REFALOSA

Letras Viviana Lombardi

El Gaucho Leiva | Edición Viviana Lombardi

El Gaucho Leiva | Edición Viviana Lombardi


Suscinta saga de una pasión criolla

Un refuljo raro te nubla los ojos. ¿Qué es? ¿Pena, saña, odio?¿O un rencor clavado en las leguas de la pampa? Como cuando salías al alba montando al galope sin decir palabra”
No recibe señal alguna ni respuesta. Como si fuese una viuda joven, ella escruta el semblante del amado con resignación queda. Y no logra contener un hervor de lágrimas en el pecho gélido.
Me mirás así, con ojos tiranos. Y esa llamarada me quema la vida. ¿Dónde está mi puma hijo de la selva? Lejos de mi cama, lejos de mis brazos. La historia maldita es como una harpía sobre mi cabeza. Carcome carroña de amor destrozado por la tu indiferencia.”

De pronto la asalta la imperiosa memoria del sol amanecido en la laguna. Un oasis de cobre espejando la llanura inagotable.
Y en seguida, abortando el leve sosiego, oye un estruendo de bruscos cascos triturándose con fragor de guerra para estallar en masacre esfumada en polvareda de cenizas del averno, jazpeadas con la vertiginosa sangre de carnes desgarradas con el furor del hierro
Y, uniéndose a la orgía del caníbal, ve embestir al huracán parido de las fauces de la tierra, acunando el rancio olor a muerte como a un íncubo. Y vomitándolo en las caras de muertos y vivos.
Para que nadie olvide la tragedia”.
Luego la imagen se hunde junto al sol tiñendo el agua con el color carmelita de la sangre muerta.
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Siento que me abandonaste, Benicio Felipe Leiva. Nos juntó el mal de luna. El mismo que hoy te aleja. Quizás sea hora de rendirme al pesar que me hiela el corazón en témpano.”
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Apoya las manos firmes sobre el banco para retirarse. Pero no puede sino volverse a mirar cómo un último refucilo del poniente atraviesa los ojos de él.
Entonces, Teresita de Jesús Amado se yergue sacudida por el terror de que Ayoka la posea.
Allí, en la calle, en ese banco de piedra donde vibra la cantaleta de un tren arrastrándose sobre las durmientes de la estación Flores.
Allí mismo, cercada por chicos jugando a la pelota, trepándose a los toboganes, regurguitando el agua de los bebederos para aplacar el resuello de un verano de infierno.
Siente que se paraliza, y fija la mirada en Leiva.
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Ojos de puñal. Me punzan el vientre con la furia bruta del primer encuentro”
El torbellino de la mente se detiene.
No. No es posible”.
Piensa ahora fundida en desasosiego.
Es el sol carmín que me enceguece desde el rincón donde muere el día, llevándose consigo mis lamentos”.
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Se aleja, tiesa como un fantasma habitado por el frío de la piedra inhóspita, para marchar con el paso errático de un ser sin rumbo.
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Necesito el conjuro de mi madre buena. Saber por qué ya no siento su cuerpo amarme cuando duermo. Descubrir si el sortilegio que me lo devuelve cada noche se hizo maldición eterna. Ay madrecita de los espíritus errantes ¿Dónde quedó escondido mi amor huérfano?”
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Un gesto impensado la dirige por el Camino de la Federación hacia su refugio habitual, el cementerio.
Con el puro instinto como guía, bordea la arboleda del bulevar hacia una tumba.
Y en un trance instantáneo que le hinca las rodillas, reza.
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Ikú benefactor, oriyá custodio de todos mis muertos, traeme a madre Oyá. Traela en el viento. Agitá el látigo del huracán violento. Hacé de mi corazón centella y de mi piel carne de todos los ardores. Me siento congelada. Inerme en este duelo horrendo. Ay, Ikú guía y patrón de mi deseo, te imploro compasión. Ruego por tu respeto.”
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Al caer inconsciente ante la lápida, de entre las grietas brotan ramas de flamboyán, floreciendo enigmáticas ante el atónito guardián de turno.
