SIETE RELATOS BREVES

Texto Martí Sales Sariola

Foto de Maria Dias

 Fotografía Maria Dias

 

 

 

AS I GROW I GROW COLLECTIVE

Desde todos los rincones del reino los músicos llegaron a la capital cabalgando su propio instrumento: la solitaria, en arpa de ruedas; la familia y su abuela cocinera, encaramados a un piano de cola; los gemelos, uno a golpes de viento de tuba y el otro a pedos de acordeón agujereado. En la gran ciudad hacía mucho frío y para subsanarlo se decidió hacer una especial superproducción de jerséis y bufandas. Por las calles todo el mundo tricotaba sin cesar las más bellas lanas del mundo: negros estelares trenzados con verdes iguana dieron forma a un chaleco de iníciales bordadas con iridiscentes sedas de Oriente;  veinte sutilísimas variedades de blanco, la enorme falda plisada que taparía los michelines a la gorda flautista. Para el concierto inaugural se había acondicionado la sala más grande del palacio, pero fueron tantos los instrumentistas que se presentaron, que a las pocas horas del inicio del encuentro ya no cabía ni una pestaña. Sin embargo, ningún problema podía contener la inmensa alegría de los músicos al verse de nuevo después de tantos años: y se pusieron a improvisar una canción. Hinchazón oscilante de cuerdas marrones, tres clarinetes en unísono flirteante, retumbantes tambores penetrando triángulos chispeantes, concordancias pesadas de la sección de viento y aéreos gorgoritos prodigiosos de la diva llenaron la sala de armónicos imposibles y el techo, anonadado, no quiso contener tal algarabía y se quitó de en medio para que la fiesta pudiera expandirse. A cielo abierto, impulsados por su propio sonido, los músicos fueron elevándose uno a uno o en grupos, y pronto se hallaron por encima del palacio en espectacular formación. La gente de la ciudad se descubría a sí misma silbando (ci manca un po di terra…) o siguiendo con la cabeza el compás de aquella música burbujeante, y al hacerlo también perdía pie y empezaba a flotar lentamente hacia arriba. Con las lanas multicolores parecían una bandada de pájaros tropicales. Yo lo vi de lejos, con un catalejo, y me pareció el espectáculo más bonito del mundo. Cogí la cámara e hice una foto. Se la mandé a mi primo, que es ornitólogo y hace siete años que vive en Finlandia. Al cabo de unos días me respondió y me dijo que sólo una especie de pájaros en el mundo volaban en tal formación. Me dijo el nombre pero no me acuerdo.

   (…) Ara que ja sóc grandet, 

m’he dat a la mala vida

(…) Adéu clavell morenet,

adéu estrella del dia.”

 

La cançó del lladre

 

AYATOLLAH NO ME TOQUES LA PIROLA

Repulsión. Eso sentí al verte. No fui capaz de acabarme la comida, huí, me encerré en el coche, vomité en el salpicadero, me estrellé contra un farol. Cuando volví al restaurante ya no estabas. El maître me limpió las heridas: era un viejo amigo de la familia. Cogí un taxi y me fui a casa. Al día siguiente tenía tres cabezas. Dos hablaban por teléfono y la de más a la izquierda, la que está recordando todo esto, se lavaba los dientes. Si estoy compartimentado, me dije, me será más fácil comprenderme y dialogar conmigo mismo. Pero las otras cabezas estaban demasiado ocupadas en sus conversaciones con los agentes de seguros: planeaban mi decapitación con alevosía. Yo me hice el longuis: puse un buen disco y miré por la ventana. Una de las pocas cosas de las que estoy seguro en esta vida es que Gloria es la mejor canción del mundo. La cabeza del medio colgó y me dijo vamos al trabajo, que llegaremos tarde. Éramos conductores de tren y la puntualidad era muy importante. Al llegar a la estación todo el mundo nos dio besos y me planteé el uso del plural. Encarnaba aquella vieja polémica teológica, la de la unidad y la trinidad divinas. ¿Cómo puede Dios ser único y triple a la vez? Dios es único e indivisible, esas son cualidades indiscutibles pues es adalid de perfección. Entonces ¿cómo manejamos los conceptos de Dios-Padre, Jesús-Hijo y Espíritu Santo-Paloma? ¿Sangra el corazón de Jesús? Escucha tus estigmas, asume la prole, cómele los pies a tu amante. Llagar y besar el santo. Recorre los estigmas, cómele las llagas, besa a la prole: escucha a Jesús. Escucha a Dios. Escucha bien lo que te dice la paloma:

                                                Cop shoot cop. 
                                                 Never saw a woman    so
                                                     alone…

 

                                                                                  J.Morrison

    Empecé a escribir en Cardones sentado en una silla frente al mar, en el centro de un paisaje nada sorprendido por un puñado de edificaciones a medio construir. Detrás de mí, a modo de ejemplo, se alzaba un enorme esqueleto gris, despojo monumental de algún animal prehistórico y rectangular.

