SUD–AKA (Una larga nouvelle)

 

Texto  Viviana Lombardi

 

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

Despertó con un susurro de Julianne en el oído. “Me gustan tu alma voraz y tu cuerpo bárbaro”. Aunque Julianne se hubiese ido cuando sintió que lo atrapaba el sueño. Entonces le dedicó un poema. Que le iba a leer. Que le estaba leyendo:

clásico amor bestial de cortesana
o´fallorophelia

allá va ella
      con su sol atado a los tobillos
                 y la luna negra de Lilith
                                 – su madre guía –
                                                  en mano
                                                            buscando en la nigredo de los ríos
                                                                                                     las flores fétidas de ira

arde de amor
de odio 
 de locura arde
  – vestal novia de nadie –
arde el torrente empapado de su sangre

 ………….y la piel de Julianne se manifiesta tibia en el hueco vacío de la cama resucitando su imagen de fantasma

O  fallo de amor de Ofelia
yerro del centro,
espectral presa del río,
 espejismo seco
bañado de lamento,
con desquiciada lágrima de niña,
 sin eco ni consuelo.
las aguas te maldicen
ninfa,
y
las ruinas de tu flor
se las devora el vient

Oh Amor,
                loco bufón de la ceguera
                                                           bajo
                                                                  trágico
                                                                             lúcido
                                                                                      como un infierno

Ella habría estado escuchando  sin excitación, cobijada en sus profundidades. Luego,  decidiría hablar:
“¿Podrías traducírmelo?”.
Aka lamentaría:
“No,  no creo poder”
Ella habría sonreído:
“Es natural.”
Se acostarían abrazados. Silentes como dos fieras en reposo.
Naturalmente

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El eco de una tos cascada agitó la penumbra.
“No está invitado,  Dahlman.  ¿Olvidó el protocolo?”
Una ráfaga desbocada abrió la puerta a sus espaldas. Sólo luz radiante de blancura entró por el umbral y persistió por un instante eterno.

Los ojos abiertos del Moncho sangrante espiaban desde un recodo.  El surco de sangre en el ángulo de la boca abierta al desgarro,  el grito que no se consumaba por el aliento inundado de humores,  el pecho en un bombeo turgente del corazón,  expulsando hemorragia e ira,  dignidad y desesperanza. Y él corriendo con un pibe que era mujer entre los brazos, como un espíritu errante buscando un purgatorio.
Dahlman se abstuvo  por pudor,  por sutileza de estilo,  quizás por repugnancia. Nunca  perteneció al lenguaje de la vida sucia. Pero observaba,  sereno,  replegado en su estupor,  cauto,  si se quiere, al evitar  la truculencia poética.  Aka valoraba su sangre licuada como la de un santo.
Tal vez le  fuera posible compartir algo con él,  siendo tan dolientemente argentinos los dos, siempre mirándose desde ambos lados del espejo.

Los habían cazado diez largas cuadras. Ya se habían sentido a salvo en un atajo, ya estaban otra vez en fuga cuando los sorprendió la emboscada.  El Moncho ofreció el cuerpo como escudo, con virtud de héroe salvaje,  con esa intrepidez india de cobijar la vida toda que es religión y causa. Y allá iban,  él  y  su bestia sangrante alzada, corriendo hacia un horizonte gris de muerte y desamparo.

 Brillaron los ojos de Dahlman y la visión regresó a  su dimensión oculta.

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Se-cuela del futuro anterior

……..Y cómo el dolor metafísico que lo acompañó durante su fuga clandestina por Buenos Aires un día se desprendió de su sombra como una emanación y subió con él al colectivo 21 que circulaba por Villa del Parque y él y su inusitado doppelgänger se preguntaron si todas esas personas saludables que caminaban indolentes y ajenas no sabían nada.
O sí sabían y no sentían nada.
Si nunca habían oído un grito de pavor en la densa amenaza de las noches o negado las cacerías fragorosas en los arrabales o las emboscadas en los lugares públicos a cualquier hora aciaga  medida por el ansia del opresor y el narcotizado desenfreno de los sicarios…………………………..

