PROPINA

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Maná del cielo | Collage VL

“Maná del cielo” | Collage VL


 

El capitán de servicio nos hizo formar de cara frente a él. Todos, al escuchar su voz, de inmediato nos dispusimos a recibir las últimas instrucciones adquiriendo la posición acostumbrada: firmes, con las manos atrás y mirada al frente. El capitán vestía muy elegante, y tal finura de su traje negro, le hacía inspirar respeto absoluto, como si fuera un personaje de la antigua aristocracia.

Éramos veintidós los que esa noche a nuestro cargo estaría la responsabilidad del servicio, y, por eso, sin preocupación alguna, sino que, siguiendo las reglas del trabajo, nos empezó a decir:

Espero, que esta noche, todo salga a pedir de boca. No somos ningunos improvisados y eso me satisface… A cada salonero se le asignará el respectivo rango de servicio, y, por cualquier caso de fuerza mayor, dos compañeros cumplirán el papel de auxiliares en el transcurso de la jornada. No está por demás recalcarles, que las damas merecen un trato demasiado especial en este tipo de situaciones. Procuren deslizar las sillas cuando se sienten y se levanten… Soy enemigo dijo luego de una pausa, mientras la hilera de dientes superiores que parecía de tiburón, resplandecía al abrir la boca─, ver servilletas usadas o cualquier desperdicio sobre la mesa, así que, mucho ojo con ese pequeño e importante detalle. Calló por un instante, como pretendiendo recordar alguna otra disposición. Pasaron varios segundos y nosotros quietos ahí, en las posiciones adquiridas. El capitán de servicio era de mediana estatura y muy fornido. El pelo acholado domado hacia el costado derecho con varios gramos de vaselina relucía en su cuero cabelludo. Era narizón y de pómulos pronunciados, y con tales características, su rostro tomaba la figura de un respetable indígena.

Al fondo, como han podido observar dijo, se encuentra la mesa de bocaditos, que incluyen los de sal y dulce, y acá señaló a pocos metros de la entrada principal y a su derecha, se halla la que contiene algunas variedades de quesos; para el más común de los paladares, hasta para el más refinado gusto. Las veinte mesas, observen y todos tratamos de hacerlo de cualquier modo sin movernos de nuestros sitios, poseen sus respectivos centros de mesa y bocaditos para el piqueo de entrada… Con respecto a la bebida, sólo se brindará wiski, vodka y también gaseosas ofrecidas en vasos de cristal. Abajo, en el bar del Salón Hoyo Diecisiete permanecerá un salonero para atender cualquier tipo de requerimiento extra: café, agua aromática, cerveza, coctel, vino, etc. Y, para ello, el invitado cancelará en efectivo en la caja del club. Hizo otra vez silencio; ojeó el salón como intentando cerciorarse de que ningún detalle se había pasado por alto. Todo correcto, supuse que pensó, porque luego de la acción, se volvió a dirigir hacia nosotros:

Óscar Ramírez dijo.

¡Firme, mi capitán!

Fosforera, pluma y libreta de apuntes habló de nuevo, él.

¡Herramientas completas, mi capitán respondió el salonero.

Siguió preguntando, y al llegar al salonero número diecinueve, que se trataba de mi amigo Cristian Parrales, éste puso la nota del desentono, porque en lugar de fosforera, poseía solamente una caja de fósforos. El capitán enrojeció de las iras, por instantes pensé que lo despediría de la jornada de trabajo. Perder quince dólares extras a esas alturas de la noche estaba fuera de toda lógica. Pero él terminó comprendiendo, que era gaje del oficio, ya que el sonrojo de su rostro fue desapareciendo.

Solucione ese problema lo más pronto posible habló a renglón seguido. Figúrese remarcó, que usted, en pleno servicio de la noche, con un charol en la mano izquierda y que alguien le solicite fuego para encender un cigarrillo, ¿qué haría con esa pinche caja de fósforos en su mano?… ¿Acaso le diría al invitado que espere un momento porque va a dejar el charol sobre el mostrador del bar para regresar y encender el fósforo y darle fuego?… ¡Absurdo!… ¿No?

Sí, mi capitán; discúlpeme respondió Cristian, con la mirada gacha.

¡Mosquera! dijo al final de las frases de Cristian─.

Y le mostré fosforera, libreta de apuntes, pluma y un descorchador.

¡Bien hecho! me dijo complacido por mi responsabilidad de hacer bien las cosas. Luego volteó para medio estornudar, y, aprovechando ese descuido involuntario sobre nosotros por parte del capitán, Cristian Parrales, sonriente y en son de broma, me dijo: ¡perro!

