SANTA TINELLI

Letras Luciano Deraco

"Recuerdos de Familia" Diseño Brunela Curcio

“Recuerdos de Familia” Diseño Brunela Curcio


 

Miraba desde la ventana del alto hospital resignada y melancólica. Se sabía cadáver en pocas semanas. Sufría, se angustiaba pensando en su pueblo, aquel que la había metido en su corazón y del que cual, se sentía parte obligada, quizás, su torrente más fuerte.

Marcela Tinelli yacía consternada. La hidrocefalia avanzaba lenta y progresivamente arrebatándole la vida. Sus fantasías políticas y sociales se hacían agua dejando el enorme peso de transformar por completo al país en manos de su esposo, el Presidente Carlos Saúl Menem.

Recordaba una y otra vez como se había dado todo, como tan rápido había pasado de ser una locutora del montón a la mujer más importante de la Argentina.

Oriunda de Bolívar (pueblo que en la intimidad, reconocía detestar) se había radicado desde los dieciocho en Buenos Aires persiguiendo su sueño de ser la primera periodista deportiva del medio radial. Corría el año 1979 cuando Héctor Larrea, tras quedar impactado por su desempeño como conductora de una fiesta de la cerveza en Baradero (uno de los tantos trabajitos que combinaba con el análisis deportivo para hacerse de más dinero), le propuso formar parte del staff de su programa en Radio Nacional como locutora. Marcela fue, de a poco, haciéndose un lugar en el mundillo de la radiofonía y en general, de los medios de comunicación.

En 1984, participando como comentarista en un partido de la selección argentina de Bilardo en La Rioja, conoció al por entonces Gobernador Menem, famoso por sus patillas y su retórica populista. Se decía que el mandatario provincial había quedado impactado con ésta locutora de voz prominente, algo cabezona y díscola, de gran simpatía y carisma. Las flores y los bombones en las semanas subsiguientes no se hicieron esperar y Marcela, al principio reacia, comenzó a sentir cierto interés por éste enigmático y exótico caudillo provincial que aspiraba a la presidencia del país para 1989.

Ya en 1985, el romance era un secreto a voces. Menem aún seguía casado con Zulema Yoma y blanquear el vínculo con la locutora significaba una amenaza para sus aspiraciones políticas.

Pese a todo, una vez promulgada la ley del divorcio, el riojano aceleró la separación con su mujer de toda la vida y arriesgando su imagen pública, le ofreció matrimonio a Tinelli, quien aceptó sin dudar, teniendo en vista las elecciones presidenciales del 89′ y lo que la compañía de Menem podía significar para su ascenso en el medio periodístico. La ceremonia fue sencilla, acorde a la imagen que el caudillo pretendía implantar en la cabeza de los argentinos, no obstante, no faltó el toque pintoresco y autóctono, con números folclóricos y humorísticos: Horacio Guarany, Beto César, el negro Alvarez y el Soldado Chamamé, amerizaron la jornada. Hasta el propio Menem se animó a interpretar algunas canciones y bailar al compás de una buena chacarera.

Ya para 1988, el ascenso del riojano era meteórico y su excesiva presencia en los programas televisivos, solo o acompañado por la “cabezona” (apodo despectivo que la oposición oligárquica había acuñado para la periodista), constituía un verdadero trampolín al éxito. Así venció sorpresivamente al otro candidato justicialista Antonio Cafiero, rival difícil teniendo en cuenta su condición de Gobernador nada menos que de Buenos Aires. El carisma y la simpatía de Tinelli, devenida ahora en conductora televisiva, acercaba a Menem el voto de las mujeres, sobre todo el de las amas de casa, quienes veían en ésta joven emprendedora que se había iniciado de abajo, un reflejo, una proyección de la “fémmina” segura y decidida que ellas no eran. El caudillo por su parte, se seguía mostrando como un líder magnético, emponchado o con prendas regionales, arengando por el salariazo y la revolución productiva, comiendo con obreros y visitando ancianos.

Finalmente, el huracán Menem derrotó al candidato del debilitado radicalismo, Eduardo Angeloz por una amplia mayoría. Los sueños faraónicos del diminuto político de ascendencia siria se transformaban, al fin, en realidad. Por seis años sería el líder político de una nación esperanzada y con ansias de consolidar una democracia aún endeble y debilitada por los sucesivos levantamientos militares y la hiperinflación.