Goteaba la bañera. Un íntimo torrente marcando el compás de sus latidos

……Y cuando volvió furtivo al país que alguna vez había llamado patria,  sorteando la muerte deseable para dar por terminada la ordalía,  a enterrar el cuerpo nimio y huesudo de Sayuri en una fosa abierta a la tragedia y la anagnórisis para que su corazón no estallara,  cómo se le cruzó una y mil veces el cuerpo espectral de Mariana atormentado mil veces y una, cosida como una muñeca de trapo y cómo no se animó a pedirle a Moriyasu que incendiaran juntos la casa de la pampa aunque ambos lo desearan sin poder decirlo ………..      

La bañera perfeccionaba el ritmo con el talento de un virtuoso.

¡¡¡¡¡¡Vamos compañerooooo…..hay que poner un poco más de huevo….…..!!!!!!!!!!!!!!!!!!!  Incendiarlo todo.  El horror.  El  pasado. El horror del pasado. La huída cargada con la mochila de la culpa. Con Moriyasu mirándolo como por primera vez porque era la última.  Y esas voces reviviendo el estentóreo eco de su lucha.  ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Vamos compañero…….!!!!!!!!!!!!!!!

Volver para encontrarse en las calles de Villa del Parque achicadas por la tristeza y el desdoro. Borrosas como una estampa añeja. Oliendo a muerte y masacre. A mierda de perro suelto.  A odio de perro suelto. Con todos los espectros rondando las esquinas tan impunes como antes. Tan feroces como entonces.  Lobos al acecho que habían dejado vivos a simulacros de personas.  Sin memoria y sin mirada.  Entes en mutación expulsados de su ser que lo habían expulsado al no lugar que ocuparía en París, donde nadie le preguntaría nunca dónde aprendió que las casas de los muertos se queman por respeto.

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¿Hay aún la posibilidad del gesto humano?“Escribir una novela desaventurada. Agitarla con un reflujo de marea impresionista. Aplicar al mal incurable cada mano de paciente laca como una caricia. Tramarla con malentendidos sin atormentar a mis ángeles malditos a la espera de una voz, en busca de un lugar.  Para tormento basta con la vida.”
No fue precisamente un suspiro pero un aire nuevo lo descomprimió por dentro. La bifurcación continuaba su senda irreversible. Las líneas eléctricas fluían  pujando en ondas abiertas hacia una trama de rizomas infinitos.

 “La strategìa dél ràgno ¨.

–“Hay algo prodigioso que nos sostiene en el peldaño que caerá inexorablemente. – Que por fortuna caerá.”
Un soplo brusco le congeló la espalda. Se alarmó.
“No puedo correr por siempre detrás de la disipación. Quizás sólo pueda internarme en ella.  Convertirme en flujo y soltar todo lo que alguna vez creí que me pertenecía.”

Había pasado el día echado, a ratos sobre la cama, a ratos sobre la alfombra rescatada de la basura que tenía junto a la estufa; su corpus literario a su lado, ocupando el lugar de los afectos. Un cuerpo en custodia de la nigredo de tenaces microorganismos reminiscentes flotando en su marea interior.
Por fin Aka reconoció el rasgo íntimo en esa casa despoblada de él mismo donde Mariana se imponía como un diamante de mil facetas.
“Mi Isis miriónica”
Sintió el mismo golpe de frío ominoso que cuando presagió que ella estaba muriendo –  que la estaban matando. Su cuerpo se convirtió en la caparazón de un tornado que centrifugaba la memoria sepultada en un pesar que alcanzó lo meta-físico.
“Ya no quiero más que dormir y escribir mi novela, si es que aún mantengo la ilusión del deseo”.
Acaso estuviese enfermando una vez más. Acaso nunca se curara.

