Sola para el LIBERTANGO | It takes One_2_LIBERTANGO

Letras Zoe Eslev
Traducción Viviana Lombardi
Sección Bilingüe | Texto Original en Inglés 

Collage Bando de Viviana Lombardi para Sola para el LIBERTANDO AZAhar literario

Collage Viviana Lombardi


Sola para el LIBERTANGO

A Alicia, amiga, compañera, hermana de lucha.

El tipo parecía joven para su edad. Llevaba un impermeable marrón fuera de moda con las puntas del cinturón colgándole a los costados. Era alto, corpulento y apuesto. Un mechón suelto le bailaba en la frente al hablar, moviéndose a locas en cada frase corta y premeditada. Los ojos vidriados, intensos y oblicuos encerraban un secreto acuoso en las pupilas.

Advirtió mi presencia al momento en que me acerqué a la barra para pedir un bloody Mary. Sentí su mirada lamerme el cuerpo con lenguas de fuego cuando caminaba intencionada para atraerle la atención. Un rato antes lo había oído bravuconear sobre cómo los productores de Hollywood lo habían usado para joderle la carrera. No se privó ni de dar nombres y detalles, ni de insultarlos y demostrar rencor.
Su mujer, la caricatura lánguida y decadente de una gloria pasada, lo miraba estremecida de éxtasis. Había intentado dos veces interrumpirle la diatriba amarga, pero prefirió dejar que la batalla siguiera su curso hasta el final a muerte. A cierto punto le dedicó una mirada inocua y dio las buenas noches. Después de ofrecerle un beso distraído, se adentró rumbosa en la tiniebla de la escalera de mármol, acariciando los peldaños con la gracia sigilosa de una tigresa.
No me sorprendió que él se me acercara sin dar excusa alguna. En cierto modo, nuestro encuentro era una cita. Tampoco me sorprendió que me tomara del brazo para salir juntos a la negrura de la noche.

Transitamos las calles angostas aún humedecidas con el vapor del empedrado. Los tacos altos se me enterraban una y otra vez en los bruscos baches de la calle. Él me sostuvo más fuerte y llamó un taxi. No se demoró en apretar un brazo sobre mi hombro. La mano ágil buscó mi pecho izquierdo que se ofrecía inocente por la apertura de la sisa. Le aparté la mano con delicadeza, apoyándola en el muslo de él y me abotoné la chaqueta. No se quejó. El taxista nos preguntó dónde íbamos. Él respondió en su idioma, izando la lengua altiva del invasor. El taxista detuvo el auto y se volvió a mirarlo, fijándole la mirada en la boca. Repetí la respuesta en español y continuamos la marcha. Nos llevó apenas unos minutos llegar al viejo y extenuado tango bar.

La tabla de la mesa tenía las cicatrices de un escalpelo libertario.‘Yankees go home’ decía el lema que acaso algún borracho soñador había esculpido en la madera rancia, condenada al olvido como la carcasa de un barco naufragado. Él miró la inscripción y súbitamente fijó sus ojos en los míos. Pidió dos whiskies con hielo sin consultar. ‘No tomo whisky –le dije. Me dirigí al mozo en español. ‘Ginebra con hielo’, por favor. Doble.’ ‘¿Qué es eso?’ –preguntó él. ‘Gin del nuestro’. ‘¿Es bueno?’. ‘Es fuerte’ –respondí. ‘Muy fuerte’,
Agudizó la mirada sin hacer comentarios.
Estábamos sentados uno junto al otro, nuestros cuerpos rozándose, casi. La orquesta –un ensamble raído de veteranos en smoking– comenzó a tocar cinco tangos en serie. Por un rato, sólo bebimos y miramos a las parejas bailar. Lo observé mientras miraba la pista de baile y le leí en la cara que una inquietud lo acechaba. ‘¿Bailás tango?’. Preguntó ansioso. ‘Nunca con extraños’. Espeté. Siguió una pausa larga. Él suspiro antes de preguntar. ‘Así que sos tan fuerte como tu Ginebra ¿O no? –Y soltó una risita amenazadora– ‘¿Puedo probarla?’ Asentí. Tomó un sorbo de mi vaso y contuvo un temblor repentino. ‘Fuerte de verdad’. Dijo sin ironía.