El reloj de pared en la parte superior de la puerta principal del salón de eventos marcaba nueve menos cuarenta y cinco minutos. A sólo tres cuartos de hora estábamos del inicio de la recepción matrimonial y una especie de nerviosismo de principiante se apoderó de mí como ejército invasor. Muchos eventos sociales habían pasado ya por mis manos; pero uno de la magnitud como aquél, ¡jamás! Se requería de templar los nervios y listo. El capitán volvió a hablar, ahora para enfatizar si existían sugerencias; pero nadie dijo nada porque todo estaba claro, sólo restaba esperar.

Por suerte, mi rango de atención se encontraba a escasos metros del bar, atendido por Adolfo Aspiazu y Milton Yagual. Rachito (Adolfo Aspiazu), a quien apodábamos de esa manera por su parecido a un comediante de la televisión nacional, haría el papel de barman junto a Milton Yagual. Cada salonero se asesoraba de lo que disponía el bar: wiski y vodka de muy buena calidad; champán y bebidas gaseosas. El champán, servido en copas flautas le daba otro caché a la fiesta, a diferencia de anteriores eventos sociales atendidos por mí, donde sólo utilizábamos vasos plásticos de ocho onzas. Rachito nos daba también indicaciones de cómo hacer bien las cosas. Era un buen compañero, siempre intentando ser útil a los demás. El salón resplandecía con todo tipo de decoraciones. Las grandes paredes de cristal permitían ver el campo de golf cubierto por una sábana verde en un suelo irregular. Las banderitas del hoyo número nueve y dieciocho se movían con la acción de la brisa nocturna como dándonos un afectuoso saludo. La cabaña llamada Hoyo Dieciocho, de atención rápida, permanecía en descanso. Aquel era un sitio estratégico por donde los golfistas transitaban para dirigirse al punto de partida.

Yo comandaba ese sitio de trabajo y me encontraba muy familiarizado. Se trataba de una barra circular con una entrada que conducía a una especie de hondonada, y los socios, al sentarse en las sillas plásticas en la parte superior, quedaban cara a cara frente a uno. Harían ya tres meses atrás, que Óscar Ramírez, antes del inicio de la temporada del polo, me aleccionó sin egoísmo de cómo debía y tenía que desempeñarme en aquel puesto de trabajo, de la rapidez de atención. En la barra del Hoyo Dieciocho se vendían variados tipos de bebidas gaseosas y bajas en alcohol; jugos naturales, licuado de frutas, sánduches de tocino y queso; cocteles, cebiches y comida a la carta.

Un mosaico de nacionalidades acudía al lugar. De ellos, sabía hasta el mínimo de sus gustos. Por decir: al socio fulano de tal, sólo le agradaba comer trozos de pan caliente, guineo con sirope y un vaso de limonada imperial. Al socio zutano de tal, su típico coctel V-8; que consistía en un jugo de tomate enlatado marca V-8, hielo en cubitos en vaso largo de cristal, limón, salsa inglesa, ají tabasco, sal y pimienta. Al socio mengano de tal, la normal gaseosa marca sprite y jugo de limón. Al socio perengano de tal, su diario licuado de frutas y una porción de chifles. Al socio robiñano de tal, su cebiche de langostinos en salsa blanca; no en roja, como era lo habitual… La mayoría poseían o gerenciaban grandes empresas y siempre se las pasaban hablando de sus negocios.

En mis tres meses de labores, desempeñaba los fines de semana aquel trabajo con seriedad y aplomo porque existía gente digna de tratar, así como también pernoctaban socios llenos de pedanterías. De todos ellos, me simpatizaba mucho el señor Noboa. Un socio de aproximados sesenta años de edad con un modesto negocio en la Bahía de Guayaquil. A las ocho de la mañana estaba listo para la partida; pero lo particular de aquel venerable anciano, era que él solo jugaba su propio campeonato de golf. Recorría los dieciocho hoyos del campo muy bien tratado por el grupo de mantenimiento, que hacía una labor a gusto de los socios. Cuando lo veíamos llegar victorioso, se lo atendía como a todo un campeón, y muy ameno, arrancaba a dialogar, y nosotros, con los oídos atentos frente a aquel templo del saber y de la experiencia…

La noche avanzaba junto a las manecillas del reloj. En el estacionamiento que queda junto a la puerta de entrada que conduce a las escaleras del Salón Principal, escucho estacionar numerosos automóviles: han llegado, pensé. Y pensé bien, y de a poco, el Salón Principal del Country Club La Costa, localizado en las cercanías de Chongón, estuvo repleto de invitados de todas las edades y rangos sociales elevados. Los saloneros en sus lugares. Mi rango de atención era la mesa once y doce, y en ambas, se sentaron grupos muy amenos y dignos de atender. Así, en la mesa once, que era la más próxima al bar, la ocuparon tres parejas de jóvenes con un promedio entre los veinte y veinticinco años, y, en la doce, lo hizo un grupo de invitados de mayor edad.