“¿No comienza siempre lo mejor con enfermedad, de Novalis?” Era tan doloroso el escribir como  el no poder hacerlo.
“El cuerpo me pide lo sagrado” – “¿Cómo responder a ese demanda de un relato mítico sino con otro relato? Un relato siempre es de otros hasta que se nos esconde en la memoria para al fin hacerse propio.”
La tristeza se acentuó cuando el frío le tocó las manos. Cuando dedujo que para respirar con otros hay que estar solo.
“Para que el aliento de Mariana se represente en su cuerpo robusto y masacrado. Como el cuerpo de la literatura. El cuerpo de la literatura será mi ángel guardián.”

El timbre suplicó afuera. – “Es Julianne.  Pobre  intrusa”.

La mujer entró,  relajada y majestuosa como una gata.  Reconoció el espacio sin mirar.  Le clavó  los ojos.
“Estás a punto de cometer el crimen autorreferencial ¿No es así?”
“Ella es muy sagaz,  nadie podría negarlo”. Una miríada de nombres se le encendió como una vía láctea en la memoria.  Pero él no se atrevió a pronunciar ninguno.
“No me voy a aposentar ni a sentar siquiera.  No temas.”
Se acercó a la ventana. Reventó un globo embarazado de viento con el índice enguantado.
“Bien se que no vas a admitirlo.  Pero yo vaticino tus quebrantos.” Suspiró.  Se volvió hacia él.
“Si.  Están escritos en esa mirada.” –  le fijó los ojos.
¨Bien.” Aka eligió el silencio. ¨No me equivoqué.”
Se le acercó sinuosa,  le mordió la boca,  salió sin decir palabra.  Dejó un perfume intenso y seco.
La puerta quedó abierta a una nueva dimensión.
“Nunca te voy a dar el gusto de nombrarte, perra. Si acaso te escupiré en la boca. Sentencia definitiva.  Archívese.”

La entrada del Príncipe y de Dahlman dio fin a la amenaza. Sintió un frío pudor de cobardía. Quizás habrían venido a reclamarle deudas.
“Los cobardes siempre somos los traidores de Judas”.
Esperó inquieto una respuesta sin recibir vestigio alguno.  Sintió en el cuerpo el  rigor que prefigura a  la muerte.
“Al menos uno de los dos debería entenderme”. La irresolución se le hizo eterna.  Ambos lo miraban sin un minúsculo gesto de intención.
“Ninguno piensa tomar la iniciativa. Estoy perdido”
La consabida punzada le clavó la tripa. Aka sólo atinó a correr, escaleras abajo, luego de haber capturado  un abrigo del perchero,  dejando la  casa tomada por fantasmas.

 Los interludios de la inspiración son exasperantes lapsos
cerrados al vacío total.

Al otro día la atmósfera se enrareció definitivamente. El licor barato se había volatilizado en nubes inflamadas de una anomia complaciente cercándole la cabeza con un halo nefando.
Era un día helado de una hora incierta sin carbón en la salamandra ni comida en la cocina.  Afuera la escarcha convertía al paisaje urbano en un reflejo matizado y compacto. Prendió las dos hornallas de la cocina y se inclinó ante un cajón abierto  sin voluntad de decidir qué hacer con su estómago huérfano.
A través de la ventana,  desde la galería que daba al patio central, un rostro de mujer lo observaba atentamente.
Podríamos desear razonablemente que fuera Julianne para mitigar nuestra pena al darle entrada a un aire libre de infortunio. Podríamos esperar que el pliegue catástrofe fecundase una dicha a la medida humana para inmunizar a la raza contra el escepticismo. Podríamos desear que su nueva trayectoria incluyese un remanso donde cobijar el cuerpo consumido de hastío.
Representar,  en suma,  todo lo que nos fue prometido –  mentido – como una biografía conquistada por el hecho de existir. Y apoyados en esa meseta, superada la horrenda decepción de ser un mero accidente biológico innecesario, podríamos, limpiada la carroña de la aleatoriedad, acceder a la metafísica con la liviandad de los espíritus que resisten y se interrogan sobre el alma.
Todo eso podríamos si alguien como Julianne, como suponemos que ella es,  nos mirara desde el otro lado de un vidrio en un día gélido y sin sol. Pero esa Julianne tendría necesariamente que ser un montaje fabulado por nuestra desolación ontológica. Seria obsceno pedirle a quien es sólo una ficción del ser que sea lo que necesitamos que sea.