Sentí que un enjambre de avispas feroces me daba vuelta el estómago y resolví no dejarme ganar por el alcohol. Necesitaba estar en control de todos los sentidos. No obstante sentí una dulce anestesia de abandono inundarme las piernas como un torrente.

Presa del impulso, él me metió una mano en la entrepierna y mi pubertad resucitó florecida como un capullo. No sentí ni miedo ni culpa. Estaba empapada de odio y conciencia. Mi vagina se abrió a la premura de sus dedos, liberada de todo recuerdo del pasado tormento. Mi sexo ya era mi héroe de trinchera, el objeto de atracción de la lujuria de él. Pero supe que ni la astucia ni el coraje bastarían. La instancia requería de una resistencia sofisticada y un designio inclaudicable. Me pareció estar en un rapto de éxtasis.

¿Así que también sabés ser esclava? Estaba sorprendido de verdad. ’Lo soy desde que nací’. Me miró a los ojos. ‘¿Te gusta? ‘‘Me enseñaron a no hablar de mis sentimientos’ No parecía sorprendido, pero habló con intención. ‘¿Y qué otras cosas te enseñaron?’ Me reí sin responderle. ‘¡Vamos, que ya estamos entrando en la intimidad!’. Se lo notaba aprensivo. ¿‘Preferirías ir a un lugar más discreto? ‘Me da lo mismo. Igual estamos en el rincón más oscuro, ¿No?’ Intentó besarme. No se lo permití y, para mi sorpresa, no se alteró. ‘Bueno, entonces hablemos de negocios.’ La voz se le aceleró al compás de la acción de los dedos. Luché contra la tentación de revivir los shocks eléctricos en mi pubis y en mi vulva para no dar señal de flaqueza.

Entonces me dijo con desdén. ‘Hace sólo dos meses que te soltaron, deberías ser más cautelosa’. Lo miré fijamente, fingiendo sorpresa. ‘¿Cómo lo supiste?’ Se permitió soltar una carcajada estentórea. ‘Vamos, nena, conmigo no te hagás la corderita’. Igual me animé a levantar la apuesta. ‘Desconozco tu rango en los servicios’. Esperé una reacción de su parte. No hubo ninguna. ‘De verdad’. Redondeé los labios como un pez en agonía y sentí su urgencia de besarme. Cerré los ojos a la espera, pero no lo hizo. Aunque se le enloquecieron los dedos y se le narcotizó la respiración. Decidí callar hasta que hablara él. Hubo una larga pausa y caí en cuenta de que le faltaban las palabras. Estaba excitado como un mastín en celo. ‘Un CIA como yo no tendría que tenerte tanta paciencia, lo sabés’. Le ofrecí una sonrisa tierna. ‘Pero vos sos un CIA atípico ¿Es así?’ No logró ocultar el impacto del halago. ‘Podría decirse que sí’. Se le torció el lado izquierdo de la boca. Con el índice me lastimó los labios escoriados de la vulva. Reprimí la reacción natural y reí. Él hurgó más profundo explorando la cavidad como un niño que juega con un charco en la arena.

Así que soy un agente atípico’. Los dedos ávidos descansaron por un rato. Me dedicó una sonrisa amplia. ‘¿Por qué se te ocurrió decirme eso?’. Le devolví una sonrisa cautelosa. ‘Fuiste actor por muchos años. Tuviste una carrera creativa’. Soltó una risita. ‘Siempre tuve dos carreras y fueron las dos creativas. Me fascina la creatividad’. Retiró lentamente los dedos de dentro de mí, sacó un pañuelo con monograma del bolsillo del saco y se olió los dedos antes de secárselos. ’Me encanta tu esencia’. Amplió la sonrisa. ‘Fue mi pista para perseguirte en la jungla’. A esa altura, supe que no tardaría en violarme.

Crucé la pierna izquierda por sobre la rodilla derecha y alcancé mi bolso. Él reprimió una alarma silenciosa en el cuerpo. Saqué un atado de cigarrillos largos, encendí uno y le ofrecí. Negó inclinando la cabeza seductoramente. Tenía los ojos encendidos de deseo. El tiempo estaba de vuelta en mi terreno. Mi pierna izquierda se hamacó acompañando el sonido ronco del bandoneón. Él contemplaba la red de mis medias, recamadas de arañas de terciopelo tejiendo su santuario.

