SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

 

La madrugada del día siguiente

Lo sorprendió despierto. Las articulaciones no respondían a la voluntad que le ordenaba levantarse. La piel sudada de inquietud y un estado de alerta indiferenciado y sin propósito lo hicieron sentir un náufrago en esa noche seca que le desguarnecía los sentidos de animal  amenazado.
Tal vez fuera la certeza de que ya no le servía  la tabla de salvación de la ética en su trayectoria. Sólo una estética, en caso de hallar alguna, sería un motivo de búsqueda. Tonalidad,  textura,  forma, sonido,  silencio  Una sensación ceñida por el desmayo le capturó el cuerpo.

“Acaso sólo se trate de descubrir cuál es el metal donde se buriló el alma.”

La apócrifa no estaba agotada y – Aka sonrió – era el único ejercicio de escritura que no lo agobiaba.  Estar a solas con su escritura,  soñarla como ideograma al erigirse al tamaño descomunal de una galaxia para ser tragado por los signos y salvarse del vacío sumergiéndose en el océano de la lectura,  leer (se) en la verdad de sí atendiendo a los distintos soplos,  eran  las únicas formas deseables de una literatura. Leer (se) para sus muertos.  Recitarse en un cementerio,  desgranar sonidos a viva voz creando ecos entre las tumbas. En el tiempo de la eternidad.
Se levantó predeciblemente desganado y se cubrió con la manta para atenuar un escalofrío.  No tenía suficiente energía para seguir escribiendo,  pero podría seguir pensando. Inscribir lo privado dentro de si,  privarlo de toda correspondencia.  La tiniebla se aclaró con un reflejo vehemente que se abría paso por  el ojo de buey de la cocina.

A ciegas,  deslizándose en la penumbra, como sus historias,  preparó café. Mientras admiraba el arte de la borra dibujando figuras en el filtro se preguntó cuántos graffiti se habrían inscripto en los muros del alma.  Cuántos palimpsestos estarían velados a su conciencia; cuántos personajes capturados en las celdas del olvido. Levantó el filtro y se dejó invadir por el aroma y pensó que toda historia es un borrador. Que las peripecias desconocidas y los secretos verbos exactos de la acción  son,  en verdad,  el único tesoro,  el  precipitado perfecto de la alquimia,  el  vientre de la piedra filosofal  –.donde bulle el athanor de la palabra .– Y  la palabra borrador,  tan odiosa para él antes,  tomó una fuerza nueva a la luz de la humildad.
“Soltar los cabos,  levar el ancla, entregarse a las mareas y a las corrientes,  dirigirse al ojo del maëlstrom y salir de proa desafiando al  huracán. Entregarse a la niebla y ser la niebla,  vida  túrbida que nos teje con la substancia de los sueños “.
Se descubrió observando distraídamente ese sitio que había sido la casa del exilio desde su llegada.  Y se reconoció ajeno a él,  distanciado de los objetos que lo poblaban,  sin un sólo trazo íntimo a la vista.  Ningún lugar del mundo sería para él,  el lugar propio se había proyectado a lo lejos,  estaba acaso  hundido,  o sepultado,  en un sendero que comenzaba en la boca cada vez que se decidía a cerrarla para no nombrar.
Una ráfaga rozó una bóveda interior como el ala de un cóndor.  El rostro de Moriyasu se diseñó  pleno de matices en la escena de la memoria.  Augusto,  taciturno,  tejido con la cuerda del enigma.  La mirada puntual colma de reverberancia.

“Cuánta elegancia espiritual hubo en su silencio”

Aka se vistió y salió a la vida, como nunca,  acompañado.