El hombre se acerca a asistirla. Le escruta el rosto blanco como el mismo mármol. Le frota los puños cerrados, y abriéndole ambas manos para controlarle el pulso, aún latente, insufla aliento tibio sobre los párpados de Teresita.
Ante la imposibilidad de reanimarla, corre raudo hacia la calle desorientado como un ánima en busca de un cuerpo. La ráfaga intempestiva de un ciclón cancela el portón de hierro de la entrada, dejándolo fuera.
Sólo entonces, un aluvión de fuego líquido viborea en las venas de ella. Y la ventisca transmuta en lejano redoble de tambores.
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Oyá, ay mi Oyá, madre morena que me guardas. Siento que la lava de mi sangre me devuelve la perdida piel de cobre”
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La lápida se quiebra en el cabezal acompañando el retumbar que ahora bate insolente los parches. Y Teresita ya no es ella, sino una mulata mitad india, mitad negra.
Varios trozos de la losa ruedan hasta sus manos quietas.
Ella recoge el más iridiscente, y con el filo del borde lacera la piel de su muñeca izquierda hasta sangrarla.
Embebe la piedra con el fluido y luego la envuelve en una flor de flamboyán, la ata con una fina rama de la planta y se la cuelga al cuello a modo de amuleto.
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Piedra sigilo y talismán sagrado. Ahora que soy Ayoka, devolveme el amor de mi Benicio. Que no muera sepultado en los esteros.”
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Se incorpora con insólita energía, se descalza y comienza a girar alrededor del sepulcro murmurándole a las flores carmesí que se abren al contacto de sus manos. Hasta que el terso rumor irrumpe en canto.
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Oyá, ay Oyá, madre morena que me guardas. ¡Me trajiste la llama en flor de la malinche! Me inundaste del rocío de pétalos punzó, néctar bendito que reaviva mis venas. Elixir de la memoria de los antepasados. Agua de amor que alivia mi pesar de muerte con gusto a miel de amapola silvestre.”
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Con el alma desbordando fervor puro, Ayoka huele el aliento de Benicio en el aire que respira. Siente su olor de hombre, esencia mezcla de juncal y potro braveando el ensueño de los montes. Siente en el cuerpo el roce de su piel color quebracho curtida por el fuego de mil soles. Siente su voz de la palabra escasa vibrar como una cuerda de guitarra.
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Ayoka, mulata castaña. Al sol tinta como el vino. Y canela a la luz del alba”.
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Ruidos metálicos en el portón de entrada fracturan las ondas del aire. El guardián regresa acompañado de la policía.
Con la presteza animal de una presa de rapiña, Ayoka acciona cual centella cósmica. Y levita casi hasta encontrar cobijo entre tanto muerto.
Guarecida en una cripta de la bóveda Terrero, el corazón galopante de infortunio, se recuesta entre los ataúdes, aguardando el amparo de un crepúsculo nuevo.
La partida sólo encuentra dos zapatos al pié de una tumba. Luego de merodear sin intentar mayor pesquisa, abandona el caso sin ningún recelo.
Al retirarse, los hombres contemplan un inexplicable arcoiris que aboveda las cúpulas del cementerio.
Caída la noche, en la serenidad del camposanto, Ayoka despierta del hondo sopor de sus visiones. Contempla el refugio como quien habita un páramo, buscando en los muros mensajes sin tiempo.
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¡Jekúa Babá! Obbatalá, señor que guardas las mentes del mundo. Patrón custodio de mi ángel federal. Guiá el ánima de mi pobrecito hombre para que nos juntemos. Devolveme el hechizo del sueño sin fin. La galaxia azul que acunó esta pasión hija de un entuerto de luna y silencio.”
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Recién entonces, el habla del aire se pronuncia otra vez. Tambores retumban, y danzan las vainas del flamboyán, resonando en un chasquido de maracas. Y voces arcanas suplican y gimen soplando la brisa que agita las ramas. Un réquiem del viento parece llorar todas las desgracias.
El Gaucho Leiva Espectro | Edición Viviana Lombardi