    Todo lo que veía tendía a descalabrarse, revolcarse, precipitarse hacia el mar por la pendiente, pero muy lentamente, casi imperceptiblemente: los elementos que me rodeaban acababan de perder el equilibrio: eran incapaces de dar un paso sin caerse. En el fondo del barranco había una jaula pequeña con quince perros encerrados que ladraban como posesos todas las noches. Por encima suyo, una carretera elevada y más allá el mar, que alcanzaba la mitad del cielo. Había, también, un nubarrón inacabable, panzudo, que, según decían, duraba todo el verano, jodiendo a los turistas y acongojando a las gentes del lugar. A pesar de eso la luz se lo comía todo y nosotros quedábamos reducidos a migajas andantes y parlantes. Yo llevaba unas gafas replegables Vuarnet de mi padre que me lo hacían ver todo amarillo y así se me distinguía mejor del comando. Aquella mañana había cazado y matado, por fin, una mosca con la mano. Mi regocijo fue grande: habían pasado muchos años después del primer intento. Los plátanos atraen a las moscas, pensé, y yo mismo añadí: no soy capaz de mantenerme dormido durante mucho rato, tengo la palabra llena de cabezas, se le cancerbera la tipografía como a una cima arbolada. De noche, en mi deambular noctámbulo por el muladar, veo los dos faros del coche que viene hacia aquí, que va viniendo, que quietamente no llega, pero siempre está a punto de hacerlo. De atropellarnos. Las acciones nunca acaban de ocurrir: están amputadas, son muñones sin futuro, puro devenir, el desangrarse eterno de unas venas demasiado grandes para ser verdaderas. Su flujo es navegable y rasga el tiempo, y sus recodos se coagulan, se enquistan y lo pudren. Lo llenan de aire hediondo y nosotros nos tapamos las narices. Gangoso, estoy aprendiendo a decir: YO AMO A LA NUBE. Más allá, por la parte de Aldea, la carretera sube retorciéndote el cuello y tus ojos se ven obligados a cortar el mundo en rebanadas vertiginosas, barón de dolores o bien empieza jabato…

    Al final parecía que iba a ocurrir de una vez por todas;  di un salto para que Cardones no me aplastara en su eclosión: estaba en avanzado estado de desmoronamiento. Ya había empezado a caerse y yo estaba en medio, sentado en la susodicha silla frente al mismo mar acartonado por la distancia y los eones. Después de mi salto de lado quizás todo ya había acabado pero seguían las habladurías. A mí la devastación total me estimulaba. A partir de la nada cualquier cosa es maravillosa. En este punto estaba, y cubierto de moscas me lo inventaba todo porque no tenía memoria. También cantaba porque qui canta els mals espanta. In the ghetto…

    A pesar de que la temperatura era mucho más elevada, en la capital de la isla de al lado, Santa Cruz, la gente, repeinada, andaba a medio palmo del suelo. A un palmo entero andan los santos budistas; a medio, los chicharreros. Desde su altura miraban mi sombrero de gitano y no lograban santiguarse: se hacían un lío con las manos. Yo silbaba y hablaba, erecto, por teléfono. Los hospitales era un recuerdo vago y los flamboyants saneaban la corrupción de los ayuntamientos a través del color rojo de sus flores. Jean Genet aún no había filmado Un chant d’amour. También quedaban lejos los outsiders, las navajas, la brillantina, las hostias. Aunque los simples coros de la canción adecuada podían hacer que la isla se desvaneciese y apareciera allí, de nuevo, dislocada, la pandilla, su olor a sobaco adolescente, el magreo descontrolado y el mareo de la novena borrachera, el desarraigo como eterna fuente de energía. Las consecuencias a corto plazo eran: comprarse una moto, el daltonismo y la muerte. Así que, huyendo, tomaba el sol en pelotas entre árboles de mango, plataneros, papayas y cernícalos, tumbado sobre una arena negra que, a ratos, quemaba.

    No tardé en volver a Cardones. Caminé por los escombros, me encaramé al esqueleto y a la luz desnatada de la luna llena oteé las lomas vecinas. Parecían cercenadas. No es fácil gestionar la propia mutilación, pensé, y me quité el sombrero ante la elegancia de la destrucción que estaba por venir.

 

DE VERMIIS MYSTERIIS

Tengo que contaros una cosa: México es una larva de gusano. No suelo pasar mucho tiempo en casa y un día llegué y me encontré en la cocina -hedienta- un pedazo de carne podrida. Acerqué la oreja y oí pinche cabrón y enseguida supe que aquello era México. No un mexicano, sino México entero: muchas voces desde las cumbres y de noche, lucecitas. En internet vi una vez como dinamitaban una ballena que se había quedado varada en la playa. Miles de kilos de carne despedazada por los aires y su sangre hundiéndose en la arena hasta rebasarla. No era una playa mexicana. La explosión fue parecida a la de un volcán: duraba y duraba, sedimentaba, pero no con ceniza sino con sangre. El coneixement de la Humanitat gairebé no s’acumula: s’escola com l’aigua entre els dits. Els ancestres són líquids, no gasos. He fumigat la cuina, he llençat la carn, he sortit de casa i encara no he tornat.

