¡OJO! CON LAS FOTOS

Letras Mario Flecha

Diseño de Olivia Flecha

Diseño Olivia Flecha


 Si la gente que se pone delante del
objetivo supiera todo lo que puede
verse con una foto, no posarían tan tranquilos”
Dalia Khamissy, fotógrafa libanesa.

El exagerado ego, más la inestabilidad emocional de José Diodemes, escritor de moda, gran estilista de novelas del corazón, era suficiente para complicar al fotógrafo y sus ayudantes. Habían organizado ésta sesión fotográfica para ser usada en promocionar el último libro de José Diodemes, curiosamente titulado, ¡No te enojes mi amor! Novela rosa con un ojo en sus deseos de seriedad intelectual y el otro en producir un best seller para quinceañeros.
Al llegar a la puerta de entrada del estudio, José Diodemes se entretuvo leyendo el cartel que anunciaba, Fotografías El Ambicioso.
José Diodemes había diseñado algunas escenas, para lo que él llamaba narrativa visual, de la tapa de un libro. Se repetía que para ser efectivo debe entrar por los ojos e ir directamente al corazón.
Las primeras fotos serían para la solapa del libro y las últimas para la promoción en los medios de comunicación. Pidió un sillón para sentarse, quería también que el misterio se extendiese a su espalda. Le gustaría tener alguna reproducción de un cuadro Renacentista donde el personaje central mira con languidez un paisaje persiguiendo la perspectiva hasta el infinito.

Daniel Mayet era especialista en retratos, trabajaba con dos ayudantes, Juan el Joven y Juan el Viejo. Los tres formaban un equipo silencioso.
Cuando escucharon las demandas del escritor, los Juanes se miraron con complicidad esperando alguna reacción del fotógrafo, sin embargo se encontraron con una tolerancia que le desconocían. Mientras tanto ordenaban los objetos necesarios para hacer las tomas. Juan el Viejo fue en busca de un retrato para colgar detrás del sillón. Encontró por casualidad un póster mal impreso con el retrato de Sebastián de Vernier en la Batalla de Lepanto, de Jacobo Tintoretto. Juan el Joven situó el sillón en el medio del estudio frente al cuadro, colocó una mesa a un costado del asiento sobre la que apiló un grupo de libros.
Daniel ayudó al escritor a sentarse en el sillón. José tenía en la mano derecha una pipa encendida y en su izquierda un libro abierto de manera tal que fuera imposible averiguar que estaba leyendo. Daniel lo estuvo observando como quien investiga un crimen. Camino en círculos varias veces tratando de deducir de que ángulo podría exprimir un poco de emoción en ese rostro impasible, sin poder descifrarlo.
De todas maneras, sin poder definir cual sería el resultado, se abandonó a su intuición. Las fotos se sucedieron unas a otras mientras las imágenes se almacenaban en el vientre oscuro de la cámara a la espera de un cordón umbilical que la uniese a la computadora.

Daniel se movía como un boxeador evitando ser golpeado por el adversario. Encerrados entre las paredes del estudio, se escuchaba el click que producía el dedo índice al presionar el disparador de la máquina fotográfica al tiempo que la luz del flash rebotaba en los paraguas reflexivos colocados estratégicamente como piezas de ajedrez en un tablero, inundando de luminosidad todos los rincones.
La sesión estaba siendo agotadora, el calor de las luces y la estrechez del estudio eran un infierno donde todo se iba cocinando lentamente. Daniel se entusiasmo al ver que el humo que se escapaba de la pipa creaba un velo translúcido sobre el rostro del enigmático escritor. Desconectó los flashes de su cámara porque quería sacar unas fotos en la semioscuridad, donde el humo adquiriera mayor nitidez y el escritor una sombra fantasmagórica.

Basta —dijo José Diodemes—. Seguro que ya tenemos material suficiente para la solapa. Ahora bien, para repartir a los periodistas me gustaría unas imágenes de mí, parado mirando o no mirando, de perfil como espiando al mundo. Traje un traje de color blanco y quiero que contraste con un fondo violeta.

Con un gesto casi imperceptible, Daniel instó a los ayudantes a hacer desaparecer el escenario previo. Se pusieron de acuerdo y bajaron un papel del color que el escritor quería. Mientras tanto él se fue a cambiar el traje azul por el blanco y se adornó el cuello con una pajarita roja.

Juan el Joven contuvo su risa, mientras movía los trípodes que sostenían los paraguas buscando el lugar perfecto para iluminar la figura extravagante de este moderno Cervantes.
José Diodemes se paró frente al fondo violeta con el aplomo de una piedra, ante la desesperación de Juan el Viejo a quien la rigidez marmórea del escritor lo asusto. “Sonría por Dios muévase, muestre que está vivo” pensó.
Daniel se abandonó a su intuición dejando que el obturador de la cámara digital hiciera su trabajo. Sacó fotos de todos los ángulos imaginables.

 

Ya se puede relajar, hemos terminado —dijo Daniel.
Yo no —dijo el escritor con furia.
Nosotros esta noche vemos las fotos y mañana viene y se las mostramos. Si es necesario sacamos otras, dijo conciliatoriamente.
Yo le pago para que haga lo que yo quiero, no lo que a usted se le ocurra, espetó el escritor sin ocultar su furia.
Desconcertados por el cambio de humor de José Diodemes, escritor de novelas, el equipo de los Ambiciosos se miraron evitando un enfrentamiento.
Ya se —dijo Juan el joven—. Ponemos un espejo o varios espejos, usted se va a ver de cuerpo entero más la reflexión reflejada varias veces.
José se quedo pensando, le fue gustando la idea de verse dos o más veces en una foto.
Tendrán más de mí —se dijo.

Continuaron trabajando varias horas más hasta que, extenuados, decidieron terminar.

Hasta aquí llegamos.
Al escritor no le gustó. Él estaba gozando de la atención que recibía. Nuevamente comenzó a reclamar con insolencia que debían seguir hasta que él estuviese satisfecho.
No —dijo Daniel, quien comenzó a apagar las luces y guardar su cámara.
Venga mañana y vemos el resultado.
Contrariado, temblando de furia, junto sus cosas y se fue. Los tres respiraron de alivio al escuchar el golpe de la puerta cerrándose.
Este hijo de puta —dijo Juan el Viejo, y riéndose continuo—: No era muy fotogénico el de la pajarita, deberíamos borrarlo.
Epa, que exageras —contestó Juan el Joven—. Cuanto más le podríamos robar el alma.

Daniel sacó la memoria de su cámara y la conectó a la computadora. Las primeras fotos eran perfectas, el balance entre contraste y exposición exacto, pero al ver las siguientes fotos, se alarmaron al notar que José se desdibujaba. Siguieron pasando los encuadres en la pantalla de la computadora y vieron como sus imágenes se iban disipando hasta que el hombre paso de tener una figura borrosa, a ser una sombra sin forma. Una mancha negra ocupó su espacio.
Juan el Viejo los miró y con total naturalidad, gritó—: ¡Magia milagrosa!

Desesperados, se dedicaron a buscar explicaciones y esperar el próximo día para hacer todas las tomas nuevamente. Todas las excusas que fueron inventando para justificar la desaparición de su persona fueron innecesarias, ya que el escritor no volvió al otro día, ni al día siguiente…

Se enteraron varios meses después, que José Diodemes no fue a la presentación de su libro y que nadie sabe con certeza donde está.