SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

de macro a micro

Leía y releía los textos con la minuciosidad de quien descifra un jeroglífico.  No era la superficie de las palabras sino el espesor del sentido lo que violentaba al entendimiento.
A fuerza de escuchar al alma y al cuerpo al unísono, Aka percibió que la última bifurcación le golpeaba a la puerta.
Habría que decirle a Puppi lo que ella tal vez ya intuía y habría que cuidar las palabras para permanecer en la dimensión de los que aman para siempre.
Corrió, casi, a su difícil prueba, en una tarde entre lluviosa y soleada, de ésas que no se pueden pronosticar.

El barcito estaba cerrado, como por anticipación de duelo. Y Puppi, espantada por lo que intuía,  tenía  a la fatalidad  dibujada en los ojos.
“Hola fugitivo”–  dijo y lo besó con la pasión voluminosa de quien va a afrontar una ausencia.
Gustavo le respondió con súbitas palabras impensadas hasta entonces.
“Puppi, te amo. Más de lo que puedo. Más de lo que merezco sentir. Enmudezco  de amor cuando te miro. Así  es como vine hoy. Sin palabras para explicar lo inexplicable. Pero al mismo tiempo siento que debo retomar mi rumbo como a un destino” – dijo y se acodó, fatigado y pálido, en la barra del bar.
Ella ofreció un trago con un gesto. Él negó con la cabeza – un rictus de inesperado dolor le endureció la boca.
Puppi llenó una copa dispuesta a emborracharse sola.
“No sólo no lo comprendo sino que no lo acepto. No quiero que te vayas. Vas a tener que convencerme. Hacé tu trabajo de hombre fuerte”.
Él se tuvo que sentar para no caer desarticulado. El aliento que le cedía la palabra se iba haciendo frágil.
“Soy un egoísta obsesionado por traumas irresueltos. A la corta o a la larga me voy a convertir en un pesar para los dos. No le quiero dejar la herencia de la derrota a este amor que nos bendice. Prefiero retirarme sin perpetuidad y con honor de tu vida y de la de Iván, antes de que sea tarde”
Puppi se enfureció.
“No me alcanza.  No te voy a permitir tamaña cobardía. Yo no tengo la frescura de mi hijo para creer que nos encontraremos sin buscarnos. Estoy cansada. Y vieja. Tengo derecho a reclamarte la presencia y a no autorizarte la fuga”.
Aka ahora  habló usando el último de los alientos.
“Entonces, te propongo una cita”
Puppi vació la copa de alcohol hasta el final.
“Compro a cualquier precio”

Aka iba a hablar cuando el pampero que galopaba hacia su destino final soplando contrasentido dio cuenta de todos los vidrios e impidió escuchar el final del diálogo.

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algún sosiego a tanta incertidumbre

No bien Aka hubo partido algunos de los apuntes extraviados penetraron en el refugio de Puppi por las ventanas violentadas por el viento.
En el umbral de la puerta Iván pujaba por protegerlos de esa fuerza elemental sin explicación razonable.
Con el periódico apretado al pecho, entró en el bar y se sentó con aire de desconcierto. Desplegó los escritos sobre una mesa.
Como impulsada por una sentencia ex-machina su madre comenzó a ordenarlos sin preguntar.
La inmensa mirada de Puppi abarcaba dos visiones al unísono. La biológica escaneaba textos obsesivamente dilatándole las pupilas. La otra leía minuciosamente con el ojo del alma.
A punto tal que los capturaba en sus vibraciones mediante imágenes apareadas a la escritura  permitiéndole, como nunca antes, ver para leer y leer para ver.
Iván no se animaba a hablar por miedo a interrumpir algún oculto sortilegio. Cuando Puppi se sentó a su lado, le dijo:
“Salvo el que está en Latín escrito a máquina, para mí ésa es letra de él”.

Se sacó el impermeable y se subió los puños de la camisa, como dispuesto a emprender una obra de la creación.

“¿Te fijaste en la cita bíblica?”
Puppi asintió con la cabeza.
¿”Qué te parece?”
Ella hizo ademán de guardar silencio. De pronto lloró impúdicamente hasta agotarse en llanto. Y luego habló, abrazada a su hijo:
“Es la letra de él y tengo un muy mal presentimiento. Vamos a verlo”.

Tomaron los abrigos y salieron.