El Gaucho Leiva Espectro | Edición Viviana Lombardi


Libertad o muerte fue el grito sagrado que ganó esta tierra…Hoy manda la muerte…La vida se pierde cuajada en la pampa… La tierra de todos llora cuando bebe las sangres fraternas en cada batalla… Los bandos guerrean con crueldad de monstruos… Las únicas risas son vómitos de odio bramando al burlar derrotas del otro… Todos respiramos un sutil veneno de tósigo cósmico… La fiebre de lucha se volcó hacia adentro… La sangre patriota de la guerra al godo se hizo mazorca, ronda del martirio; se hizo soberbia traición a la patria por la vil codicia que vende las almas….”
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Ayoka presiente que el vívido celo que le quema el pecho presagia un prodigio. Como daguerrotipos bordados en el manto cósmico, las escenas se alinean en dominó para caerle una a una en la consciencia.
Sonidos impalpables de galopes salvajes atronan hasta ensordecer a la quietud donde sólo los pájaros consuelan a los muertos.
Violenta e impetuosa como una lúgubre ánima exaltada, un águila mora sobrevuela el mausoleo y entra al recinto mansa como una torcaza para posársele en el hombro.
Entonces, la eternidad evoca su historia de amor en una tierra capturada por el odio.
La cara viviente de Benicio Felipe Leiva responde a la súplica. Su mirada refleja un latir atormentado de memoria. Ayoka le habla.
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Mi ángel del cielo. ¡Al fin volviste a mí! Jamás me dijiste si vos me querías. Y quiero saber si mi amor te pulsa el pecho en cuerdas de guitarra. El canto que ató por siempre mi corazón al tuyo. Quiero ver la verdad en tus ojos con lustre de facón llanero”.
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Su hombre no responde. La tierra criolla es un campo de Marte donde resucita la guerra funesta; hilando un rosario de bestial tragedia.
Benito Felipe Leiva arrastra las botas de potro en un lodazal caliente. Un coágulo de cuerpos moribundos desmembrándose maldice su suerte sin distinguir al rival del compañero.
Cada rostro enemigo se hizo máscara. Ya no vale la pena reconocer al asesino que abriga a la muerte en la mirada. Porque si en algo se hermanan esos hombres, es en sentir ira tanática al luchar en la batalla.
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El refuljo me nubla los ojos. No se distingue el vivo del muerto. ¡Qué podredumbre! ¿Qué será, carajo? Mierda, sangre, tripas achicharradas. Algunos se cagaron en las patas. ¿Habrá sido matando o cuando los mataron? Sambenito del cobarde. Un gaucho e coraje no se caga encima. Menoh ante la parca.”
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La madrugada se prolonga en gritos roncos y resuellos; el desespero nunca tiene hora fijada.
Los estertores del final se funden con un viento indómito, cuando, barriendo de un soplo el daño y el desdoro, Pachamama sentencia que la victoria y la derrota son hermanas.
Entre despojos de Potrero de Vences, malherido y doliente, Leiva busca a su berberisco bayo.
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¡Kandanga!¡Kandanga! Ta que te parió Kandanga. ¿Dónde estás?¿No ves que la mancha del diablo me galopa atrás?.¿Que se agranda sobre la carroña? Como patragarse esta tierrae nadie. ¡Kandanga! ¡Kandanga! ¿Dónde carajo estás? Diablo hijo’e perra ¿Te parás conmigo? Pa hacerme creer que soy tu sombra.”
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Ayoka contempla a su puma parido del portento de la selva caer deshauciado de su propia tierra.
Y no distingue si el pecho de él gime o muere.
Sólo ve sus ojos fijados en la inmensidad color cobalto que cobija el campo. Y en ellos, reflejada la escena que Benicio sueña.
Vuelve a ver a Ayoka por primera vez. Yaciendo desnuda sobre el lienzo esmeralda del barranco como un capullo abriéndose sobre un terciopelo.
Y repite sus pasos sigilosos para no violentar la seda de sus párpados ni el fulgor de caracola de su pelo.
Y como jamás antes, siente que al tomarla se gana el único edén que le será dado a tiempo.
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Dame esos dos labios de carne salada rociada de malva, mi niña mulata. Mulatita mía, pechos de paloma. Abrime tus ancas de potra salvaje, de fiera indomable sin freno ni patria.” .

