REALIDAD Y LENGUAJE

Letras Fernando Guibert |

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Diseño Elefante Pensador de Fernando Guibert


Maya.

El pensamiento hindú afirma que la creación del mundo se produce a partir del dios supremo por efecto del llamado principio de “maya” o “maia”. Su etimología es simple y perfecta, ya que significa literalmente “no es”. El sentido de este término sánscrito es el de “apariencia”, realidad supuestamente inexistente e ilusoria, juego mágico que oculta al Uno, “verdadero conocimiento” (Vidya), la auténtica realidad. Existen otros sentidos también, pero “maya” se refiere principalmente al carácter fragmentario de la apariencia. En efecto, puedo comprobar que el mundo aparece diverso fuera de mi cuerpo; nuestra interioridad y percepción se despiertan, confrontan y mueven en la exterioridad de lo real. Pero lo que vemos y sentimos físicamente es el velo de maya, implacable disfraz del universo visible, a cada instante en su maleficio. Imperturbable silencio, cosmos ausente, desnudo y abierto, en su total indiferencia infinita. Desde esta profundidad comienza todo pensamiento y lenguaje humanos, en su significado más amplio; puente y expresión que constituyen nuestra única, personal y universal forma de superar, abarcar o abrazar la “irrealidad” de maya.

Así Heráclito creía que el fuego era la fuente primordial de la materia y postulaba que el mundo entero está en un constante estado de mutación, una realidad fundamental que subyace a todas las cosas, incluso las más aparentemente estables.

Descartes, en su duda sobre las certezas de nuestra mente apuntó hacia dónde encaminarse en lo que nos concierne del mundo. Es el origen de nuestra ciencia y filosofía modernas. También Víctor Hugo insistió que la realidad inabarcable es el origen de toda creación humana.

Según el filósofo alemán Heidegger, el individuo está siempre en peligro de ser sumergido en el mundo de los objetos, la rutina diaria y convencional. Pero sólo en esta confrontación puede producir en nosotros un auténtico “sentido del ser y de la libertad que puedo alcanzar”.

Hoy en su aclamada y casi omnipotente convicción algunos teóricos recientes han proclamado “el fin de lo real”, paradójico triunfo de los velos de “maya” donde afirman que la realidad ha dejado aparentemente de existir.

Realidad y Lenguaje.

Nos queda el lenguaje como proceso constante de elabora­ción y acumulación de símbolos y conceptos para el pensamiento y el arte. Esta actividad del lenguaje, creadora y colectora de nociones, ha ido sin em­bargo, ofreciendo distintas y contra­dictorias imágenes en lo particular de nuestro uni­verso, es decir, de nuestra realidad conocida. Porque este desarrollo del lengua­je en expansión, estuvo siempre vinculado subs­tancialmente a los senti­dos, categorías e intereses del pensamiento humano. Pensamiento, también en evolución, desde sus inicia­les percepciones intuitivas, pre-lógicas, antropomórficas y animistas. Evolución que hoy alcanzaría a los ac­tuales esquemas, abstracciones y operaciones de un pensamiento predominan­temente lógico y científico.

También las variaciones y contradicciones de las imágenes de nuestro universo posible, fueron el re­sultado heredado de las distintas y antinómicas visiones, teologías y místicas esencias culturales, que se han sucedido en el tiempo. Siste­mas ideológicos, muchas veces, sin comunicación ni integración entre sí, o sim­plemente en oposición y disputas enconadas, en procura y afirmación de las propias creencias. Este inte­rrogante es, tal vez, uno de los más profundos y funda­mentales de la filosofía del lenguaje y de la teoría del conocimiento. Ya que de la validez universal o no del lenguaje, de su legalidad o no, depende el conocimiento posible para nuestras fa­cultades de pensar o apre­hender sobre ese mundo o realidad que circunda in­separablemente nuestra vida histórica, nuestra inteligencia social y la conciencia de nuestro ser individual.