 Interludio de ráfaga
(¿O acaso está prohibido jugar?)

Desde un rincón atrayente Carmen cantaba su tragedia de odio. La voz era vibración pura,  una forma de la perfección sin rostro. – “¿Callas? No calles, Callas” –  La imagen se alteraba en pura cuerda de aliento fraguado en mensaje.
“Una voz sin rostro podría ser el bálsamo en el destierro.”
Aka volvió a sentirse bendecido por el azar y se acercó a la ventana.
“Y podría refractarse en las constelaciones de mujeres con el coraje de mirar a través de un cristal y buscar esencia en la  desfigura del reflejo”.

Se mantuvo inmóvil por pavor de que la mujer desapareciera.

“Mirar esa cara valiente que nos mira es despedirse de la cobardía. Es abrir el arcón de los restos mortales y mirar los huesos descarnados. Los que dejé pulverizándose en la tierra gorda de la pampa cuando perdida la inocencia huí hacia la nada sin equipaje. Es dejar de acusar al gordo Saporiti y compartir el mote de traidor. Es dejar entrar a la procesión fúnebre con los caballos desbocados.  Y que los espectros salgan a bailar en mi escondite.  Es mirar a Mariana a los ojos y soportar el estrago de la culpa.  Es dejar de acusar a los victimarios para rastrear las sinuosas catacumbas de la responsabilidad humana”

Comenzó a nevar: el rostro del otro lado del cristal se derretía.

“Hay que apurar la acción”.  ¿Hay que apurar la acción?
“Para verle la cara al sadismo que nos da pavor.  Y al  terror que nos hace sádicos”.

No fue exactamente un sosiego pero algo se descomprimió dentro de Aka.

 Porque, de continuo

Lo acosaba un sueño recurrente  y – ¡Pobrecito! lo recordaba vívidamente en fragmentos en cada despertar – en el que estaba sentado sobre una pila de volúmenes infinitos, lupa en mano, la ciega pupila exhausta escaneando la literatura inagotable. Entonces sentía que debía escoltar hacia nuevos volúmenes esas grafías, esas lenguas, esos dialectos, esas iluminaciones, sin participar más que del acto mecánico y desafectado del amanuense que hereda sin poseer,  que dona sin reclamo de derecho a propiedad. Sólo le estaba permitido dialectizar el Texto con un interlocutor feérico. Y cuando la epifanía escalaba alturas inaccesibles, cuando la significación se hacía inmaterial, cuando la luz seducía al entendimiento a través del ojo ciego de la mente, los caracteres alcanzaban estaturas prodigiosas. En una danza diseñada al ritmo del sonido de las esferas, puro centro y digresión pura, puro éxtasis de libertad, las letras se re–significaban en otros signos,  en otras fugas,  en otras dimensiones,  anulando la pulsión de los sentidos como un narcótico que alivia el ansia. Y allá, más allá, Aka escriba encontraba el túnel de la serpiente, el ojo de la cueva por donde ingresar  al deseo, el destino perfecto sin prefiguración del intelecto,  el destino de un alma,  podría decirse.

Multitudes gentiles e inofensivas peregrinaban como un tapiz amovible por debajo del velo que la danza del lenguaje desplegaba sobre los seres trashumantes e inexplicables que compartían su sueño. Ningún rostro conocido, o todos familiares, y acaso por eso, inéditos, develados en su quintaesencia.
Entonces Mariana, y Julianne, y Saporiti, y Pamela–José, y Puppi, y la Pisani  y el Moncho, y el argelino mártir,  y el argelino ladrón, y todos, todo, el todo, eran.  Eran lo que nunca habían sugerido ser.  Eran lo que eran. Y sólo la poesía se hacía refugio y signo en los canales de regreso al  ser.