Siempre me complací en perseguir zurditas chetas, pero ninguna te alcanza’. Suspiraba, casi. ‘¿Por qué sos tan testaruda?’ Le sonreí estilo Hollywood. ‘Sos una pendeja despierta; vos sabés cómo hacer las cosas más fáciles’. Abrió la boca buscando aire. ‘¿A quién te creés que estás salvando? Probé el efecto de cerrar los ojos al exhalar el humo. ‘Sé muy bien que no puedo ganar’. Hice una pausa para ensayar mi mejor tono de desdicha.’ Pero soy y seguiré siendo leal al compromiso.’ Suspiré, doliente. ‘A mis compañeros’. La apuesta había sido riesgosa. Mi alma rezaba para que Dios exista. Él largó una carcajada atronadora. Unos pocos clientes adormilados se dieron vuelta a mirar y luego volvieron a sus tragos, como si buscaran evitar un letargo flotante. Él alzó la mano para pedir otra vuelta.
Criatura’ –su voz se oyó casi humana– ‘¿Sabés lo que deseo con todas mis ganas? Es decir, ¿Lo que deseo hacer de vos?’ Hizo una pausa para pensar ‘Mejor dicho, ¿Con vos?’ Negué con la cabeza. ‘Me gustaría meterme por tu oído en tu cerebro y averiguar qué tenés dentro’. Entonces fui yo la que rió con ganas pero ni un solo cliente se inmutó.

El mozo trajo los tragos, sirvió dos medidas generosas y dejó sobre la mesa un balde de metal oxidado con hielo dentro. Él pagó y le dio al mozo una propina importante. El viejo me sonrió y me guiñó un ojo. Me conmovió tanto que tuve que obligarme a no sentir más algo semejante.

¿’Qué te interesa de mi’? Le pregunté y vacié la mitad de mi vaso. ‘Me declararon inocente de culpa y cargos y me dejaron en libertad’. Mi corazón latía impetuoso. ‘No les sirvo para nada ni a vos, ni a los servicios, ni a la policía, ni a los paramilitares ni a los militares’. Traté de parecer segura y desafiante. ‘Y vos lo sabés muy bien’. Estaba furioso, pero se mantuvo calmo. Se estaba disfrutando tanto el momento.

Por primera vez lo miré de pleno. Él hablaba sin parar pero yo no escuchaba. Me limitaba a sonreírle tontamente, haciendo algún gesto para consentir o negar y por momentos, decir alguna palabra de confirmación o apoyo. Lo único que veía era su cara bajo la luz mortecina del candelabro. Me parecía ver la vívida imagen de un cerdo; una bestia roñosa, voraz, despreciable, con la piel infectada de rosácea y los ojos sesgados como su percepción de lo humano.

Por una billonésima de segundo se me apareció por sobre él el cuerpo exangüe de nuestro Pablo, verde de moretones y oxidado por las llagas del tormento, diáfano y patético como un Cristo niño. Las bestias le habían dedicado una humillación final, dejándolo desnudo sobre las lajas grises del patio de la prisión, con el cuerpo acribillado por miles de balas. Los guardias lo habían usado de blanco para practicar tiro, después de haberlo torturado hasta la muerte. La mitad de la cara era un amasijo de sangre colgante, con el ojo izquierdo incrustado en la piedra como una estrella fugaz huérfana de órbita.

Stein mismo había ordenado la operación. Yo reconocía su voz; era la que también había supervisado meticulosamente mi tortura para que no me dejaran morir, algo que anhelé en cada sesión, soñando que me enterraban con Pablo para guiar su Ser martirizado a la eternidad.

La exaltada carcajada histérica de Stein me sumergió en el presente. Sentí el apremio del tiempo en el cuerpo. ‘Estoy un poquito mareada’. Sonreí. ‘Necesito ir al toilette’. Sabía que de llevar mi bolso conmigo, él me iba a seguir, así que lo dejé sobre la mesa. De todos modos, él no encontraría nada dentro.