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Los pesqueros habían llevado a Le Havre un ejemplar de una  especie desconocida que llegó vía Mar del Norte desde un océano no identificado. Los distribuidores lo consignaron prontamente a algunas de las antiguas pescaderías de barrio, pues nunca pasó los controles de calidad y su venta se prohibió en los supermercados. Podría conjeturarse que lo habían hecho más por diversión que por profesionalismo. O, en todo caso, con la esperanza de colocar el rarus piscis entre la clientela pobre,  resignada a comer sin exigencias.
El bicho era oscuro,  de un tono indeciso que vacilaba entre el verde musgo y el gris pardusco,  con el vientre abultado y amarillento – se podría hablar de un sepia –  dos extremidades posteriores nítidamente apartadas que remataban en pies de tres dedos y dos remisas extremidades superiores nacidas  sin resolverse en alas o brazos.
Paradójicamente, el vertebrado no tenía la mirada vacua de los pescados, sino una orientación puntual de ambos globos, profundamente negros e incisivos, que parecían escudriñar a quien lo observara.
Una suerte de pico en ciernes, como si el diseño de un pato hubiera sido bruscamente interrumpido antes del nacimiento,  separaba los ojos a los extremos de la cara. La boca abierta plena de dientes,  curva como una cimitarra, alcanzaba los extremos laterales hasta la base de un remedo de orejas que la lógica de la especie había resuelto en dos mínimos conos de aspecto feérico, con el interior cubierto por un suave vello tornasolado como la madreperla.
Luego de previsibles rechazos por parte de los comerciantes  – curiosamente nadie se atrevió a deshacerse del impertinente ejemplar  –  llegó a manos de  Aka  acaso por obra de la adversidad.
Nadie le había dado un nombre cierto. Lo llamaban,  irónicamente,  el pescado del pecado.
Al verlo en la mesa de trabajo, Aka  lo contempló sin segundas intenciones pero le otorgó una identidad bautizándolo Piscator.
Al principio lo miró largamente en una suerte de éxtasis bobalicón y a pesar de su tenaz esfuerzo por no  sobreinterpretar la angustia, “Piscator pescado”  le abrió un compartimento estanco.
“Saporiti”, rió. “El Sapo.” El compañero de la primaria que lo había bautizado Aka. Los mismos ojos incisivos,  la misma mirada punzante, la misma gordura desvalida, muelle, lujuriosa.
“Ahora entiendo. Trozarlo sería como profanar el corrupto cuerpo inerme del  Sapo. Sería “– necesitó reflexionar – “abrir las puertas del infierno.”
Un torbellino de memorias le quitó el aliento.  Mariana flotaba entre ráfagas, desmenuzada en sus partes más gloriosas, fragmentada en las cifras de una belleza que a todos sabía cautivar.  Mariana y sus ojos del color de la tierra húmeda. Mariana y sus redondeces maternales. Mariana y sus pies de Mercurio.  Mariana y su rojo pelo anárquico como la crin de una yegua baguala.
El otoño se hizo súbitamente glacial.
Reaparecían el tren hacia la ciudad sagrada rumbo al Templo de la Pureza,  el frenesí de la huída con el Moncho, los gritos que desgarraban confesiones de los detenidos, el olor a muerte ácida de las leoneras,  el aroma del  jazmín del aire en la pampa, la náusea del  vértigo.
Aka necesitó correr hacia ninguna parte, desafiar al destino helado de los vientos precoces con el cuerpo  exudando desventura.
“Respirar hondo y convertir al corazón en una piedra inmóvil.  Respirar hondo para que el sufrimiento no provoque la ablación.” No podía dejar de correr. La gente lo miraba con indiferencia sin dejar de observarlo.
Cruzó el puente hacia la orilla opuesta. La cuchilla ensangrentada,  los brazos al desnudo como su dolor desquiciado, el delantal flameando a los lados en una burla al viento vencido por la pulsión muscular.  Esa carrera era el único sentido genuino en mucho tiempo,  el único fin.
Llegó a los bosques y no se detuvo; siguió persiguiendo el sentido, el que sosegaría a la arcana pasión impenetrable. Dobló la esquina hacia lo desconocido, el cuchillo señalando las alturas, el puño apretado a la materia gelatinosa que se confundía con su piel, la mirada fija en el más allá sin límite.
Morir corriendo,  morir  arrojándose al infinito. Morir como consuelo, como verdad.  Eso deseó Aka sin lograr siquiera la reacción necesaria del cuerpo, tenso de acción pura, sin más arma que su carne obedeciendo al quebranto.
Sintió el duro trabajo del diamante trasmutando su corazón suspendido. Sintió la alquimia del músculo coloidal e inquieto volviendo a su piedra de origen. Sintió el mundo detenido.
“Aka.”  –  se reprochó –“Nadie muere por desearlo,  estúpido “.
Cayó de bruces,  la cuchilla apuntando al cielo,  las manos crispadas.
Nadie se le acercó demasiado.
Sólo la curiosidad trasladó algunos rostros indecisos a unos metros de su cuerpo.
Era estrambótico ver un japonés echado a su suerte en un bosque central de París, patético como un samurai de Grand Gignol derrotado por un enemigo invisible.