La toma del mando, el viaje desde el Congreso en el Cadillac descapotable, el saludo desde el balcón de la Rosada a una plaza que bramaba por Menem. Tinelli se sentía una diva, ella también tenía sus propios sueños y ambiciones y desde el vamos, se proponía en silencio algo más que ser la sombra del riojano. Pretendía ser una mentora, la abanderada de un pueblo necesitado de líderes paternalistas. Quería transformar la sociedad con o sin el consentimiento de Menem.

Recuerdos, sólo recuerdos… Era lo poco que quedaba de un humano enclenque consciente de su fatídico desenlace. Suspiraba resignada cada vez que la enfermera entraba a asistirla. Se preguntaba si había valido la pena, cuantas cosas le quedarían pendientes… Por qué todo era tan injusto.

Tras unos primeros meses complejos, asediado por la inflación y la falta de empleo, Menem comenzó a abandonar aceleradamente sus proclamas de campaña. Ya no exclamaba fervientemente en favor del salariazo y la revolución productiva, por el contrario, les hacía guiño a los grandes empresarios locales y foráneos. Acordaba con los fondos de usura, préstamos para una Argentina que de a poco, aumentaba tanto su deuda como su dependencia externa. Su máximo anhelo por entonces, era bajar el precio del dólar y así asegurarse el apoyo, sobre todo, de la clase media.

Marcela por su parte, a las mujeres, ya las tenía en el bolsillo. A los hombres, en cambio, los conquistó desde la pantalla de canal 11 conduciendo el ciclo “Arriba las Gomas”, emisión en la cual no sólo mostraba sus exuberancias cual corte vacuno en una góndola, sino que alentaba a las adolescentes a imitarla.

No bastó mucho para que el marco social se transforme en una fiesta. El disparador de semejante efervescencia fue la aplicación de la ley de convertibilidad, que establecía la paridad entre el peso y el dólar, una jugada maestra de Menem en su plan de perpetuarse en el poder, impulsada por su flamante Ministro de Economía, Domingo Cavallo. La conversión del peso en dólar le posibilitaba a muchos argentinos, sobre todo de los sectores medios, conocer por primera vez los lugares mas recónditos del mundo, comprar bienes de consumo a mansalva y adoptar los estereotipos y vicios exógenos más exóticos.

La sociedad argentina, tal y como se lo había propuesto, era otra. A la otrora solidaridad y camaradería entre pares se erigió como alternativa la competencia feroz y el individualismo. El común de la gente se regodeaba en la indiferencia o incluso la burla ante las desgracias ajenas. Ningún sesgo de cooperativismo siquiera se bocetaba Y la Tinelli era en buena medida una de las figuras públicas de mayor responsabilidad en estos penosos cambios. Su hedonismo desvergonzado, su afición al consumo, los viajes y cócteles frívolos habían dado en el clavo, sobre lo más profundo de un pueblo que en silencio, pedía a gritos satisfacer sus más bajos instintos, salirse aunque sea una vez por la borda luego de años de represión y de una tibia democracia transicional. El argentino tipo se sentía libre para alardear, seguro en su especialidad de demostrar su poderío por más irreal y efímero que fuese.

No bastó mucho tiempo para que el exitoso matrimonio despertara la bronca y el resentimiento de los postergados. Se trataba de un grupo reducido, pero que a la sombra se alimentaba de odio hacia la pareja presidencial: los excluídos que resistían a los tumbos los embates de un modelo de privilegio. Para ellos no había ni consumo ni viajes ni cuidado del cuerpo. La única preocupación de estos nuevos parias era buscar algún medio de subsistencia para alimentar a sus familias. El rechazo al tipo de país (en realidad de sujeto) que proponían Menem y Tinelli comenzó a aumentar proporcionalmente al nivel de desocupación y falta de representación. Capitalizando este estado social en progreso, Enrique Gorriarán Merlo, otrora líder del movimiento Todos por la Patria, retornó clandestinamente al país y lenta y sigilosamente, comenzó a formar cuadros entre los desposeídos, eludiendo hábilmente el espeso seguimiento de los agentes de la SIDE quienes sabían de su arribo a la Argentina. Sus años de guerrillero lo habían dotado de amplios recursos para este tipo de instancias. Sabía como trabajar con las masas en silencio y escapar si hacía falta.