Me encaminé serena hacia el baño para evitar sus sospechas. Dentro del toilette, me quité con cuidado las dos cápsulas de cianuro que llevaba dentro del ano y después de sacarles la cubierta de plástico, me las introduje otra vez. Sabía que él me iba a sodomizar ferozmente: así funciona la mentalidad del sicópata. Si el plan se cumplía según mis cálculos, el veneno se expandería rápidamente por los capilares hacia el flujo sanguíneo a través del pene.

Sentí llegar sus pasos recelosos de criminal. En apenas unos minutos, todo estaría terminado. Se habría hecho justicia. Cuando abrió la puerta con cautela, yo me lavaba la cara en la pileta. Vi su imagen reflejada en el espejo acercándoseme. Seguí rociándome la cara y el pelo con agua fresca, en un ritual de purificación que alentó a mi voluntad. Atisbé un rayo de luna filtrándose por la ventanita, como para santificar la miseria del lugar. A cierto punto, Stein se detuvo casi pegado a mi espalda para contemplarme largamente. Decidí no darme vuelta y continúe humedeciendo mis manos y brazos afiebrados. Le tomó sólo un segundo atacarme como una bestia alzada.

Me rasgó las medias hacia arriba y me arrancó la bombacha con los dientes, me mordió los muslos y las nalgas como un salvaje –con mi cuerpo inclinado desfalleciendo sobre la pileta y las piernas temblándome de terror. Comenzó a reír maníacamente mientras me preparaba con método para su impiadoso sacrificio. Me tiró los cabellos hacia atrás para morderme la nuca. Y barboteó en mi oído: ‘Vos y yo somos iguales; nos gusta jugar sucio’. Sentí que el vacío me invadía; me sentí agonizar. ‘No, no somos iguales. Yo no le tengo miedo a la muerte. Vos, sí. Estás desesperado por sentirte invencible. Pero no sos ni un dios ni un héroe’. Mi voz se oía cavernosa, sobrenatural. Preñada de pánico y arrojo, parecía emanar de un espíritu del Hades.

Stein fue poseso por una instantánea locura nocturnal. ‘¡Tu ofrenda a la causa está por comenzar, puta!’ Me golpeó la cabeza contra las canillas repetidas veces. Gotas de sangre carmín se disolvían en la pileta como pétalos ahogándose en una cascada. Le rogué al destino que me penetrara enseguida. Sumida en el dolor, mis fuerzas se acababan. ‘¡Ésta es tu gran victoria sobre el imperio, tu noble clamor de libertad!’. Me izó de caderas para alcanzar su sexo. ‘Hoy vas a descubrir que la única verdad es mi verdad’. Sentí los golpes rítmicos de su carne mórbida penetrándome, mientras él avivaba la lujuria denigrándome. ‘Mirá lo que sos, guerrera patriota, chillando como una sucia puta barata.’ Me escupió reiteradas veces todo el cuerpo. ¿’Por qué no llamás a tus camaradas zurdos para que vengan al rescate’?

Sentí el miembro ponérsele rígido dentro de mí mientras la cabeza me giraba en un vértigo que me arrastraba al abismo. La respiración se me hizo densa y dificultosa. Sentí que el corazón me latía frenético hasta que una roca me oprimió el pecho. Me dirigí al dios alojado en mi Ser para rogarle misericordia. Me hallé suspendida en la plenitud de mi desierto interior. Y la inmensidad era Dios.

Stein ya era sólo un cuerpo muerto apoyado en mi espalda. Logré quitarme la carga de encima, ponerme la ropa interior e ir a buscar mi bolso a la mesa. El viejo mozo apareció de entre las sombras como un guardián. Le rogué que no llamara a la policía. Me va a sostener la mano hasta el final. No estoy sola –se le quiebra la voz por un instante.

Sólo quería dejarte este testimonio, Mamá, y darte las gracias por haberme donado el amor a la libertad. Me habría gustado tener justicia antes que venganza –pero en este mundo prostibulario, la bestia dominante nunca recibe castigo. Te quiero más que nunca Mami. Pablo y yo te vamos a cuidar desde arriba. Y nos vamos a reencontrar, te lo prometo.

Sigue una risita pequeña antes de que se corte la grabación.


It takes One_2_LIBERTANGO

To Alicia, my friend, my companion, my sister in the struggle.