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“Te traje mis poemas “. breves como soplos.¨ Nadie los leyó hasta ahora.  No me animaba a mostrarlos “.

                                        entonces
                                                            la noche se abrió
                                                          al clamor del fuego
                                                     martirizando a la bruma
                                                                           y
                                                        a todos los espectros

 Potente luz  blanca en la frente. todos los espectros. El interrogatorio. El cuerpo rígido de espanto.   Los ojos tabicados. No sabía si Mariana estaba allí. Si la habían librado o no de la sesión ese día. O    quizá forzado al agregado tormento de verlo en la tortura……………. los espectros. Recordar el poema. Concentrarse en la palabra bella.  No descender a la humillación…. la noche. ¨noche¨ Las palabras graves se acentúan cuando no…(No es la picana,  me están tatuando el poema de Mariana en el sexo…el lugar donde su vida y la mía…..)  Las palabras graves….. (No llores Mariana mía …….  Es un ruego)………. se acentúan…….(en el  sexo …….el  poema….. el lugar donde……)  cuando no terminan…..( No terminan….y conseguí no aullar ) la noche se abría al clamor del fuego (…. el encuentro es celebración……….) mortificando a la bruma (Estoy hecho de bruma….Me hiciste de bruma Mariana…..piedad…) Las palabras graves no terminan…..entonces….. Las palabras graves no terminan con……… los espectros.

La puntada le atravesó el estómago. El alarido de lo inexplicable. Se tendió en la camilla con los brazos extendidos a los lados. Intentó relajarse inspirando profundo. Dejó correr el chillido punzante del aparato. Acaso con el propósito de transcurrir sin terror.
Gustavo Akamura se desmayó en la camilla. Un médico le palmeó la cara hasta reanimarlo.    Resucitarlo, quizás.

····························································

“Perdió el conocimiento por un rato.” La cara del médico  era borrosa. Pero su voz le era familiar.

¿hay un exilio para el corazón que palpita en el pecho de un muerto?

Pastosa y profunda. La escuchaba desde el vórtice de un zumbido de helicóptero. “El golpe le produjo una conmoción. Pero no es grave.” (Las palabras graves se acentúan….) “¿Me puede oír? “. El desconocido de voz conocida le levantó un párpado.  “(Las palabras son casi todas graves)”

palabra…. lucho….cuerpo a cuerpo….fantasma…veo mi espectro…

“Mariana.  ¿Estás conmigo?”.  Le levantó el otro.  “¿Viniste a buscarme?”. dame tu mano. “Déme la mano “. “La izquierda.”. Aka respondió con un gesto automático. Le dolía el brazo machucado.  Se abrió una ventana…… que “¿Qué pasa?” una brisa “¿Duele mucho? “. leve “Enfermera,  alcánceme el calmante.” nos asesina. Sintió el pinchazo en la vena como el ardor del aguardiente en un cuerpo anhelante de olvido. El mismo fuego que había nacido en su centro antes de que el corazón se le detuviera. Una página en blanco se desplegó  pidiendo ser re-escrita. El ala de cóndor bebió la tinta y diseñó las letras sobre una telaraña de cristal, un lienzo frágil que se disipaba sin  posibilidad de captura. Bujinga. Las palabras se formaron pacientes, ajenas a su deseo,  ajenas a su entendimiento.  Las  leyó con compasión,  temiendo quebrarlas.

hay  que   vivir
                          y morir
                                     en la tiniebla de los días

 palabra
  lucho cuerpo a cuerpo
                con tu fantasma
                                             y
                                               yo misma
                                                  veo mi espectro
                                                      besando los pies
                                                               de tu victoria.

    dame tu mano
                            que
                                 una brisa leve
                                                    nos asesina             

                                       ¿quién destierra a mi corazón que palpita?
                                                           esa es la cuestión

                   

“Es una cuestión más grave de lo que parecía.  Hay que llevarlo al quirófano.”

Sentía la lengua amarga y seca como un cuero. Quizás la lengua de carne había recobrado la genética de la lengua ancestral. Sayuri y Moriyasu susurraban ásperos sonidos cavernosos interrumpiendo la quietud de la pampa, cuando la lámpara de la noche filtraba por las ventanas abiertas el olor inocente de la tierra. En su dormitorio  se había refugiado un grillo. Nunca faltó su canto hasta el día mismo en que tuvo que huir,  sigiloso como un ladrón,  dejando sólo una nota.