 

Un rugido de ciclón tajea el espacio como un latigazo. La cripta tiembla desde el cielo hasta la tierra.
Ayoka siente que el frío inhóspito que la condujo al cementerio la azota hasta poseerla. Un altar de nieve le crece en el cuerpo, que todo lo percibe como si hubiese muerto.
El estrago de la guerra se sacude ante sus ojos; hombres, armas y bestias se agitan por igual.
Ve cómo sobre el paño iridiscente del crepúsculo, las nubes forman un ente apocalíptico por sobre la escena.
El monstruo irreverente sobrevuela tomando la forma de halcón peregrino, el vientre y el dorso en un gris de plomo, el pecho acrisolado en azules pastel, envolviendo una mácula gigante del tinto color del vino.
Alarmada, Ayoka ve a dos federales de la infantería, facón en mano, acercárcele a Benicio acompañados de un joven oficial de jinetas, armado con rifle y sable. Ahogados en caña pitanga los tres, se detienen ante el desfalleciente para mirarlo bien de cerca
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Mirameló al mozo, Hilario. Reventao como caballo e tiro.
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Yo a éste lo conozco, capitán. Eh el guacho del marica afrancesao Manuel Leiva.
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¿El cagatinta piojoso que transa con Lavalle y el manco pa voltear al restaurador?
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Ansina, nomáh, Atanasio. Un sinárquico sicario del buitre anglofrancés. Ligerito como braga e puta pa cambiar divisa y monta
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No haiga de ser el mozo como Leiva el viejo, capitán. Un perro unitario emigrao. Sipaio de loh oligarcas sinarquistas. Un guaso lacayo de la Francia, la Inglaterra y el Portugal.
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Se mi hace que a este prófugo de las levas del Tatita Rosas cabe cagarlo fiero a talonazo y lonja como a potro e doma. Pa que confiese y aprienda una lición, capitán.
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No es de criollo honrado amasijar al compatriota caido en batalla. Sea quien fuera. Se lo maniata y se lo lleva al cuartel. Es una orden, soldados.
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Usté manda, capitán. Pero el Leivita no es criollo. Es mestizo de una parda forra del Brasil. Con el viejo Manuel Leiva vivieron amancebaos por detrás de la iglesia. Yo mihmo loh hei visto con la moza enancada en su caballo rumbear pa los pastizales.
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De seguro eh un traidor como el Leiva padre, mamao de ajenjo francéh y tintillo e Málaga. Una mariquita gringa de anisete dulce y tertulia. ..
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Mestizo, criollo o zambo, es un soldado al servicio. Se lo respeta porque yo lo ordeno.
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Tá güeno, mi capitán. Y a la orden. Pero disculpe usté , si ésto es servir al páis, a mí no me gusta el cómo. Un hombre que si ha desgraciao con don Juan Manuel se desgracia con la patria.”
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Repentinos disparos repican en el aire como si la lid se hubiese reiniciado.
Ayoka percibe el odio brotar como magma rojo de los ojos de un milico; el mismo río de fuego que asola su tierra cual sino maldito, encendiendo todo para trazar huella.
Entonces entiende que los fraticidas nunca se batieron por la libertad sino por soberbia.
Clave del suplicio cautivando a un suelo infestado de codicia y duelo.
Y ya liberada del rencor unívoco, siente palpitar a la luz divina que trajo al mundo.
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Mi amor sin fin es destino…amo porque no puedo no hacerlo. La tierra será siempre de nadie mientras sólo odiemos. Mientras no adoremos a esta madre virgen que nos da cobijo y suelo, ricos y pobres serán todos guachos, estén vivos o muertos.”
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Como la galopada de los ríos hacia el mar, el follaje capturando la selva con escándalos de vida, las avalanchas algodonando los Andes con la nieve ágil , la epifanía le canta que la liberación es el rumbo final del alma.
Y allí mismo, con el corazón libre de ultraje, entiende que su raza nunca fue bárbara. Que quienes la esclavizan no son sabios ni dioses. Son demonios sin cara
Acierta asimismo que su amor sin freno, ese despropósito, rebasará el tiempo para hacerla ingresar al inmenso eterno.