The guy looked younger than his age. He was wearing an out fashioned brown mac with the belt ends hanging from the sides. He was tall, stocky and handsome. An unattended quiff foolishly crossed his eyebrow as he spoke in short, calculated phrases. His glazed eyes, intense and wide apart, secured a wet secret in the pupils.

He noticed me the moment I approached the counter for a bloody Mary. I could feel his gaze flicking on my body like fire tongues as I walked purposely to hook his attention. Earlier in the evening I’d been overhearing his brattle and prattle on how Hollywood producers had used him to screw up his career. He would spare no names, no description, no insult, no acrimony.
His wife, a languid, decadent caricature of her long past glory, would look at him in awe. She had twice attempted to intervene and stop his bitter bickering, but in the end she decided to allow for the lost battle to run its course to the death. At a point, she looked at him perfunctorily and announced she was calling it a day. They kissed good night and she was soon lost in the shady mouth of the marble staircase, slowly climbing the steps as poised as a tigress.
It was no surprise that he would come to me without an excuse. In some way, our encounter was an appointment. It was no surprise either, that he would hold my arm and take me outside into the shadowy evening.
We walked the narrow streets still boiling with vapours oozing up from the cobbled roadway. My heels would trip on some brusque pothole once and again. He held me tighter and called a taxi.
In no time he pressed his arm around my shoulder. His agile hand reached for my naive breast offering its side from under my left armhole. I took it delicately, placed it back on his thigh and buttoned my open jacket. He did not complain. The taxi driver asked us where to go. He answered in his native tongue, proudly hoisting the language of the invaders. The driver stopped the car and turned to look at him, fixing his eyes on his mouth. I repeated his reply in Spanish and we resumed the ride. It took us a few minutes to get to the dilapidated old tango bar.
The table board had been scarred with the scalpel of freedom: ‘Yankees go home’ – a slogan that maybe some dreamy drunk had sculpted on the rancid wood doomed to oblivion like the carcass of a wrecked ship. He looked at the inscription to immediately raise his eyes and fix them in mine. Without consultation, he ordered two bourbons on the rocks. ‘I don’t drink whisky’ – I said. I talked to the waiter in Spanish: ‘Ginebra con hielo’, por favor. Doble. ‘What’s that?’ He asked. ‘Our local gin’. ‘Is it any good?’ ‘It’s strong’. – I replied. ‘Very strong’
He looked at me more narrowly but said nothing.
We were sitting side by side, our bodies nearly touching. The orchestra – a shabby crowd of elderly players in tuxedoes – started a round of five tangos. For a while, we just drank and watched the couples dance. I looked at him staring at the dance floor and read a lurking disquiet in his countenance. “Do you dance tango’? He asked earnestly. ‘Never with a stranger’. I retorted. There was a long pause. He sighed before asking. ‘So you are as strong as your Ginebra, aren’t you?’ – He chuckled perilously – ‘May I try’? I nodded. He took a sip from my glass and reprieved a sudden shudder. ‘Strong it is’. There was no irony in his remark.

I could feel a swarm of wild wasps turning my stomach upside down and decided not to let the liquor take over. I needed all of my senses on my side. Still, I could feel the soft anesthetics of abandon inundate my legs like a torrent.

On an impulse, he thrust his hand into my groin and my pubescence resuscitated to blooming like a spring bud. I felt neither fright nor guilt. I was all drenched with hatred and consciousness. My vagina opened to his hasty fingers letting go of all memories of past torment. My sex had become my hero trench soldier; the thing wherein to catch his lust. But I knew that neither shrewdness nor courage would suffice. The instance claimed for elaborate endurance and design. It had all turned almost rhapsodic.

So you can also behave like a slave?’ He was honestly surprised. ‘I’ve been one since I was born’. He looked into my eyes. ‘Are you enjoying it’? ‘I’ve been trained to not discuss my feelings’. He was not surprised now, but intentional. ‘What else were you trained to?’ I laughed but did not respond. ‘Come on, we are getting more intimate every second now!’ He sounded somewhat apprehensive. ‘Would you rather we went someplace more private?’ ‘I really don’t mind. We are already in the darkest corner possible, aren’t we?’ He tried to kiss me. I wouldn’t allow of it and quite surprisingly, he did not over react. ‘Let’s talk business, then’. His voice had galvanised into action together with his fingers. I fought away all reminiscence of the electric shocks in my pubis and vulva with no sign of dismay.