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En la entrada del hotel vieron estacionados una ambulancia y un auto de la policía. Subieron a zancadas los tres tramos de escalera hasta perder el aliento. La puerta de la habitación estaba entreabierta.
En el pasillo, el portero caminaba de un lado a otro con los ojos abiertos como quien alucina una pesadilla. Fumaba aspirando el humo como si le fuera la vida en eso.
Antes de entrar, Puppi se reclinó en el hombro de Iván por un instante.
El cuerpo inmóvil de Gustavo Akamura estaba apenas cubierto con una sábana manchada de sangre.
Un paramédico le abrió el ojo izquierdo para ver si detectaba signos vitales. La profundidad del iris era del color de la brea seca,  calcinada por quién sabe qué fulgor interno.

“No es muerte dudosa, oficial” – dijo alcanzándole una página con membrete del hospital de Clínicas.
“Déle un vistazo a esto”.

El oficial leyó y luego volvió la mirada hacia Puppi.

“Soy la mujer” – dijo ella conmovida.
“¿La esposa?” – indagó el policía.
Ella respondió serena.
“No, soy su mujer y su mejor amiga.”
Iván no pudo contener un sollozo.
“Y él es mi hijo”.
El oficial le puso el papel entre las manos.
“Tenía los días contados. Me imagino que usted estaba enterada”.
Puppi reprimió el quebranto.
No le iba a dar el gusto de mostrarse desnuda frente a él a un policía.
“Lo sabía muy bien, oficial, porque los días contados los tenemos todos”.

Se acercó a Aka y lo arropó respetuosamente.

“Nos haremos cargo de todo nosotros.  ¿Hay algún trámite que falte hacer? No tiene a nadie más. Somos su única familia. Discúlpeme un momento” – dijo y se metió en el baño a enjuagarse la cara con agua fría.

“Fírmeme esto por favor” – dijo el paramédico al verla salir.
“Es para dejarla a cargo del cuerpo y que yo le entregue el certificado de defunción”.
Ella leyó el diagnóstico.
“Infarto masivo del miocardio”.

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Le pidió a Iván que le trajera café para quedarse un rato a solas con Gustavo.
“Te voy a cremar.  Nunca lo pediste.  Pero sé que lo deseaste. Te despediremos encendido en tus propios fuegos como viviste siempre”.

Le acarició los párpados y le alisó el pelo indómito y oscuro. Le besó la frente de piedra.
“El último de los rigores antes de que el vuelo hacia tu cielo infinito de la pampa te aligere.”

Le cruzó las manos sobre el sexo aún turgente.
“No merecés ser despedido como un santo. Basta con que hayas deseado serlo”

Lo descalzó y le lavó los pies.
“Tan pulcro de alma y de cuerpo”

Sentada a un lado de la cama, se atrevió a mirarlo entero y permaneció inclinada sobre él como quien honra a un ser sagrado.
Luego le apoyó la mejilla húmeda en el pecho, quizás con la ilusión de que aún respirara.
Las lágrimas de Puppi entibiaron la piel de él por un momento.

Entró Iván con el café caliente y bebieron en silencio. Velaron la noche junto a él hasta que el alba descorrió todos los velos.

la temible ley del séptuplo opera al final del derrotero

Julianne  sacó  de un cajón un retrato de Aka que ella  había tomado en una excursión por el Sena en la última primavera transcurrida juntos.
“Nunca me conociste. Por eso nos amamos tanto”.
Ahora sí se podría permitir suspirar a gusto,  sin detener la voluntad ni sujetarse a nada.
“Me amaste y me respetaste como a tu Horacio, mi pobre hombrecito desasosegado.  Me nutriste de tu pensamiento, de tu genio errante.  Y yo tomaba tranquila lo que sin saberlo me estabas regalando”.
Lo dejó entregado a su sonrisa franca, se sentó frente a la computadora y leyó regocijándose.
“Ésta es nuestra novela, la que jamás habrías podido terminar sin mí”.
Chasqueó involuntariamente la lengua.
“Al fin y al cabo, de algún modo la escribimos juntos,  ¿No?”
Un gesto involuntario le irritó la espalda.
“Al menos es  lo que siempre decías. Bueno, al final me convencí”.

Se volvió hacia el retrato no sin cierto resquemor.
“¡Ay ay ay, que niño fuiste siempre! Sin nombre,  mi querido Aka,  no se puede existir”
Apuró el cursor sobre la lista de seudónimos posibles.
“Sud_Aka será el nombre. El cliché funciona bien en el mercado. Y aquí limpia conciencias leer las penurias de los sin tierra”.
Suspiró.
“Te dedico, Aka, el suspiro de impaciencia que nunca me escuchaste, por respeto, por respeto a los dos”.
Lo besó en los labios amplios del retrato.
“Siempre me creíste tu Horacio. Siempre fui tu Fortimbrás”.