Y un día Aka suplicante se despertó más fatalmente elevado que nunca, y se preguntó por qué le pasaba eso a él, que no podía escribir nada que se animara a publicar,  y se preguntó, también,  por qué no le sucedería más seguido y qué haría consigo si ese sueño dejaba de sucederle. y –  ¡Pobrecito! – lo repasaba obediente para fijarlo y satisfacer a las preguntas esterilizantes de Hansel o de Gretel en su visita semanal al Hospital de día.

“¿Si Dahlman y el Príncipe también me vigilan en el sueño, podría pedirles socorro?” Rió mientras lloraba como un actor ruso.
“En especial al Príncipe valiente que se inmoló como el auriga-suicida de una cuadriga imperial que iba perdiendo las ruedas¨.

Aiuto, aiuto” Gritaba a voz en cuello dejando a Julianne que entraba con su llave y la bolsa de las compras vestidas de negro, la bolsa y ella, más azorada que de costumbre. Los ojos ígneos de él se clavaron en los de Julianne.
“Acercarse a la ventana con el rostro esperando respuesta.  Atreverse a solicitar de la mujer que espera que su mirada regrese a mí.”
“¿Se puede escuchar a quien nos ha traicionado? ¿A quien nos niega el aura? ¿El retorno? ¿La restitución de lo humano con la mirada extendida como una mano tibia? ¿A aquél que no tuvo el coraje de Orfeo? ¿Irse antes del Tiempo es traicionar – se?” – preguntó.
Julianne se desvanecía en estupor y desesperanza. Sus miembros enfundados en el luto de vivir se derretían paulatinamente,  a ritmo pausado y sin minutero,  pautado por la organicidad de un cuerpo que al fin y al cabo es sabio.  Seguía sosteniendo la bolsa negra de víveres como un soldado que desfallece en la soledad espectacular de la batalla,  con su arma en la mano como único refugio.
“Ahora la mujer me mira, toda ojos.  Perdida la carne; sus huesos expuestos sostienen las órbitas,  la red indescifrable del cosmos que engarza a las estrellas. Comunicando luz. Sabiduría. Me está salvando de la humillación de ser informado. Ese toque obsceno, negligente.  Ese toque de codazo en la multitud que me deshumaniza. ¿Hay que renunciar al destello humano?”

Julianne le extiende su mano libre y leve como una ráfaga.
“¡Pobrecita! Acaso esté sintiendo que me ama”.–
Julianne comienza a caer en cámara lenta, la mano generosa sutilmente crispada en el esfuerzo de resistir. –
“Y cuando el malentendido suceda, el fulgor del instante eterno quemará mi historia”.

En la pausa Aka cambia el ritmo bestial de su aliento de huracán divino a respiración humana.
“La parva seca de reminiscencias y espectros se incendia en mi espalda. El rigor del fuego lamiéndome la carne libera la carga. El metal líquido marca mi piel hasta limpiarla de despojos. Los hechos mueren en la hoguera, hipócritas, falaces. Las lenguas de flama son ahora golpes abriendo mis puertas a la representación.  Montada en la palabra, como el arte de Kuya,  palabra igual materia tangible,  virtualidad manifiesta. La que más se aleja cuando uno se le acerca. Fisgona verdadera.” – Pensó Aka sin interrupciones y nunca pudo recordar si en voz alta.

Cayó él antes que Julianne, quien sólo atinó a sostenerle la cabeza usando la bolsa negra para protegerle el cráneo

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La mirada  de Gretel tenía la inmediatez de un vuelo de polilla. Se posaba en algún tejido urgida por roer para luego huir hacia otras víctimas inmóviles.
Julianne,  inocente,  intentaba que se fijara en las pupilas de Aka,  sin sospechar la feroz amenaza  de concentrar su atención científica.
“Habla en lenguas…”. – Julianne dudó. La sonrisa ladeada de Gretel activó una lejana alarma.
“¿Habla en lenguas? ¿Qué dice?” – la sonrisa se amplió en una mueca que verificó la duda abriéndole  la puerta a la cautela. Julianne tomó aliento.
“Si,  habla en lenguas extranjeras.  Es extranjero.  Nació en la Argentina.  En la pampa.  Dice que para sus padres, que eran japoneses, la  huida trágica hacia…..” –

Hansel no esperó.  Su  cara se transfiguró en una fisonomía macabra. Julianne se preguntaba a cuál de los enanos de Blancanieves le recordaba ese gesto.
“¡Dice, dice, dice!” –   el tono era tan feroz que Julianne retrocedió de su cercanía.
“Se dicen tantas cosas,  mi querida “.  Abrió una carpeta.  Gretel abrió su libretita al unísono.