His voice now sounded patronising. ’It’s been only two months since you were released, you should be as cautious as possible’. I looked at him fixedly, feigning surprise. ‘How do you know that?’ He indulged in a hearty guffaw. ‘Come on, babe, don’t you play Mary’s little lamb with me’!
I still made another bold attempt: ‘I do not know your rank in the services’. I paused for his reaction. There was none. ‘Honest’– I added carefully rounding my lips in a pout. I could sense his urge to kiss me right then. I closed my eyes in abandon but he wouldn’t. However, his fingers went wild and his breath thick. I decided I’d rather kept silent until he spoke. There was a long pause. I speculated that he was running poor of words. He was as aroused as a mastiff in heat.
As a CIA I shouldn’t be so patient and you know it, don’t you?’ I smiled sweetly: ‘But you are an atypical CIA, or are you?’ He couldn’t disguise he’d been flattered. ‘I suppose you could say so’. The left side of his mouth slightly twisted. His forefinger managed to hurt my excoriated labia. I restrained any natural reaction and laughed. He dug in for the deeper cavity exploring the walls like a child playing with a puddle in the sand.

So I’m an atypical agent’. He put his avid fingers to rest and smiled openly at me. ‘Why would you say that?’ I reciprocated cautiously. ‘You’ve been an actor for many years. You’ve had a creative career if anything’. He chuckled. ‘I’ve always had two careers and they’ve been both creative. I rejoice in creativity’. He slowly retrieved his fingers from inside me, took a monogrammed handkerchief from a pocket in his jacket and smelled his wet fingers before wiping them dry. ’I love your scent’. His smile widened. ‘It’s been the trail to track you down in the jungle’. At that point I knew that it wouldn’t take him long to rape me.

I crossed my left leg over my right knee and reached for my bag. He repressed a muted alarm in his body. I took out a packet of long cigarettes, lit one and held it up in offering. He declined by charmingly shaking his head, his eyes eager with excitement. The timing was in my field again. My left leg swang to the raucous lament of the bandoneón. He lingered on the contemplation of my stocking designed in tight clusters of cobwebs, with black velvet spiders gracefully knitting their sanctuary.

I’ve always taken pleasure in chasing snooty red birdies, but none compares to you’. He nearly sighed. ‘Why are you so stubborn’? I smiled a Hollywood smile. ‘You are a smart chick; you know how to make things easier’. He panted for breath. ‘Who on earth do you think you’re saving?’ I half closed my eyelids for effect while exhaling the smoke. ‘I now know I can’t win’. I paused and tried my best grief in my tone. ‘But I am and will remain loyal to my commitment’. I sighed painfully. ‘To my compañeros’. It had been a hazardous stake. My soul was praying for God to exist. He laughed boomingly. Some drowsy regulars turned and looked to soon return to their drinks as if to avert the hovering lethargy. He raised a hand and asked for another round with a gesture.
My child’ –his voice sounded nearly human– ‘Do you know what I wish for? I mean, what I’d like to do about you?’ He paused to think. ‘With you, rather’? I shook my head. ‘I’d like to get into your head through your eardrum and explore what’s inside.’ I now laughed loudly but no customers were stirred.
The waiter brought in the drinks, poured two generous shots and left a drossy metal ice bucket on the table. He paid and tipped the waiter liberally. The old guy smiled at me and winked. I was so deeply moved that I felt urged to help myself from feeling so since.

What interests you of me?’ I asked and emptied half my drink. ‘I was found innocent of any guilt and charges and liberated’. My heart was beating rashly. ‘I’m worthless to you, the services, the police, the paramilitary or the military,’ I tried to sound firm and defiant. ‘And you very well know that’. He was actually infuriated but he kept his cool. He was so much enjoying himself.

I looked at him fully for the first time. He was talking nonstop but I wouldn’t listen. I would just smile idiotically, trying a nod or a shake of the head, or, at times, one only word of reassurance or approval. All I could see was his face under the dim light of the candle chandelier. And he looked exactly like a swine to me: a filthy, voracious, loathsome animal with a rosacea tinted skin and eyes as slanted as his perception of humanity.