Hi ha un moment de la vida que
sembla com si ens despertéssim d’un
somni. Hem deixat de ser joves.
Bé es veia que no ho podríem ser
eternament. I què era, ser joves? (…)
Som pecadors amb una gran set de
glòria. I és que la glòria és el nostre fi. 

                                                   J. Sales

TEENAGE WASTELAND

Había dos bombonas de butano en cada balcón, o en bastantes. Su color llamativo advertía de su peligrosidad. La noche de San Juan saltábamos la valla del parque y desde dentro les disparábamos cohetes potentes para ver si saltaban por los aires. También hicimos explotar un coche, medio quemamos un indigente, lanzamos petardos-bomba contra los parabrisas de los coches que pasaban debajo del puente de la autopista… Aquella vez casi se estrella un repartidor de pizzas: derrapó sin llegar a caerse, de refilón pudo vernos y cambiando de sentido empezó a perseguirnos por todo el barrio, pero nosotros éramos demasiado rápidos y pequeños y cabíamos en cualquier pliegue del terreno; por unos instantes fuimos un marron glacé: escondidos en los recovecos de la castaña nuestras cabezas llenas de azúcar brillaban bajo la luz ahumada de dos o tres estrellas. Luego cantamos: ¡Viva la pólvora, vigila con el polvorón, cómete el polvorín! Un amigo mío se quemó cuando era pequeño intentando envejecer monedas con alcohol: ahora tiene media cara transfigurada con implantes de su propio muslo en las mejillas. El fuego y el mar se mueven de la misma forma, ¡oh, qué maravilla aquello que es eternamente igual y diferente! Y tú, ¿sabes qué hacer con la pausa? La heroína debe ser esto, dicen los expertos que nunca la probaron.

 

HELL IS AROUND THE CORNER

Y pronto alcanzaremos la velocidad del monstruo. El despertar de cada músculo retendrá los huesos, camuflando la urgencia de la máquina, aplazando y anticipando cada ataque del animal que mata. A mano izquierda quedará lo vegetal y su temblor hará que vibre el párpado de nuestro ojo cerrado. El otro, rendija palpitante, es clavo de crucifixión: establecerá los puntos de fuga y colisión. Millones de cárceles en crecimiento. Si no ampliamos los espacios de tortura no nos van a caber las epifanías. No habrá directrices: la regla será la aproximación fulminante a los límites de la especie. Las pieles, erizadas, fulgurantes en cada contacto, tendrán la continuidad y la luz propia de los estados próximos a la desaparición. No habrá Mesías ni catástrofe nuclear ni Apocalipsis: en tal unidad de extenuación del presente no existen estas categorías. We are hungry, beware of our appetite. Lograr este estado, perpetrar este lugar, desmenuzar en movimiento tal combate será nuestro objetivo.

 

ECLIPSI DEL DIA TAL I TAL

Salón de estar, salón de estar, salón de estar: estaba esquelético. Como una rendija. Al sol se le han caído los pantalones, tu omóplato me da risa, pasa un rato, pasa un rinoceronte: intrusismo profesional. Se te cae el omóplato: ¡viva la minifalda! A falta de pan buenas son tortas. ¡Discrepancia! Pila del greix. Asamblea general. (Hay correspondencia entre curvas porque no existen las rectas: una carta escondida en cada una de las minifaldas. Correos: relación epistolar entre rodilla y pelvis) En el lupanar las putas salieron a ver qué pasaba: aquel frío, aquella luz semicortada,  no era normal. Los croisanes pavimentaban sus pieles expuestas al sol; todo el mundo quería ponerse unas gafas de soldador mientras nosotros no parábamos de decir “¡Cómo nos gustan los desayunos franceses!”: en Alejandría aún había vacas y la leche fresca se me antojó como el mejor de los regalos después de viajar tanto por mi preadolescencia. Leche, miel y dátiles como sidra, alubias y cabrales: arena y roca o la supremacía absoluta del agua y del color verde. La gastronomía marroquí, sin embargo, significaba también en gran parte, para nosotros, gastroenteritis. Siempre nos pasábamos el día cantando cuando íbamos de excursión por los campos semánticos: “escancia, colma, rebasa, atragántate, escupe, llénate los pulmones de agua, pide branquias, pide clorofila, pide clemencia, rehúsala. ¡Cataclísmate!” Pero lo más divertido era el concurso de pedos.

“(…) il n’ya a rien à dire. Il faut arrêter d’enseigner les mots. Il faut fermer les écoles et agrandir les cemetières. De toute façon, un an, cent ans, c’est pareil; tôt ou tard, on doit mourir, tous. Et ça, ça fait chanter les oiseaux, ça fait rire les oiseaux.” B.-M. Koltès