De pronto, sintió un  trémolo vibrando en las cavernas del  oído como un mensaje de consolación.
El murmullo de los padres en el sueño  o en la vigilia  del sexo delicado  –  así lo imaginaba Aka  –  le tocó la piel como una brisa. Un ritual sereno, despojado, inmaterial. Así lo imaginó siempre Aka. Nunca los había oído quejarse,  nunca los había oído amarse.

“No puedo levantar el brazo.  Quizás lo perdí. Para siempre ¿Entropía? ¿La muerte es la entropía que se presenta persuasiva y constante, deteniéndonos paulatinamente, miembro a miembro?”
Sintió la boca compacta,  clausurada.
“La boca de Mariana, abierta al amor, un cráter inundado de poesía aniquilada, ensangrentado de coraje y de verdad,  una boca de sangre que clama justicia”. Volvió la punzada.  “O rebelión”.
Se abrió la puerta de un golpe.  Entró el médico

“Agua.”.  “No,  agua no.”  El médico habló con voz firme.  “Le vamos a dar suero.  Eso le va a quitar la sed.”  Aka cerró los ojos. Una vez más aceptó la derrota.
“Vamos a llevarlo al quirófano.  La conmoción no es grave. Pero el brazo está evolucionando mal. Los tendones están muy afectados. Quizás cortados. O desgarrados. Tal vez haya ruptura fibrilar “Vamos a abrir para operar.”
La enfermera lo canalizó con rápida precisión.  “Ésto le va a aliviar los dolores.”
La luz blanca volvió a quemarle la frente.  Un sopor  efímero como  una nube de licor le hizo ceder la tensión. Sin cuerpo y sin voluntad se sentía mejor. Acaso fuera ése el enigma perseguido en la huída.  La desmateria. El éxtasis asomándose a los antros infinitos de la muerte. Oyó disiparse el chirrido de la camilla en camino al quirófano.  Aka se entregó a lo incontrolable y sintió una forma de alivio  hasta entonces desconocida.

La película

                                “Lo estaba esperando,  Akamura,  para que escriba el guión.”

Dahlman parecía determinado a reclamar el compromiso.

“Su historia ya fue escrita,  Dahlman. Se refiere a las mil noches y                          una noche de la pampa argentina, imagino. Con todo su elenco de                          gauchos, guapos, compadritos y orilleros.”

                              “Ser argentino Akamura, es no tener patria. Añoro un lugar de                                  pertenencia.”

“Ser hombre es no tener lugar, Dahlman. No hay nada que yo pueda hacer.   Usted ya  tiene su espacio mítico.  El perpetuo laberinto. ¿Quiere más?”

La cara del médico era Dahlman.  La cara de Dahlman era el médico. La voz, no. La luz blanca quemaba en la piel.

                                  “Nadie me recuerda por mi perplejidad sino por el culto al
coraje. Nunca quise ser el hombre del coraje. Quise ser
el hombre de la duda. Tener coraje es una forma de
determinismo intolerable. Una torpe ilusión del
verismo literario.  Quiero verdad,  Akamura.”

“Entonces,  Dahlman,  dispóngase a perder la lengua en el ardor de la cicuta. Y  resígnese por siempre a la derrota. Cuando digo siempre, le estoy hablando  de  la eternidad.”

Hubo una pausa sostenida, casi irresistible. El continuar le exigió  un esfuerzo descomunal.

“La verdad,  Dahlman,  es una ilusión de la razón que nos mantiene ocupados.  Un crimen ontológico que ha engendrado infinitos simulacros asesinos. Masacres sin freno ni castigo. Y delitos blancos y fluidos sin huellas ni culpables. Un plan de exterminio que se está haciendo perfecto. Y cuando sea perfecto, no será ya necesario. Ya no clamamos por el arquetipo. Clamamos por sangre. Anhelamos la ferocidad de lo humano.  Estamos creando una nueva épica de batallas y fulgores, tan a su gusto. Para cuando alcancemos la apoteosis, usted, yo y este mundo habremos desparecido”.

La luz blanca cesó luchando como una vela que refulge antes de apagarse.

                            “Siempre preferí  ser oscuridad por fuera y candil por dentro.                                   Mi historia está mal contada, Akamura.  Ya no lo tolero más.”

