SAMUEL BECKETT – APÓSTOL DE SHAKESPEARE

Letras Viviana Lombardi | Publicado originalmente el 27 Octubre 2016

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Al pensar en creadores que han significado el chiaroscuro barroco a través de la prodigalidad del lenguaje de modo formidable, surge inevitable el nombre de William Shakespeare. La exuberancia shakesperiana ha marcado en forma indeleble toda la cultura universal.

Samuel Beckett fue, a su vez, tanto un notable autor y artífice del lenguaje como un erudito exégeta de los clásicos de la literatura. Su frecuentación de Shakespeare constituyó un hito referencial en toda su obra.

Nos complace prefigurar, en tal marco conceptual, que el genio de Beckett lo inclinó a convertir la plétora de su Maestro en espacios múltiples donde el sonido y el silencio convocan a la manifestación del sentido. Donde la infinitud del lenguaje se reduce a su entidad medular hasta rozar el territorio del silencio.

Como buen discípulo de un grande, Beckett supo extraer del núcleo de la obra shakesperiana el minimalismo de su esencia para reformular su mundo inabarcable oponiendo exigüidad a la copiosidad y así rescatar la inmensidad de su cosmogonía desde su origen metafísico. Lo cual nos anima a nominarlo como el leal apóstol de un gran maestro espiritual e intelectual.

El lado oscuro de la condición humana es el campo semántico en el cual Beckett parece haber experimentado lo mejor de su genio. Ya que es desde el escorzo en la tiniebla del chiaroscuro desde donde mejor consigue desafiar el convencionalismo de la estructura dramática y ejercer el uso del lenguaje como un reto.

Desde una inicial categorización como autor existencialista, posteriores exégesis de su obra han validado que la complejidad de su producción lo define como a un creador de difícil o, al menos, de inestable interpretación.

En lo personal, la desintegración social no fue en su vida un episodio tangencial, ya que participó como agente activo de la resistencia contra el régimen de Vichy en Francia, en ocasión de la invasión alemana a ese país durante la Segunda Guerra Mundial.

Es decir que experimentó en carne propia el mal que la humanidad es capaz de infligir, lo que eso significa y cómo enunciar la completud de la condición humana con sus luces fugaces y sus sombras profundas, sin ofrecer jamás falsas expectativas de redención.

Nos asoma así a su propuesta de la inevitabilidad del fracaso de la existencia, donde los ecos del deseo sólo nos aportan como respuesta la frustración de una realidad que jamás se manifiesta como lo esperamos.

Agudo explorador de cómo el ser humano se relaciona con su propia morbilidad, Beckett alude en sus obras – ya sea directa o implícitamente – a la indagación platónica del espacio y el tiempo, factores que pone permanentemente en juego en su dramaturgia.

Platón nos hizo saber que el tiempo no es lineal, y desde esa perspectiva, la percepción del mundo y de la propia esencia se transforma en un discurso totalmente diferente del que nos ofrece la tradición judeo-cristiana. De modo tal que tanto los individuos como las civilizaciones pasan por ciclos de crecimiento, maduración, deterioro, derrumbe y muerte. Platón señaló que el tiempo mismo es artífice de la decadencia inexorable. Y que el único modo de demorar la caducidad social y personal es prolongar la posición estática del movimiento.

Desde tan liminal noción sobre la naturaleza del ser es que Beckett alude permanentemente a una dinámica de movimiento y parálisis, a la circularidad de la circunstancia vivencial, como en Esperando a Godot, donde el tiempo sólo se pertenece a sí mismo y los acontecimientos escapan a la voluntad del actor – en el doble sentido de intérprete escénico y de individuo actuante. En la plena certeza de que lo inevitable sobrevendrá por sobre toda voluntad humana individual o colectiva, por un mecanismo ex-machina, en el orden literal de la estructura dramática y en el mandato ontológico de una irreversible voluntad superior que excede a la humana.

Beckett se aparta totalmente de la idea de esperanza, que sólo se puede construir por medio del mito y la desrealización de la realidad como fuga despersonalizante. Curiosamente, logra, entonces, mediante el artificio teatral y lingüístico, donde nunca se nos promete más que la pura presencia del actuante en el aquí y ahora, sin pasado y sin futuro, sólo envuelto en la rotación repetitiva de los ciclos, donde su lenguaje se hace más profundamente humano y reconocible.

De modo tal que produce el sortilegio de aportarnos una visión de la realidad mucho más penetrante de la que percibimos, al contrastarla con un artificio elaborado con precisión matemática – Beckett era músico amateur y trabajaba sobre el lenguaje como un compositor sobre una partitura – alojándonos en la acústica del ser y en la pura índole de significación de la existencia.