Con mi impecable uniforme de trabajo: pantalón y zapatos negros, chaleco concho de vino y corbatín oscuro, lucía espléndido. Estaba listo para entrar en acción, y siguiendo las normas de cortesía, me apresté a atenderlos. El capitán de servicio, parado en un punto estratégico, nos observaba.

¡Buenas noches damas y caballeros, bienvenidos a la recepción; será un gusto atenderlos en el transcurso de la fiesta! les dije.

¡Gracias, señor! me respondieron de manera simultánea.

Entonces deslicé las sillas hacia mi cuerpo con mucha precaución y los invité a que se sentaran.

¡Gracias, es usted muy amable! hablaron otra vez, e igual operación de cortesía efectué con los invitados de la mesa doce, y el primer paso surgió tal como me lo había propuesto: ¡a la perfección! El siguiente acto fue el ofrecimiento de las bebidas. Los señores y las damas solicitaron lo que sus gustos en esos instantes exigían, y tales exigencias fueron cumplidas al pie de la letra. Más tarde, el anuncio del brindis se dio y nos alertó a todos, y todos, con el charol lleno de copas flautas, nos dispusimos a servir el refrigerado, exquisito y espumoso champán. Los invitados de la mesa doce, de adulta edad, se dedicaban a dialogar; pero siempre me mantenía atento con ellos: la bebida, el hielo, el fuego para el cigarrillo, los bocaditos, limpiando cualquier desecho en la mesa, etc. El grupo de la mesa once era el más inquieto a causa de la edad. Las tres hermosas damas la pasaban divertidas con sus parejas. Todo el salón estaba atrapado por una atmósfera de alegría. La novia junto al novio, de mesa en mesa, agradecía a la concurrencia y todos le deseaban felicidad en su nueva vida matrimonial. Al pasar a mi lado, percibí su aroma de mujer en celo.

«¡Qué ricura!» me dije para mis adentros.

La esperanza de la PROPINA ya estaba cifrada en la mesa número doce mientras la noche avanzaba. El invitado de más edad comandaba la armonía. Sí, aquel hombre alegraría mi noche. Todo un petimetre. Sus alhajas resplandecían y tenía cara de piadoso y de buena gente. Sumé instantáneo: veinte dólares por los dos días regulares de trabajo, quince por la noche de salonero, un dólar de propina del venerable señor Noboa, y a lo mejor cinco del caballero de la mesa doce: gustoso guiso de cuarenta y un dólares… ¡Hecho!

A la una de la madrugada los novios abrieron el bufet, y los invitados, tras el anuncio, hicieron columnas y se armaban de la vajilla a medida que llegaban al sitio donde se encontraba la platería. Los cocineros, con sus atuendos y gorros blancos de copa alta que parecían cúspides de nevados, cumplían con su labor profesional; siempre complaciendo los gustos de los invitados: que póngame un poco más de esto y menos de lo de acá, que quiero más canelones y menos arroz… Yo me había hecho a la pata de aquella esperanza económica llamada PROPINA, y cuando el último cocinero terminó de servirle en el plato tendido todo lo que el bufet ofrecía esa noche, le dije con mucha educación:

¡Permítame el señor, llevarle su comida a la mesa, por favor!

¡Gracias, es usted muy atento! me dijo, y permitió, con mis manos cubiertas de guantes blancos, conducirle la comida al sitio donde la degustaría. Comía con ganas, el tipo, y a hurtadillas, yo, vigilaba sus movimientos. Con apetito voraz se atragantaba de unos deliciosos canelones que era lo último que le quedaba en el plato. Y más adelante, cuando nos dispusimos retirar los enseres del servicio, todos tratábamos de hacer las cosas de la mejor manera posible. Adentro, en el lugar donde la vajilla era lavada y clasificada, los sobrantes de comida, muchas veces sin ser manoseados, estaban a la orden del día.