For a nanosecond somewhere above him the image of the lying body of our Pablo, green with bruises and rusty wounds from torture, appeared as distinct and pathetic as a child Christ. The beasts had dedicated him a final humiliation by leaving him naked on the cold grey tiles of the prison yard, his body holed in a milliard shots. The guards had used him as a point blank target for practice after having tormented him to death. Half his face made a pendent blood clot, his luminous left eye studded in the stone like a stray star orphaned of its orbit.

Stein himself had commanded and supervised the operation. I could recognise his voice; he had also overseen and meticulously instructed how to proceed with my torture without letting me die; which was all I could wish for at every session when I’d dream of being buried with Pablo to guiding his savaged self into eternity.

Stein’s hysterically harried laugh dramatically plunged me into the present. My body strongly felt that there was no time to spare. ‘I’m a little bit tipsy’ I smiled. ‘I badly need the toilet’. I knew he would follow me after if I took my bag with me, so I left it on the table. He wouldn’t find anything inside it anyway.

I walked calmly to the ladies’ to avoid suspicion. Once in the toilet, I carefully took out the two cyanide capsules I had thrust into my anus and after removing the plastic cover, I replaced them inside my body. I knew he would brutally sodomise me: that’s how the mind of a psychopath works. Should it all go as planned, the poison would rapidly spread into his blood stream through his penis.
I could hear his stealthy pace approach the toilets. In a matter of minutes, it would all be over. Justice would have been restored. When he softly opened the door, I was washing my face in the basin. I could see in the mirror his reflection coming closer. I kept on splashing my face and hair with the fresh water, in a purification ritual that strengthened my will. I could glimpse a moon ray force its way through a tiny window, sanctifying the squalor of the room. At a point, Stein stopped short of my back and contemplated me for a long while. I decided not to turn round and kept on moistening my feverish arms and hands. It took him just a second to assault me like a rutting brute.

He ripped my stockings up and pulled my knickers down with his teeth and bit my thighs and buttocks wildly – my faint body tilting uncontrolled on the basin, my legs shivering with terror. He started laughing manically as he methodically prepared me for his ungodly sacrifice. He pulled my hair back and bit my neck. He muttered: ‘You and I are the same; we both like to play it rough’. I felt emptiness invading me; I was in agony. ‘No, we aren’t. I’m not afraid of death. You are. You are desperate to be invincible. But you are neither god nor hero’. My voice had sounded eerie with panic and resolve. Cavernous, as if flowing from a spirit in the Hades.

Stein was instantly gripped by a darker insanity. ‘Your true offering to the cause begins now, bitch!’ He repeatedly knocked my head against the taps. Some copious carmine drops ran down the basin vanishing in the water like blood petals drowning in a brook. I besought my fate that he would penetrate me soon. My energy was waning as I was mired in pain. ‘This is your victory over the empire, your noble call for freedom!’ He raised my hips up high to meet his sex. ‘Today you’re going to learn that the only truth is my truth’ I could feel his morbid flesh pushing inside me in rhythmical strokes as he encouraged his lust by denigration. ‘Ha! Look at you, the patriot warrior, squeaking like a filthy cheap slut!’ He would repeatedly spit all over me. ‘Why not ask your commie comrades to come to the rescue now?’

I could feel his member tighten to rigidity inside me as my head would spin in a whirlpool, dragging me down into the abyss. My breathing turned thick and difficult. I could feel my heart beating frantically until a rock bumped onto my chest. I addressed the god within my Self for mercy. I felt suspended in the wholeness of my inner desert. Its immensity was God.

Stein was now a dead body on my back. I managed to get rid of the burden, pull my underwear up and go for my handbag on the table. The old waiter came to me from within the shadows like a guardian. I begged him not to call the police. He will hold my hand until the end. I’m not alone – her voice cracks for an instant.

All I wanted is to leave this testimony with you, Mamá, and thank you for giving me the love of freedom. I‘d have preferred justice to retribution – but in this our wanton world the dominant beast will always get away unpunished. I love you more than ever Mami. Pablo and I will be caring for you from above. We will be reunited, I promise.

A short giggle follows before the recording is stopped.

Nota Editorial: Este cuento y su autora fueron presentados por Viviana Lombardi en el análisis “Clamor de Bandoneón”.