Ardida como quien pisa descalza la boca de un volcán, contempla una aparción desorbitada que la regresa al lugar de la masacre.
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Apartesé, Hilario. Los sicarios le dieron al capitán.Y se mi hace que le han dao fiero.
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Malhaya que lo han matao. Ta largando espumarajos como pingo criollo bravo.
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Confesá hijo e una gran puta. Esos fueron loh esbirroh orientales de tu bando.
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Confesá, mierda unitaria…dónde se están guareciendo.
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Paren esa mano, hermanos, parenlá porque si han equivocao. Soy un gaucho correntino. Nacido en Caá Catí y hombre de López Jordán. Junto a él vine a peliar, a golpe de sable y lanza. Tengo sangre montonera, de la que sabe hacer patria.
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Pará vos la perorata. ¿Y qui hay de tu viejo Leiva, la marica cagatinta de culote afrancesao?
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Qué culpa hei yo de tener de ser hijo de sipaio. Yo soy federal de ley, Jordanista de los bravos. .
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Agarreló Don Hilario. Que este puerco se merece ser carneao como carnaza el gringaje.
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Ni maniatao como burro, ni amarrao de pieh y manos me dejo llamar traidor. Soy hombre e López, carajo.
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Bien dicho y bien confesao. De López el Mascarilla, chimango de don Lavalle, faldero de don Ferré, Cuzco roñoso unitario
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Coimero e profesión que se vende como anillo al credo de los sicarios.
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Soy leal del Tata Rosas. Mojón de la nación libre.Tengo la sangre punzó. Y la conciencia tranquila. Y patria o muerte es mi credo. Matáme si querís verlo. Y si jueras corajudo como gaucho lagunero, te animaríah a un duelo de sable contra facón.”
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Benicio sólo parpadea ante el castigo que lo flagela como a un potro acorralado. Su costado expone el ensañamiento en costillas quebradas como ramas secas.
Cuando logra abrir los ojos Ayoka descifra en ellos el estrago proyectado al universo.
Dos órbitas oscuras como espejos negros reflejan un cosmos de legiones de muertos destellando en las moléculas lumínicas de las estrellas alfa.
Y al verlo diluirse en una cascada de ondas inasibles como el desconsuelo, ella conoce que su hombre quiso ser amado como un niño tierno.
Y lee inscrito en las constelaciones que para un corazón en deuda nunca existe el tiempo.
Rediviva la estirpe de los genes en sus cósmicas raíces, el alma inmortal de Ayoka brinca desde la raza de los nadie a la tribu de los muchos. Embriagada de anhelo de verdad, así solicita al infinito inmenso.
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Ah cuerpo mío sagrado, templo y santuario de todos mis dioses, mis guías y espectros. Reflejame la clave última del mundo. El espejo negro que custodia la cifra de mi ánima virgen sin mancha ni velo.”
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Y no por milagro, sino ´por arrojo, su Ser parte en estampida hacia el lado eterno.
Monta a Kandanga, semidesnuda y en pelo, para azotar las distancias con el fiero brío de los justicieros.
Recostada sobre el lomo del fiel bayo, a la usanza india, atraviesa los parajes de Iberá, donde supo florecer cual amapola de agua, para bañarse en cueros bajo un rayo de luna. Donde sin palabras comprendió que siempre sería una y toda con el universo. Y acompaña el repique de los cascos con un rezo.
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¡Maferefún Naná, Saluba! Rey y señor de los espíritus perfectos. Patrón de los ríos y lagunas que vive en los ojos de agua. Rociame con la fresca llovizna que nos cruza en canoa hacia los muertos.
¡Naná Burukú Nanú!. Dale aliento a mi Benicio para que yo pueda rescatarlo de ese infierno”.
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Se arriesga a vadear corrientes conduciendo al caballo con la sola inclinación del cuerpo, soltando la brida para tener las manos libres y sostener una imagen de Teresa de Jesús en una mano y el amuleto de la flor de la malinche en la otra.