El descontento fue en aumento y una vez organizados como guerrilla, Gorriarán Merlo encabezó, en octubre de 1991, un levantamiento que devino en la toma de la Casa Rosada con un grupo integrado por treinta militantes armados. El objetivo era no sólo atacar la casa de gobierno, sino también, secuestrar al Presidente Menem y tomar el poder. El operativo resultó un éxito y en menos de una hora, por la tarde, los guerrilleros redujeron al personal de seguridad presidencial aprovechando una convención de periodistas. Anunciaron que el primer mandatario quedaba a su disposición y que en el transcurso de la jornada, anunciarían mediante cadena nacional cómo se harían cargo del Ejecutivo advirtiendo de antemano que ante cualquier intento de las Fuerzas Armadas por intervenir, Menem sería asesinado. Por lo pronto, el ex Presidente constitucional era trasladado en carácter de prisionero a la isla Martín García, donde un puñado de presos políticos, marxistas infiltrados, habían liderado horas antes un motín.

Podía tratarse del desvarío de unos locos con metralletas, pero la sensación de final de ciclo invadía a todos y a cada uno de los integrantes del gabinete y por supuesto, a los asesores más íntimos. La Quinta de Olivos en tanto, permanecía cercada por otra fracción de guerrilleros que vigilaban cada paso de Marcela, a la espera de la orden de su captura. Los sueños de grandeza, esa sensación de ser algo así como una suerte de reina de un pueblo deseoso de las más exuberantes deidades nobiliarias, parecía esfumarse. No sólo temía por el colapso de sus ambiciones claro está, sino, sobre todo, por su vida y la de Menem.

Quizás el Ejercito podría deponer la actitud violenta de los insurrectos, quizás en horas, quizás en días. Pero entretanto, había un país en vilo. Miles de personas preocupadas ante la eventual asunción de una dictadura socialista. Cada hora se sentía como una enorme viga depositada sobre los hombros. El destino de Argentina era una verdadera incógnita.

Con una fuerza inusitada, salida de los escollos más profundos de la pasión y tomando por sorpresa al mundo, la tarde del 17 de octubre, una verdadera multitud proveniente de los barrios más pudientes de la Capital Federal se concentró en la Plaza de Mayo para exigir la liberación de Menem. Eran, en su mayoría ejecutivos que acababan de salir de la oficina, gente acostumbrada a vacacionar en Punta del Este y a exhibir sin pudor su bienaventuranza económica. También se habían plegado las amas de casa, devotas de Marcela y agradecidas por las políticas menemistas mediante las cuales conocieron el mundo, agrandaron la casa o se compraron un auto.

La cantidad de gente pidiendo por el riojano estaba muy por encima de cualquier estimación y los guerrilleros, estupefactos, no tuvieron más remedio que negociar. El propio Menem relataría tiempo después los entretelones de aquellas horas tumultuosas: “Una vez reunida esa enorme multitud en la histórica plaza, bramando por mi libertad, uno de los cabecillas de este grupo de forajidos y rufianes, se acercó y me pregunto: ‘Presidente, ¿qué salida a todo esto podemos negociar? Pues vea – le dije – el pueblo ya se ha manifestado. Si me garantizan la libertad en menos de una hora, yo dispongo las condiciones para la fuga de todos ustedes del país durante la noche’. El terrorista, asustado, pues aceptó, por supuesto. Pero yo me ocupé rápidamente de que estos maleantes cayeran en las primeras horas del 18 y fueran encarcelados como correspondía”.

Carlos Menem fue liberado cerca de las 21:00 y una hora después, brindaría desde los balcones de la Casa Rosada, un histórico y apasionado discurso destinado exclusivamente a exaltar la lealtad de esos miles de ciudadanos que habían seguido, paso a paso y con intriga, los vaivenes de una de las jornadas más agitadas y tensas de la historia. Marcela, desde la residencia presidencial, observaba emocionada por televisión las palabras de su amado e indiscutido líder de la república, derramando alguna que otra lágrima ante el flamear de esas banderas celestes y blancas que esos argentinos (en su mayoría rubios), concentrados en el corazón de la Capital, flameaban al compás de cánticos y aplausos. Los guerrilleros, tal y como había declarado, fueron traicionados por el riojano apenas salieron de la Casa de Gobierno: una fracción del ejército no sólo los redujo y confinó a prisión, sino que también les propinó una feroz paliza. En Martín García, fuerzas especiales intervinieron en la prisión y masacraron tanto a los insurrectos como al resto de los internos.