Era la hora del arrojo y Julianne lo comprendió enseguida.
“Es argentino. Tiene una colección de tangos,  miren.  Habla francés correctamente.  Le gusta la ópera.  Hoy lo encontré cantando en italiano.”  –  mintió.
Su cuerpo sensible percibía fácilmente la peligrosidad de los burócratas.
“Lo único que me preocupa es que delira entre sueños. Tiene pesadillas, creo. Hoy pedía que lo ayudase a regresar a la melancolía. Que hasta soportaría tener que atravesar la histeria para salir de la esquizofrenia. ¿No necesitará una atención más dedicada? “

Gretel había esperado agazapada para dar el próximo zarpazo.
“También dice que es una serpiente.” –  apeló al decoro para no reventar de risa.
“No cabe duda que el señor Akamura es muy sagaz.  Respetamos su ingenio para las analogías.  Y su astucia.  Pero…..”–  Hansel no se habría  atrevido a la impaciencia.  Estaba fascinado.

Gretel chasqueó la lengüita rosada y húmeda. Casi suspiró. El pecho se elevó dedicándole sinuosidades al Dr. Bauer.  Él anotó inquieto un par de líneas sobre una receta.
– “…seguiremos en la misma tesitura. Arde de fiebre, eso es todo. No vamos a darle más de dos semanas accesorias.  Un texto u otro no le otorga patente de enfermo a nadie”  –  Percibió con placer cómo los genitales del Dr. Bauer celebraban su maestría.

“Avísele cuando esté recuperado que el veinticuatro de febrero tiene que empezar a trabajar. Ahhh….”  – sonrió, abierta. –  “Dígale que tanto el Dr. Bauer como yo le recomendamos que se siente a escribir  sus vivencias.  Así comprenderá que un personaje extraño no tiene chance en la vida real.  Que su vida  es igual a la de cualquiera de nosotros.”

Bauer le extendió la receta encorsetado como un general de división en un día de desfile.  Salieron como habían entrado.  Cuchicheando campantes sobre la eficacia del sentido común.

Encuentro posterior a la salida de los agentes oficiales de la curación institucionalizada

Julianne  estaba tan fascinada como el mísero doctor con la gesta de su pupila.  Sabía que Aka había estado despierto todo el tiempo. –
¨sido¨–  dijo ella en argentino,  bien lúcida.
Y Aka sonrió.
Y a ella le gustó estar frente a ese león desfallecido capturado en su laberinto.
Sintió que accedía a un acto de amor que nunca antes se le había ofrecido. Y esperó,  paciente,  que él dijera.  Porque en la espera estaba la anticipación de la entrega que se recibe pocas veces.  Que nadie nos dona a lo largo de una vida,  tal vez.
Y no hizo nada más que permanecer abismada en esa sensación táctil que se hizo sentir y goce. Y él,  honrado como era,  comprendió y estuvo a la altura de las circunstancias.

La pausa fue larga porque era un pacto.  Nunca correrían el peligro de la seducción.  Ninguno de los dos, lo sabían. Y sabían además, que era ése el trazo de amor verdadero que se llama respeto.  Los dos esperaron una señal,  acaso la misma.
Cuando el látigo de un trueno partió lo absoluto abriendo la posibilidad de la palabra, un eco de vibración astral alineó el pentagrama para dar lugar a la voz.  Sólo un virtuoso podía completar el vacío sin traicionar a la música celeste.

“¿Cómo se hace para vivir sólo cuando el Tiempo se interrumpe?”