“Dahlman,  usted me pide demasiado.  Me pide que traicione su memoria. Peor  aún, me incita al parricidio. Me exige el sacrificio de la desmesura.”

                           “Si. Le pido eso y más. Le pido a usted que se vanagloria de ser                                 un perdedor que denuncie a  este padre victorioso que ocultó
su cobardía tras la máscara de la literatura. Cobijándose
en esa maraña de fabulaciones que nos distancian
de la muerte mientras la nombramos”

“Estoy débil,  Dahlman.  Y acuciado por  espectros. No me atormente más.”

                          “Lo único que puedo hacer,  Akamura,  escritor fracasado,
es atormentarlo. Es usted quien me invoca para hacer
de mí un personaje  suyo.”

La luz  volvió a ser  abrasadora.  Como un sol que introduce a la entrada del infierno.  Aka ya no pudo continuar.

La otra película
(O dos cortos vinculantes por una cuestión de patrística)

Kamikaze: se sentía fugaz, viento divino, entelequia aristotélica pura, Enoch y el Toscano con su Maestro transmigrando todos los círculos. Se preguntó si alguien, salvo los precursores que le argumentaron todos los textos haciéndolo un transmigrante del espacio y del tiempo, a él y su herencia genética que había atravesado el centro de la tierra desde la antípoda,  si alguien,  salvo  los maestros, se repitió, había sentido como él entonces que el ser puede hacer una transmutación alquímica en una sola vida……

”Sentir el frenesí de la epifanía en la luz blanca de un punto que se modifica en esencia y forma al latir……. y sólo pensar……¨.¨ un punto vidi que raggiava lume…..ogni ubi e ogni quando¨….

Y ya no quería volver a nada; quería la nada.  Ése, su lugar. Su lugar de siempre. El médico le palmeó las mejillas levemente.
“Akamura,  ¿me oye?”.
Lo oía,  vaya si  lo oía.  Con percepción bestial.  Pero,  claro,  no se lo iba a decir.

Su mónada observaba en armonía silenciosa. Ocupada en ser sujeto y objeto. Giordano reía con desdén brincando ágilmente sobre las cenizas de su hoguera mientras Baruch lo observaba a través de sus diáfanos cristales.
Se sumergió en sus ensueños para no regresar, never more  – deseó y se lo suplicó a la nada.

El médico, científico como nunca, insistía en azuzar a su conejo de indias con mirada de cuervo,   ejercitando el hábito de encontrarle respuesta  a todo.

“Duelo entre razón y espíritu”.  Aka apostó al espíritu. …….. Never more Lenore……..
Y ganó una batalla asaz insignificante, pero ganó.

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En la habitación lo estaba esperando Mariana. De pie, la boca amplia e irónica, recostada en la pared de ladrillos donde alguien que no era él le había dedicado un graffiti:

Mariana,  por vos bajaría el sol y me hundiría en el océano

Él jamás había intentado ser un híbrido de Ícaro y Hércules para terminar morado y boquiabierto tendido a los pies de la bella Donna de pies mercuriales, vaporosos, que la hacían desaparecer sin aviso. Ni se había entregado a la prueba del fuego, cargando todo el peso de la galaxia en honor al amor, ni sacrificado al ardor del hielo,  aplacando  la carne ígnea de deseo en el fondo de los mares del Sud.
Mariana esperó pacientemente –  raro en ella –  que él pensara todo esto,  que la siguiera viendo en su esplendor más pleno, interrogándolo con la boca graciosa y los ojos hondos, de un color incomparable cada día. Ojos radiactivos, ojos con el saber de la sacerdotisa que preserva lo innombrable porque ha comprendido. Ojos que habían llorado sangre antes que soltar la lengua. Por eso, acaso, por su sabiduría inabarcable es que los verdugos se la cortaron.
“Mi Casandra muda de boca profanada”.
Abrió los suyos de un golpe.
La luz potente desde la ventana, un rayo hiriente y dañino como un león enardecido,  le atravesó la cara.
Mariana se había ido.

Ne te verrai-je plus que dans l´éternité?

Aka sintió que no podría continuar

Y
A CONTINUACIÓN
:
(Sucedió)
La película bis

La anterior era apócrifa  y el pobre de Dahlman había estado esperándolo,  en el fondo de la caverna, listo a reiniciar la conversación. Como todo espectro de la literatura contaba con el tiempo innumerable. La paciencia o la urgencia de un personaje siempre son incompatibles con nuestro instante. O  así lo queremos creer. De modo que Dahlman estaba allí,  reaparecido,  menos sensual y,  sin duda,  menos majestuoso que Mariana.  Aka creyó conveniente,  por una cuestión de estilo,  que él debía retomar el diálogo:

 “Gracias, Dahlman,  por haberme esperado.”

