moriría. No dependemos de él ahora como ocurrió hace unas décadas– intentó, hablándole suavemente, tranquilizarla; explicó cómo mejor o peor lograrían adaptarse a lo sucedido. Ya con más firmeza agregó:

-No es el momento, además, de hablar de finales aunque uses palabras poéticas. Hay que pensar en reinvención y futuro. No en ocasos y ruinas – hizo una pausa para reflexionar y usar correctamente las palabras- Quiero decir: hay todavía espacio por el cual podemos todavía hacer que la luz ilumine; hay que pensar lo que no hemos pensado aún: tenemos que encontrar esos espacios, esos nuevos matices. Y buscar palabras nuevas para poder decir, de una vez por todas, eso que todavía no hemos logrado decir.

Se despidieron. Él le dijo que la vería a la noche para la cena que tenían programada en la embajada.

Sintió que al despedirse ella estaba más calma, aunque sabía que esa tranquilidad sería transitoria. Al poner en silencio su teléfono se dio cuenta que durante el último medio siglo había pensado en todo aquello que le había parecido importante, pero nunca había reflexionado sobre lo que significaba el final. Más aun: no había pensado sobre el final, sobre el final de aquello que había hecho suyo. Algo tan irrelevante como la embajadora diciendo la palabra ocaso lo había desconcertado.

Vio el complejo sistema de circulación londinense reflejado en ese semáforo: luces de un color para avanzar; luces de otro para doblar. Lo mismo debía ocurrir con el semáforo de la dirección opuesta, aquel que no podía ver. El flujo de vehículos circulando no se veía intuitivo: coches que avanzaban de frente parecían que colisionarían pero ambos doblaban a último momento evitándose el accidente.

Súbitamente le vino a la cabeza una de las imágenes de Piranesi que había visto en la galería: una decena de hombres, tal vez vagabundos, junto a las ruinas del Arco de Tito. La oscuridad en el interior del arco, encima de los soldados cargando la menorah como trofeo de guerra contrastaba con la luz que cegaba en el camino lateral. Piranesi, pensó, vio y quiso que se viera cómo a partir de cierto momento lo construido y la naturaleza se mezclan, obviamente con la naturaleza con todas las de ganar… es esa una de las formas de ver la belleza.

Pensó, incómodo, que esa imagen había estado flotando en el aire durante la charla con la embajadora. Y se dio cuenta que en el fondo esa escena de la postal romana no era muy distinta de aquellas en la cárcel. Las dos eran, de una forma u otra, reflejos del ocaso: de lo que ya no está: de lo que fue y ya no será. Del vacío.

Se sintió desconcertado, vulnerable. Los reflejos, pensó, le podrían empezar a jugar en contra; lo podrían llevar a un lugar que lo incomodaba dejándolo solo con aquellas respuestas que eran previsibles. Pensó en la metáfora: en el ocaso del proyecto político vio su propio ocaso. Su vejez. La incapacidad de recuperarse. Probablemente ya no tendría tiempo. Se asustó. Se asustó por la metáfora y se asustó por la forma en que estaba razonando. Estaba pensando de la forma exactamente opuesta a cómo se había manejado durante toda su vida.

Solo atinó a hacer una cosa: envió el mensaje de texto. Unos segundos después recibió la respuesta. Llamó a su asistente en la British Library y le pidió que cancelara sus citas ya que esa mañana no iría por allí.

El coche estaba ya por Euston.

– ¿Sabe qué, Don Leopoldo? Hay un cambio de plan: vamos a 19 Shelton Street en Covent Garden –dijo leyendo la dirección de la galería en la tarjeta de la señorita Alderson. Voy a una galería de arte. Quiero ver con algo de tiempo la obra del hombre que mejor retrató la decadencia de Roma y las cárceles abandonadas. Temas, que aunque Ud. no lo crea, tienen mucho en común. Y no sé porque…pero tal vez tengan mucho en común con nosotros también.

– Lo que Ud. diga, maestro- contestó Leopoldo un tanto desconcertado. – ¿Estará abierto tan temprano, maestro?

Leopoldo continuó hasta King’s Cross para poder doblar hacia la derecha e ir hacia el sur.

– Me esperan a partir de las 8.45, me lo acaban de confirmar. Si llegamos antes, esperamos. No hay problema. Y mire lo que le pido: venga a verlas conmigo. Deje el coche estacionado y las vemos juntos. Va a entender lo que le digo ni bien las vea. Hizo un silencio. Miró los papeles con la conferencia que leería en al día siguiente.

– ¿Y quién sabe? Incluso puede ser que encuentre la inspiración final para este borrador que tengo que terminar para mañana- dijo agitando el manojo de papeles, asegurándose que Leopoldo pudiera verlo en el espejo.

– Lo que a Ud. le parezca, maestro.

Eran las 8.05, la hora pico en pleno centro de Londres. Las nubes se habían oscurecido completamente como si estuviera por llover de un momento a otro. Leopoldo miró al maestro por el espejo y lo vio observar cómo se ralentizaba el tráfico.

El maestro tomó su teléfono y le escribió un mail a Pelayo diciéndole que hoy podría estar un poco más temprano para almorzar. En la post data aclaraba

Sigo sin estar muriéndome, amigo mío. Estoy tan vivo que, a los 70 años, no solo es que me siento como un adolescente que quiere escribir su primera novela. Sino que además sigo agregando palabras e imágenes a mi vocabulario.

El maestro levantó la vista del teléfono y vio como unas primeras gota de lluvia empezaban a mojar el parabrisas.