Cada movimiento, cada abrir y cerrar de ojos era una vuelta de página en la historia, sobre todo, en su propia historia. Observar el cielo raso de ese moderno hospital privado, ver las luces blancas de los fluorescentes, era algo como presagiar la nada que la esperaba. Una nada que a su vez, la retrotraía a sus años más brillantes, de abundancia, fama y devoción. Sabía que ahora sería mito, pero sentía que no era el momento, que aún tenía mucho más para dar. Planteos y preguntas sin respuestas, a la espera de una desgracia inevitable.

Una vez superado el sobresalto de octubre del 91′, el matrimonio presidencial estaba en condiciones de dar el gran paso que se había propuesto: una reforma integral de la sociedad argentina. Para ello, se modificaron drásticamente las estructuras de un Estado que el propio Menem definía como “deficitario e ineficiente”. En un par de meses, se vendieron a precios irrisorios más de 100 empresas, tercerizándose también servicios que proveía la nación. La esfera privada se hizo cargo de tomar los rieles de la economía argentina, miles de ciudadanos fueron despedidos de sus respectivos trabajos, repatriándose capital humano especializado en las universidades de los países centrales. El riojano entretanto, advertía que de producirse levantamientos obreros en reclamo de sus derechos, cada vez más avasallados, militarizaría las calles.

La contracara, era la de una clase media cada vez más agradecida por los logros de Menem y la benevolencia de Marcela, quien a través de la Fundación Tinelli, entregaba todos los meses cientos de pasajes a distintos paraísos del caribe para pagar en cómodas cuotas financiadas con dinero del estado destinado a jubilaciones y a asistencia social. Adepta a la exposición pública, siempre se hacía presente en alguna escuela católica el primer día del ciclo lectivo para besar la frente o la mejilla de algunos purretes de la alta alcurnia, mis “cabecitas rubias” decía con cariño a esos hijos de la burguesía que albergaba en sus entrañas. De hecho, entre la gente se había acuñado una frase que Marcela solía repetir en sus discursos más fervientes al referirse a sus leales seguidores: “mis camisados” decía, aludiendo a esa enorme franja social que apoyaba incondicionalmente al menemismo. Hombres que portaban camisas Polo mal combinadas con jeans Club Ken y mujeres adictas a las cirugías estéticas, la cama solar y el gimnasio integraban ese grupo mayoritario. Deportistas y gente del espectáculo, visitantes célebres del exterior, todos querían su foto junto a la “abanderada de los pudientes”.

El veranito menemista tuvo su broche de oro cuando la pareja visitó, en gira diplomática, a la Reina de Inglaterra, cerrando un acuerdo mediante el cual, Argentina cedía por completo toda negociación por las Islas Malvinas. El viaje sirvió para que Marcela desplegara, en carácter de primera dama, todo su carisma y glamour, aunque no tan solapadamente, recibía el desprecio de la prensa amarilla británica, reconocida por su acidez, la cual hacía hincapié en tono de mofa, no sólo de su brutal cabeza sino de su ostensible mal gusto de “sudaca nueva rica”.

El impacto de aquellas imágenes fue suficiente para propinarle sendas lágrimas que corrían por sus mejillas con delicadeza y lentitud. Inevitable la asociación, fue justo después de esa gira, que comenzarían los problemas, que sería consciente de lo cercano de su final y de su dolorosa agonía.

Una mañana como cualquier otra, en la cual estaba por sortear autos cero kilómetro, cortesía de Franco Macri, Marcela se desmayó en pleno hall de su Fundación. Tras estar internada durante varias horas recibió la noticia más trascendente y fatídica de su vida: padecía hidrocefalia, una enfermedad que se manifiesta mediante la acumulación de agua en el cerebro y la cual estaba en estado avanzado. Con dolor, mucho dolor, los pocos meses que antecedieron a su internación definitiva, los dedicó a aumentar su exposición pública y a pronunciar emotivos discursos en los cuales arengaba a sus “camisados” pasionalmente y hasta el hartazgo, que le sean fieles a Menem hasta la muerte. Planeaba militarizar a la población para defender al líder ante otro eventual levantamiento marxista y proyectaba también, la creación de una obra majestuosa a cargo de Marta Minujín: el monumento al camisado, a erigirse en terrenos de la embajada de los Estados Unidos. Llegó a reunirse con Enrique Carreras para plantearle su interés en la realización de una película autobiográfica sobre Menem. Lamentablemente no pudo concretar ninguno de estos ambiciosos planes. En su última aparición pública brindó unas emotivas palabras ante una multitud enardecida y exaltada. Su cabeza fue suspendida en el aire mediante dos cables invisibles para evitar que se desplomara. Luego vendrían meses de reposo y hermetismo, a la espera de lo inevitable.