¡Hay que aprovechar, muchachos! dijo uno por ahí, y cuidadosos, nos atragantábamos desesperados esas delicias jamás conocidas y saboreadas en nuestras pobres mesas.

Arribábamos ya, a las tres de la mañana. La fiesta estaba encendida y la sociedad de seres extraordinarios empezaba a salirse de sus normas de buena conducta. Los jóvenes de la mesa número once se besuqueaban sin recato a nada: el alcohol les había alborotado las hormonas, mientras que el rango doce, seguía en la imparable conversación dirigida por mi esperanza llamada PROPINA. Los quesos y bocaditos escaseaban en las mesas: lo habían devorado casi todo por completo. Algunas mujeres ya borrachas, andaban sin zapatos sobre el alfombrado rojo. Una chica de unos dieciocho años le calculé, muy bella en toda la extensión de la palabra, empezó hablar improperios y todos se carcajeaban a mandíbula batiente al calor de la mesa. El padre de la novia, naufragando en medio de un mar de ebriedad lloraba por su hija e insultaba a veces en voz alta, porque decía él, que era la hija querida, que por aquí, que por allá… Y la esposa intentaba calmarlo, diciéndole:

¡Niño, por favor, modérese!

Y el marido la observaba con sentimientos de rabia y le respondía:

¡Tú, cállate; tal parece que no la hayas parido!

El capitán de servicio, Fernando Piguave, que en esos momentos pasaba a mi lado algo sonriente, me comentó en voz baja: ¡Viejo pendejo! ─ y yo, me reí.

Cuatro de la mañana, el salón de a poco iba quedando vacío, y en la mesa frente a mí, que era atendida por Fernando Borbor, una mujer se vomitó sobre el cubremantel. «¡Qué asco!» me dije. «¡Si así es la gente extraordinaria, bendito entonces el mundo nuestro!»

El nuevo amanecer empezaba a coquetear a lo lejos, y el campo de golf, con sus lagunas y trampas de arena aguardaba la nueva jornada sin protestar, como era su costumbre.

Las cuatro y treinta minutos, los pies se me reventaban y la várice de mi pantorrilla izquierda me latía a rabiar. Mi esperanza llamada PROPINA algo vencida por las horas y el alcohol, se paró. El resto también lo emuló y esa señal de despedida hizo latir con aceleración mi corazón.

«¡Por fin!» pensé. En realidad se iban de la recepción. Deslice hacia mi cuerpo los asientos, y con mucho tino el de él. Y el hombre, ante mi amabilidad, se llevó la mano al bolsillo derecho y mi emoción se agigantó. La mantuvo por varios segundos en el interior, y, al sacarla, me sentí decepcionado.

«¡Santo Dios!» dije de repente muy dentro de mí, al ver segundo más tarde al tipo caminar con destino a la puerta del salón de eventos─. «¿Acaso no fui un buen salonero durante el transcurso de la noche?» me pregunté con algo de rabia. Pero de todas formas, debía hacerle entender, que merecía de su aprecio. Bajo aquel argumento apresuré mis pasos y abrí la puerta del Salón Principal cuando a punto estuvo de hacerlo. «¡A tiempo!», pensé emocionado, y vi de relancina que el hombre quedó complacido una vez más por mi labor eficiente, y el resto que lo acompañaba, continuó con su acción de salida y agradecían mi grado de educación. Él fue el último en hacerlo, y, al llegar junto a mí, metió la mano derecha por segunda ocasión en el bolsillo del pantalón, mientras yo, intentaba con aire de tranquilidad, contener la emoción de recibir esa jugosa PROPINA.

¡Tome; le agradezco su atención!

Su mano apretó la mía y yo la de él, sintiendo el frío metálico de una pequeña moneda. Yo lo observé y le sonreí entre dientes y luego le di las gracias. El hombre bajó las escaleras y se perdió de mi vista, y mi mirada, cuando me encontraba a solas, dirigió su acción hacia la palma de mi mano que se abría como un capullo: veinticinco centavos de dólar. Un sentimiento de rabia se incubó por toda mi alma semejante a un virus mortal, y cerrando los ojos con indignación, odié a aquel ser con todas las fuerzas de mi existencia y le dije en mi pensamiento:

«─¡Hijo de la grandísima perra!»

Al abrir los ojos, observé mi reloj de pulso y constaté que daba las cinco de la mañana, el campo de golf se empezaba a divisar con mayor claridad: un nuevo día de trabajo me esperaba para la pelea.

Nota de Autor: Relato perteneciente al libro de cuentos “La chica del Mall del Sol”. Registro de autor: 031141