Este arduo problema de las relaciones del lenguaje con la realidad, discutido y controvertido desde los co­mienzos de la cultura hu­mana y desde los laberin­tos sucesivos de la intros­pección personal, es la in­cógnita de las vinculacio­nes de la esencia y estruc­tura íntima del lenguaje, de sus mecanismos de pro­posiciones y palabras, de sus sentidos, significados y signos, con esa inmensura­ble existencia que nos ro­dea. Inmensa realidad de lo visible e in­visible, de lo llama­do real e irreal y lo ideal. Mundo concreto de los fenómenos físicos y las cosas. Y mundo inaca­bado de lo abstracto y espiritual, de lo posible e impo­sible. Nos hemos acercado y alejado cada vez, con abstracciones y simbolismos, de las natu­rales y primeras intuiciones de nuestro propio ser. Intui­ciones, si bien confusas y larvales, que fueron nuestros miedos iniciales y legíti­mos de las primeras conciencias desde el comienzo del existir histórico. Pleito milenario entre nominalismo y realismo. Recordemos entre otros ac­tuales, el intuicionismo de H. Bergson y la filoso­fía del acontecer de Whitehead.

Sin embargo, frente a las críticas vitalistas e intuicionistas, el lenguaje en su totalidad y desde sus oríge­nes ignotos, ha sido y es el gran puente de lo humano, el medio más inteligible y proporcionado de comuni­cación y comprensión para el dominante infinito de la realidad externa. Es decir, lenguaje como vínculo, como clave, como transcripción, como posible o única traducción con el macrocosmos y mi­crocosmos del universo y del propio ser humano. Aún más si aceptamos que no se puede separar lo que se ha simbolizado como la “re­alidad”, con los procesos naturales, biológicos, so­ciales e históricos del len­guaje. Porque el lenguaje con los sucesivos desarro­llos de sus abstracciones, símbolos y juicios, es parte integrante y dialéctica del proceso de la realidad cognoscible. De ahí, que se considere como una imposibilidad el intento de equivaler, de proporcionar, de emparentar la conciencia humana con las dimensiones inabarcables de la realidad infinita. Ambas son incomparables y en cierto modo incompatibles puesto que la realidad sólo existe como conocimiento entre las pautas de su percepción y de su simbolización. Y la realidad del universo, desborda lo individual y lo universal, percibido por la conciencia humana en el devenir del tiempo y del espacio.

Hoy experimentamos el mundo a través de un filtro de preconcepciones y expectativas fabricadas por una cultura inundada y sobro todo saturada de imágenes. El impacto de los medios y las tecnologías en la sociedad y la conciencia han cambiado nuestra forma de percibir la realidad. Un nuevo entorno humano donde las personas son consumidoras feroces de imágenes, cosas y reproducciones, y gobernadas sistemáticamente por los medios de comunicación, televisión, internet y la realidad virtual, experiencias pasivas de muy poca profundidad.

Umberto Eco, Herbert M. McLuhan y Jean Baudrillard describen de manera similar al arte y la cultura de los medios de comunicación que operan sin tener necesariamente una referencia a la realidad. El “simulacro” (definición de Baudrillard de simulación como “la generación de modelos de una realidad sin origen”). Esto no se limita a una tecnología particular, pero es una condición cultural muy extendida. Baudrillard cree que tenemos que re-considerar lo que entendemos por realidad. Un vínculo importante con nuestra noción del mundo se ha roto. Nuestra percepción y comprensión del mundo ha sido sacudida, atomizada y sustituida por una simulación de lo real.

Notas Bibliográficas:

Heráclito, The Fragments Of The Work Of Heraclitus Of Ephesus On Nature And Heracliti Ephesii Reliquiae, G. T. W. Patrick (Translator), I. Bywater (Translator), (2006)
Martin Heidegger, Ser y tiempo (Sein und Zeit), (1927)
Jean Baudrillard, The Ecstasy of Communication, (1983)
Herbert Marshall McLuhan, Understanding Media, (1964)
Félix Schwartzmann, “Teoría de la expresión”, (1967)

Nota Editorial: Realidad y Lenguaje es un puente entre nuestras ediciones PASIÓN DE LA ARAÑA y EL TRIÁNGULO FANTÁSTICO.