 Julianne no contestó.  Respondió mirándolo profundo a esos ojos que eran lo único que estaba afiebrado

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Los días y las horas son generosos cuando no se cuentan.  Hasta el frío de un invierno desmesurado es compañero en las andanzas por las calles quietas,  desnudas de abrigo,  inhóspitas a la permanencia. Vacías y eficaces. Camino puro. Nadie se detiene a abusar de ellas. Son como el escenario de un crimen donde sólo se detectan indicios del delito y huellas de la fuga. Y cafés y bares son cuevas donde se abroquelan cuerpos como moluscos en una roca formando figuras ambiguas.

“Es bueno ponerle el cuerpo al rigor de la naturaleza Y fortalecerse  para defenderlo.”

El brazo agresor nunca había sido el mismo desde aquel día en que decidió el destino de Aka, cuando la ablación le inauguró un propósito propio, trascendente del deseo de su dueño,  más vigoroso que su voluntad.   Siempre le dolía a la misma hora,  en el mismo lugar.  Lo regresaba al núcleo donde la pulsión se había hecho más determinante que la duda.  Pensó en su escritura que dependía de ese brazo que se apartaba de él con el resentimiento de un amigo desairado. Pensó en el desprecio de que era capaz con todo lo propio amado, con lo que le prometía lealtad.

Las librerías estaban abiertas hasta altas horas, y penetrarlas cuando la penumbra había elegido a los concurrentes le daba una sensación de pertenencia.

“En el lugar de los congéneres, mi espacio de comunicación telepática.”

No siempre seguía el mismo trayecto. El mapa se le iba diseñando fortuitamente, los pies seguían el impulso del andar y decidían sin mayor preámbulo.  Casi nunca esperaba encontrar nada.  Nada entre lo nuevo, todo mercancía. Era más el olor del papel que va muriendo en los estantes, sin máscara ni pedantería, transparente como la piel de los viejos o acartonado y sepia como la frente de un campesino, que lo invitaba a quedarse maravillado, como un chico en una feria de fenómenos. En las estanterías se le aparecían los monstruos y los gnomos, las clarividentes y los prodigios.

“No quiero triturar a Julianne entre mis espolones de violencia”.

Se encontró pensando en ella frente a un ejemplar comentado de las tragedias de Shakespeare. Y él, que se rendía a descifrar señales,  tomó el libro  como  accediendo a lo Sagrado y lo abrió buscando la profecía en ese reservorio de aura humana con su legado de metamorfosis.
“¿Cómo serás, hoy, Ofelia?”
La anticipación del encuentro lo estremeció. Tuvo pavor de su debilidad.
“La atmósfera de tu planeta me magnetiza, Maestro. Siento en la carne el olor de la muerte; la sangre humana en el crimen; la desolación del mal irreparable. No hay actos inocentes. William Shakespeare dixit “.
Salió a la vereda. Una procesión de personajes embozados en la niebla tiesa de frío transitaba en cámara lenta.  Sonidos de pertrechos de guerra se hacían muelles en la bruma. La  lógica totalitaria se aprestaba para el fin último: la decadencia del déspota precipitándose en avalancha hacia el desenlace.
“La peste moral demanda cirugía, tajo, escalpelo, vísceras violadas, organismos mutilados. Un reino engordado en la corrupción demora la catástrofe detrás de las apariencias. Procrastinación, la vía perversa hacia el harakiri de un dominio apoyado en el desvarío y la traición.”
Sintió el duelo desconsolado de las víctimas.  “La ninfa  florida  y el Danés.  Esposados en el  hiato del tiempo interrupto de la muerte  –  donde se consagran unidos en la fosa nupcial cuando al fin son lo que son”

Volvió a entrar impulsado por una energía creadora.  Dejó detrás una escena de sombras jugando sus suertes.
“Reconocimiento del shock interior: destino hasta la última consecuencia: unión en la eternidad.”  Abrió el libro y se detuvo largamente en el discurso de las flores.
“Ya se”
Elevó la mirada involuntariamente.
“Gracias”.
Salió apurado por su propio shock.   La calle estaba desierta.  Su corazón, no.