En un rapto se le humedecieron los ojos.
“Nadie puede ser tan incondicional en este mundo como lo soñaste siempre. Nadie sobrevive a tanta lealtad”.
Se inclinó sobre el pecho de Aka en el retrato, quizás con el anhelo de recuperar su respiración.
Un profundo dolor le atravesó el vientre como la lanza salvaje de la primera vez.
“Yo también lo lamento. Pero  ya no importa demasiado”
Se atrevió a mirarlo a los ojos.
“Nunca importó”.
E inclinó  la frente sobre la de él como quien celebra  un ritual sagrado.

Desde el rincón más oscuro,  Aka la observó con esa mirada que destella en las personas que se van convirtiendo en personajes.

Julianne se volvió a hablarle:
“Soy tu discípula perfecta. De nadie habría podido aprender a fracasar tan genialmente”.
Sintió que tenía que acercársele.
“Soy la copia sin el aura”

Hizo una pausa larguísima.
“Los apóstoles cargamos la cruz de la traición”.

Le acarició la frente en el retrato.
“Los dos sabemos que es inevitable”

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editio princeps

Tan penosa como su pena fue la vía crucis de Julianne acunando al fruto de su amor entre los pechos,  desgastándose en la búsqueda de reconocimiento de su único hijo huérfano.
Aún en el desvarío de la penuria, Julianne comprendió que los frutos de la pasión no encuentran padrinos ni benefactores.

“Esto es una miscelánea confusa y aburrida. Me disculpo anticipadamente por lo que va a escuchar,  porque si usted es la autora no le va a gustar mi opinión. Esto está escrito desde la soberbia, la falta de comunicación y el regodeo en el pathos. No lo voy a publicar ni aunque me pague. Por favor, entienda que no intento ofenderla. Es suya, ¿No?”

Julianne enrojeció.
“No, la novela es de un amigo”
El editor se le aproximó con aire de confidencia.
“¿Y él, dónde está?”
Julianne, agitada por la turbación, habló entrecortadamente.
“Soy su representante. Sabe cómo son,  los escritores, quiero decir, andan siempre escondiéndose. Como él  suele decirme, el escribir es una partida de solitario” – rió nerviosa, luego recobró aliento.
“¿La obra no tiene ningún valor, entonces?”
El tipo mordió la pipa.
“Mire, si me pongo a pensar benévolamente, le diría que es…genuinamente idiota. Como escrita por  una criatura.”

Ella tomó el manuscrito. Él le sostuvo la mano.
“Pensándolo bien,  déjela. La veo tan desilusionada que le diría que, por cortesía,  se la voy a dar a leer a mi equipo. No le prometo nada. Veremos qué dicen”
Se puso de pie.
“¿Le parece?”
Julianne asintió, perturbada como cuando las monjas la dejaban después de clase por no haber ido a la misa de siete.
“Llámeme en dos meses” – le extendió una tarjeta. La acompañó hasta la salida.

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Los puestos callejeros florecían con el entusiasmo de los caminantes y el optimismo provincial de los turistas admirando el advenimiento de nuevos resplandores en la Ciudad Luz.
París era una fiesta.
Un  revuelo inédito agitaba la librería de Josette donde tantas veces Aka había recibido libros en préstamo.
Reponiéndose del fastidio causado por tan excesiva algarabía, Julianne se acercó a curiosear.
Aquel señor solemne de la pipa que la había entrevistado hacía dos meses,  estaba siendo acosado por periodistas con micrófonos en ristra y lectores afanados por conseguir un ejemplar autografiado de su última novela.
Julianne se recostó contra una vidriera, intentando no ceder al temible presagio que le hizo batir una piedra dentro del pecho como el parche descontrolado de una tribu en pie de guerra.
Con el rabillo de un ojo indócil, alcanzó a leer sólo dos aes voluptuosas e interceptadas por una letra notoriamente más estilizada.
Como si la sensualidad de las formas reclamara, eterna e invariablemente, una ruptura.

Sin corroborar lo que vaticinó que le sería intolerable huyó, como un pájaro extraviado de su bandada,  a refugiarse entre espectros.