– Aka logró sostenerle la arisca mirada ciega.  Y prosiguió con ritmo pausado.

“¿Acaso el espacio y el  tiempo de la contingencia histórica del autor no son tan imperiosos como los del relato? “.

 Dahlman se fastidió.  Aún así Aka le apoyó el íntimo cuchillo en la garganta.

“Digo si el hipotexto ineludible no es el entorno social en el que vivimos como sujetos histórico – .políticos…..”

                                   “Es imposible hablar con usted seriamente,  Akamura, si               insiste en sólo sentirse sujeto de la Historia.
¿Cómo me sugiere tal despropósito del
pueril ideal romántico?”

Por primera vez desde el primer encuentro había un dejo de abatido estoicismo en la voz de Dahlman.

                                 “El acto de escribir es un hecho político. Me perdí el Nobel                                        por haber sido coherente en el  vivir por, para y dentro de
la  literatura y no participar públicamente de la denuncia
tan à la mode  de aquellos tiempos”
– dijo,  desmoralizado.

                                 “Espacio y tiempo son sólo un acto de fe, una gnosis forzada                               por nuestra desesperación de vivir, una ciencia de magos,
si quiere, o materia de la ficción poética. En ausencia de
la fe, hagamos literatura”–dijo reclinando la robusta
figura en un muro.

             “Si le es tan imperioso el dilema lo desafío a debatirlo en una gesta metafísica ad absurdum  hasta llegar a Hermes vía Babilonia.
Sumergirnos unidos  en el mito para, acaso,  tentarnos
juntos  de no regresar.” – ahora se lo oía debilitado.

               “Pero no pienso ser el colaboracionista de la autoindulgencia intelectual que lo paraliza en el letargo. Está convirtiendo
esto en un círculo vicioso porque al igual que su padre
espiritual usted no es sino un cobarde” – tomó
aliento pero a Aka le pareció oír un sollozo.

             “Todo se debe a sus cavilaciones alrededor del nombre.
Firme con su nombre y punto. Así deja de mirarse
al espejo. Entréguese a esos personajes que de
continuo le golpean a la  puerta. Pártase
al medio y ábrales su propio
laberinto de perplejidad”.

 La llana visión del ciego lo desasosegó  al tiempo que lo templaba en un nuevo espíritu de lucha.  El brazo fibrilado dolía, pero no tanto como la lúcida mirada de alguien a quien nunca mereceremos.  Como Dahlman. Como Mariana.

“Usted me destroza más que el dolor. Me reclama desde su elipsis metafísica
la vindicación de un  mito de origen que descubrió en las orillas de un país que nunca sintió propio Me pide que me vuelva a sumir en esa distopía de sangre sin leyenda de la patria que usted nunca miró.
De haberlo hecho, sabría tan bien como yo lo que ser guapo y tener coraje significa para algunos argentinos con una picana en la mano.
Entonces, negociemos. “

  Aka respiró,   doliente.

“Devuélvame el núcleo que se me arrancó en el tormento sin haber sido culpable……

La voz se le quebró en última nota.

O déjeme en paz.”.

Dahlman comenzó a caminar a tientas por el ámbito al ritmo de un quedo balbuceo:

                “Nadie es la Patria……. pero todos……lo somos.

La voz se hizo cascada en la letanía.

                Arda en mi pecho……. y en el vuestro,…..incesante,
ese límpido fuego misterioso
”. 

Aka hizo un intento vano de  incorporarse para encararlo.

Dahlman  ya se había esfumado.

Tuvo ganas de llorar como un lobo herido muriendo en soledad.

La sonrisa blanca  de alguien que le aliviaba el brazo con compresas frías,  asediando al ardor con un bálsamo suave como el rocío, ocupó el primer plano. Aka preguntó sin hablar.
“¿Mariana?”.
Julianne,  rotunda y vital,  con sus ternuras y su voz pequeña,  cantaba una canción que podría haber sido una nana.  Julianne,  bendita como el agua.
“Hola, hombrecito.  Vine a rescatarte.”
Volvió a sonreír y Aka sintió que tal vez tenía hambre.

 

 

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