La anomalía en Beckett consiste en considerar que el tiempo lineal nunca nos conduce hacia alguna parte. Sus personajes – que él mismo expone como presencias ausentes o como ausencias presentes sólo en el momento de la actuación dramática antes que como personas – comprenden a través de la representación que no existe la promesa de un rumbo existencial hacia ningún fin premeditado, que la vida nunca nos promete nada, sino el solo hecho de estar en el mundo e interrogarnos el por qué.

La pieza Rockaby o Mecedora es, entonces, una metáfora extendida sobre la contemplación de la propia muerte como un acontecimiento necesario, el cumplimiento del ciclo. Y por añadidura, deseable, como límite de la circularidad envolvente que nos sitúa siempre en las mismas encrucijadas y en los mismos dilemas, sin posibilidad de resolución satisfactoria. En definitiva, nos propone conjeturar la más insondable experiencia vivencial.

En Mecedora- Rockaby, la preponderancia de la palabra ocupando el espacio casi vacío, con una única presencia humana descubriéndose en la alucinación virtual de la propia muerte, Beckett recrea una epifanía, la del Verbo u oscilación cósmica generadora del universo material, convirtiendo al habla en la exclusiva entidad intangible que nos asoma al abismo existencial.

La identidad pura, en el imaginario beckettiano, es siempre prerrogativa del sonido y del silencio como una unívoca unicidad. No respetar la pauta de pentagrama musical que impone a toda su obra dramática – donde mide la duración de la pausa con la meticulosidad de un compositor – resulta en un inevitable vaciamiento del sentido de la palabra.

El elemento escénico de la mecedora en la puesta cumple múltiples funciones al utilizársela simbólicamente como reminiscencia de cuna y ataúd, mientras que el movimiento de ritmo monótono como una letanía la asimila al planeta que nos aloja. Y está, no casualmente, acompañado por el ritornelo como recurso musical-auditivo en el transcurso de toda la pieza.

Según Deleuze y Guattari en Mil mesetas: “El ritornello es territorial, es un agenciamiento territorial como el canto de los pájaros, los modos griegos, los ritmos hindúes (…) “El ritornello es el ritmo y la melodía territorializados (…)

En Mecedora el espacio virtual de la obra nos remite al nacimiento, la rutina del vivir cotidiano, el deterioro, y la muerte. Su presencia aparece explícitamente indicada en la repetición – permanente iteración del sentido para revelar el no sentido – del texto mismo. Acaso sugerente del habitual canto matutino de la alondra devenido en graznido de cisne negro al acercarse a la partida final. Añadiendo a dicha alusión el hecho de que la protagonista – mencionada sólo como MUJER sin nombre escuchando una VOZ – vaya vestida de negro de lujo por indicación del autor en la didascalia.

El ritornello es un prisma, un cristal de Espacio-Tiempo. Actúa sobre lo que lo rodea, sonido o luz, para extraer de ello vibraciones variadas, descomposiciones, proyecciones y transformaciones“– afirman asimismo Deleuze y Guattari en Mil mesetas.

Es decir que indica una transmigración temporal en el territorio Espacio-Tiempo simbolizando en forma especular el nexo entre principio y fin – la noción de Alfa y Omega es a menudo observable en la obra de Beckett. En suma, relaciona al alumbramiento iniciático con el territorio incógnito de la muerte.

Deleuze-Guattari también señalan que: “El ritornello fabrica tiempo” y que (…) “Mantiene una relación esencial con lo natal, con lo originario”

Es así entonces como el ritornelo o letanía adquiere una función quasi litúrgica, de ceremonia del despertar y lamento de despedida, de anagnórisis instintiva que producirá, felizmente, el clamor último que reclama la finitud, el desapego y la entrega al misterio de lo Absoluto inexplorado.

Es a partir de la minuciosa constructo del artificio mediante una estética etérica e inabordable en términos corpóreos – donde es exclusividad de la clarividencia ontológica articular la compresión – sumada a un lenguaje nacido de la dimensión abstracta del inconsciente, más la repetición como recurso sonoro de remembranza, que el genio de Beckett nos deja un resabio perceptivo que nos hará contemplar la realidad bajo el prisma platónico de Espacio-Tiempo, a la vez novedoso y arcano, dando lugar al renacer de la rigurosa verdad recóndita que nos negamos.

Presentamos a continuación la versión bilingüe para radio de MecedoraRockaby, realizada en coproducción con ZTR Radio. Traducción de Viviana Lombardi, actuaciones a cargo de Paula Natalizio en español y Viviana Lombardi en inglés. Técnico de sonido: Dani Zattara.

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