Al saltar como un fucilazo sobre un viejo sauce triste, Kandanga se atasca entre las raíces gruesas como lianas, se manca de patas, para caer de bruces sobre una barranca.
El cuerpo de ella se agita en el aire, rueda sobre cardos, esteras, y ramas, perdiendo conciencia hasta desmayarla. Sus ojos dormidos ven la luna llena, hirviente de rabia. Y los labios secos sienten el sabor de sangre caliente recién derramada.
La voz de Benicio se oye a lo lejos, contándole al viento su última palabra.
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Reyna mora Ayoka. Mi lucero de alba. Me llevo tu amor escrito en las palmas.”
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Y jugándose su lengua viva al honrar a la atávica como el último de los guerreros, invoca en el idioma chaná de su madre india.
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Timú chaná- Vanatí ata má. Vanatí beada á. Oblí uticá Beada. palá piraé ug itití. Oblí uticá reé cuntaí.Reé lentíc.Reé lantéc.” *
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Consumado el sacrilegio en la escena del crimen, cuando sus verdugos están por estaquear la cabeza degollada de Benicio, se oyen nuevos disparos. Los hombres abandonan el lugar perdiéndose en el hoyo infausto de la noche negra.
El cuerpo de Ayoka se acuna en el agua que la porta grácil como a un aguapey oliendo a jacinto, a arazá, y a cieno. Su espectro dolido atraviesa el campo cruzando pantanos; arroyos de barro y sangre color grana la llevan al sitio donde hubo batalla.
Con manos etéreas, rescata al amado acunándolo en su rebozo blanco. La canta una nana hasta que el día despierta al paisaje con trinos de los guira guira y brisas de calma.
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Pobre tierra criolla manchada de culpa por la justicia asesinada.”
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La lluvia enviada por los guardianes del tiempo guía al corazón humano con agua bendita de estrellas, matriz fecunda de toda la existencia.
Ayoka se cobija bajo el manto fluido para perdurar en sus gotas como forma viva de razas proféticas.
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El mundo sin vos no existe, Benicio Felipe Leiva.”
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Y como en el Gran Todo de la nación Chaná el cuerpo etérico sueña desde el centro de la tierra para reencarnar, besa el suelo fértil para degustar la savia que la nutre, absorbiendo su sagrada vibración secreta.
Luego le confía a su amor eterno al consagrarlo con el bautismo del agua, dejándole los ojos abiertos para que en el regreso al nuevo rumbo le sea fácil la marcha.
E invoca en la lengua chaná de su estirpe y la de Benicio Felipe Leiva.
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Reé utalá ug dioí. Oté apité Benicio tacú. Niajú opatí. Nem nderé oyé nden n’ipé”.**
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En tanto, inquietud y conmoción interrumpen la paz del cementerio.
Algunos visitantes afirman oír una guitarra rasgándose en un rumor sutil como un coro de almas, procedente de la tumba de Gabino Ezeiza. Alarmados por el sobresalto, se dirigen a la administración para advertir de la emergencia.
Por añadidura, dentro de la bóveda Terrero, recias lágrimas de sangre cincelan por siempre un muro con la agonía de Leiva. La boca abierta al horror como la fauce de un puma avasallado muestra un cráter sin lengua.
Teresita de Jesús Amado yace inmóvil, con la cabeza reclinada sobre un catafalco y los ojos fijos en el rostro martirizado de Benicio. Lleva entre las manos una estampa antigua de Santa Teresa y una flor carmín que envuelve una piedra.
En un impulso, algunos agentes que acompañan al guardián en la nueva pesquisa se descubren e hincan ante el cuerpo desnudo de ella, luminoso como el ámbar, sin animarse a alzarla siquiera.
El guardián no logra cerrarle los párpados. Ante lo imposible, renuncia a repetir el gesto, limitándose a cubrirla con un rebozo blanco manchado de sangre añeja olvidado sobre el altar de alabastro.
En un respetuoso acto de veneración, todos la despiden orando al unísono por su paz en la vida eterna.

* Hijo chaná. Hijo del río. Hijo de la tierra. Perfume de madre en la rama del árbol, cuerda de la vida. Perfume de paz. Descanso y silencio.

**Sol que despierta. Cuidá al bravo Benicio. Glorioso orgullo de la raza. Que su sueño sea leyenda.