Pulso acelerado, respiración agitada, dos enfermeras que entran corriendo a la espera del médico. Menem que toma fuerte la mano de su esposa en agonía, ostensiblemente pálida y cabezona. Cecilia Bolocco, actual pareja del mandatario, que a un costado y entre las sombras, sonríe maliciosamente. Decenas de asistentes derramando lágrimas, esperando el inminente desenlace. Es el precipitado fin de una vida. Una luz que a los treinta y tres años se apaga encendiendo la mecha del mito. 26 de julio de 1996, la fecha en la cual, Marcela pasa a ser eterna. Desde entonces, su cráneo prominente ocupa un enorme e inalterable lugar en el corazón de un pueblo fiel y devoto.

Tras despedir a Marcela en un funeral multitudinario celebrado en la embajada de los Estados Unidos, Menem debió afrontar el momento más duro de su gestión. No fueron las aisladas pintadas con la leyenda “viva la hidrocefalia” que aparecieron en las calles lo que inquietaba al mandatario: el sector sindical, cada vez con mayor peso entre los obreros y los postergados, comenzaba a enfrentarse con más vehemencia al gobierno ante el saldo que el modelo de concentración de riqueza y exclusión social implementado iba dejando. El líder, quien se había vuelto a casar pocos meses antes de la muerte de Tinelli con la ex modelo chilena Cecilia Bolocco, se mostraba cansado y sin la fuerza necesaria para sostener el poder luego de la muerte de su carismática compañera. Ante la coyuntura, los analistas políticos auguraban un futuro conflictivo en el cual, ante la ausencia de Marcela (pieza clave para garantizar la cohesión social) la brecha entre menemistas y anti menemistas se intensificaría.

El riojano, desobedeciendo a sus asesores, subía la apuesta y barría las villas para dar vida a enormes y lujosas torres destinadas a los más pudientes. Recibía con frecuencia a los representantes del Fondo Monetario Internacional para firmar el otorgamiento de préstamos que extendían la deuda argentina y declaraba con fervor que apostaría a “seguir profundizando el modelo que cambió la vida de los argentinos”. El descontento iba en aumento y a la Rosada ya llegaban rumores de una pueblada gestada desde las bases obreras con financiamiento cubano para acabar con el gobierno. Menem no se cuidaba y seguía con su exposición mediática caracterizada por la ostentación y la frivolidad.

El 16 de junio de 1999, la histórica Plaza de Mayo amaneció envuelta en llamas producto de una lluvia de bombas molotov arrojadas por cientos de obreros movilizados en lo que se conoció históricamente como “la revolución libertadora”. Posteriormente, se tomó la Casa Rosada y se anunció la caída de lo que denominaban “el régimen menemista”. En cuestión de minutos, el saldo de civiles muertos y heridos era calamitoso. Menem no resistió el ataque y negoció su salida del país con los insurrectos para evitar que se propagara la masacre, aunque muchos historiadores sostienen que en realidad, el líder ya tenía pautado su rendición varios días antes a la espera de que algún paraíso del Caribe quisiera alojarlo.

En efecto, la revuelta guerrillera modificó la realidad de una Argentina mal acostumbrada. En principio, se quemaron todos los retratos e imágenes de Menem y Tinelli. Las dependencias del Estado inauguradas con su nombre, fueron modificadas y lo más importante, se estatizaron las empresas de servicios nacionalizándose además la banca y declarando el cese del pago de la deuda externa. El cadáver de Marcela fue robado de la embajada de los Estados Unidos (la cual fue expropiada y convertida en el hogar de varias familias sin techo) y luego de ser ultrajada por los marxistas y rodar por distintos rincones de la ciudad de Buenos Aires, fue trasladada a Cuba y sepultada en una fosa común con un nombre falso. 19 años después, el cuerpo fue entregado a Menem en su residencia de las Islas Caimán y tras su retorno al país, en 2003, al fin pudo descansar en paz.

Más allá de los vaivenes de sus restos, de su mutilación infame, de sus intentos por silenciar el fervor que había encendido, la “revolución libertadora” fracasó rotundamente. Tinelli no sería extirpada jamás de ese corazón encendido, el de una sociedad pudiente y materialista que la acobijó como su abanderada, su hija pródiga. Santa Marcela para sus fieles camisados.