Génesis de un enigma abierto

A partir de este insignificante suceso se sucedieron acontecimientos inexplicables.
La termo dinámica universal alteró el comportamiento de la materia y por un lapso que nadie pudo jamás mensurar, la negatividad toda, vulgarmente conocida como el Mal, instaló su dominio previa aniquilación de su polo opuesto o positividad, ordinariamente conocida como el Bien, con el apremiante propósito de inmortalizarse sin que, paradojalmente, la faz visible de la convivencia humana y de las conductas que la discriminan del accionar de las bestias denotaran cambios manifiestos.

A la sazón, una logia de arqueólogos del lenguaje estaba exhumando tablas de arcilla que daban cuenta de la existencia de un arcano idiolecto aún desconocido, en una cuenca anómalamente húmeda en la Sabana del Surinam, donde los estudiosos desafiaban la lluvia que día a día se desataba copiosa como una catarata.
Ya adentrados en el desciframiento,  corroboraron que el signo del término que enuncia el Mal era idéntico en raíz a la familia de la palabra “indiferencia” mientras que su opuesto mimético o Bien,  respondía  al signo que connota “curiosidad.”
Avanzando cautos y perplejos en la azarosa búsqueda, descubrieron que se trataba de un lenguaje metafísico que no requiere enunciación.
Las raíces de las palabras, sus desinencias, conjugaciones, fonemas y morfemas, son diversos y cambiantes como la configuración de un caleidoscopio. Cuando sus partículas juegan en el ideograma con la vida del signo, la complejidad del universo se hace manifiesta.
La lógica semántica del inexplorado lenguaje es asimilable, prefiguraron, a la raíz irracional de las matemáticas, en cuanto elemento radical que no puede expresarse en conjuntos enteros ni fraccionarios: toda partícula de ese lenguaje tiene la curiosa cualidad de ser un factor irreductible.
En consecuencia, se hace infinito ya que su idiosincrasia enigmática le permite prescindir de la unidad sistemática y funcionar con una dinámica asistemática autónoma.

Luego de lidiar en arduas polémicas no carentes de celo, concluyeron que en alguna civilización inteligente más antigua que las que la crónica de la Historia brinda, las criaturas vivientes eran denominadas “seres” y no se establecía una distinción jerárquica entre el mundo orgánico – que, conjeturaron,  incluía al hombre al mismo nivel de los otros animales – y el mundo inorgánico.
La conclusión fue que una piedra y un río merecían idéntica veneración que un neonato o una liebre.
Los seres orgánicos se comunicaban a través de la mirada, sitio donde quedaban inscriptos los ideogramas que transmitían conceptos y pensamientos. No se pronunciaban las palabras, y sólo se usaban sonidos para emitir melodías que expresaban los estados de ánimo; manifestándose por igual todos los seres, incluso piedras y árboles,  a través de ondas sonoras.
Los estudiosos descubrieron asimismo que las piedras eran consideradas reservorios de la más ancestral sabiduría, según una difundida superstición de la época.

No existían expertos en psicología o metafísica, porque dicha civilización había trascendido la materialidad. Tampoco se encontró registro de la mención de dioses porque el universo incluía la noción de divinidad.
Por ende no cabía la necesidad de honrar deidades o inventarlas, pues veneraban a la Creación como la materialización de la transcendencia por considerar que la contingencia es sólo un trayecto hacia la inmanencia en el Todo.

Honraban, se corroboró, a los ciegos, pues concebían la ceguera como el estadío inmediato anterior a la desmaterialización última: quien lo había visto todo estaba preparado para unirse a la  perfección en el universo.

Al no existir la angustia del origen, no había surgido la necesidad de una filosofía.
Existían, en su defecto, juegos de ingenio que hoy leeríamos como parodias del desasosiego existencial, donde se prefiguraban conflictos y ansiedades ficticias, para inscribir en las mentes de los seres historias que los críticos de hoy día asentarían bajo la rúbrica de la literatura fantástica.
Sobre este punto, los expertos concluyeron que se estaba preparando el terreno para la herencia de una humanidad brutal y materialista que sobrevendría con el devenir de los tiempos.
Una suerte de protosimulacro de destrucción, alineación, desesperanza y desolación  que afrontarían las civilizaciones futuras.

Encantados acaso por esos indicios que, anhelaban, los conducirían a un laberinto de  inéditas significaciones, los lingüistas pactaron, luego de celebrar un rito de confidencialidad  y silencio, terminar sus días estudiando el arcano lenguaje resurrecto en ese valle prolífico en verdor y primicia, en una ciudad llamada Aldea Roja, junto al Bosque Sagrado.

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