·······································································

“Se auto interrogan. Se escuchan los latidos clandestinos. Se responden las preguntas acalladas. Ella comprende cuando alcanza la lucidez de la locura y nadie oye su canto de cisne. Él padece el estar tan cuerdo como sólo puede estarlo el loco que salta por encima del tiempo posterioriizándolo para anticiparlo. Es inevitable que los dos sean trofeos de la barbarie. La lucidez siempre viste el hábito del condenado”

Había corrido todas las cuadras hasta su casa,  había subido las escaleras a trancos,  había sentido que tenía algo que decirse. Abrió la puerta esperando encontrar el ambiente transformado.  Y así fue.

 ·································································

Lo recibió el aliento empeñoso de un ser herido. Las sombras se habían hecho densas y un peso accesorio ocupaba la atmósfera. Se afanó entre tinieblas para acercarse a ese latido demorado que acompañaba al aire ronco de una boca jadeante.

¿Es usted, no?

                                                            Si.  Vengo herido de muerte.

Finalmente, se entregó a la llanura.
Encontró su fin.

                                                          Me hice persona,  maté, al fin,  al personaje.

No le tengo compasión.

                                                            Gracias.  Es mejor así.

Usted siempre me desarticuló,  Dahlman.
¿Por qué lo hacía?

                                                          Nunca hice  más que lo que usted mismo pedía.
He venido para que asista mi  muerte.
¿Le parece poco?

No.  Me parece demasiado.
No sé si lo merezco.

                             Ya que ha ensayado tantas veces su propia desaparición, pensé
que sería justo pedirle que me acompañase en la mía.

No creo poder.

Es usted el único indicado. Su fervor al invocarme de continuo me impide el reposo final. Ayúdeme a partir, Akamura. Estoy agotando la última de las fatigas. Un  frío ajeno, impersonal,  me  estremec
este cuerpo  que nunca antes sentí.

No veo como ayudarlo.

                                                              Escriba su novela y nómbreme. Hágame la                                                                                                                 persona que no fui.

–  el ronquido se hizo grave
Deje mi nombre impreso en la literatura como
uno más. Regáleme el descanso
de la eternidad.

No se si puedo prometérselo.
¿Por qué,  de todos, es precisamente
usted, que nunca escribió su novela,
quien  pide que yo lo haga?

Mi novela ya estaba escrita en el laberinto incalculable de la pampa.  Yo me limité al rescate de lo que me fue dado descifrar Ese paño verde de llanura legendaria  aún guarda secretos. Hágalos luz.

Se produjo un silencio colmado de memoria.Ninguno de los dos dejó de estar inmóvil.
Fue definitivo el adiós silente que ambos aceptaron como un duelo.
Entonces el encuentro cesó naturalmente.

Capítulo de iniciación de la travesía por el Mar

THE CITY IN THE SEA .Lo! Death has reared himself a throne In a strange city lying alone Far down within the dim West, Where the good, and the bad, and the worst and the best Have gone to their eternal rest. There shrines, and palaces, and towers (Time-eaten towers that tremble not!) Resemble nothing that is ours. Around, by lifting winds forgot, Resignedly beneath the sky The melancholy waters he……

Tuvo que reclinarse sobre uno de los anaqueles para no desfallecer.
“Haberlo encontrado esperándome, al entrar. ¿Puede llamarse milagro a otra cosa?”
Un puñal de diamante se le hizo incisivo en el centro. Era la antigua sensación de pertenecer al Reino,  de encontrarse avanzando en el viaje bien orientado, de estar en el puerto de tránsito donde nada ni nadie lo detendrían.
“Ahora sólo se trata de encontrar,  a tientas.”

La librería estaba desierta porque había elegido el frío de la madrugada para iniciar el rumbo. Josette lo conocía demasiado como para objetar ninguna hora.  En todo caso,  podría dormitar junto a la estufa mientras él vagaba por entre los estantes.  Au contraire,  le ofreció un café con un gesto.  Aka aceptó acercándosele a tomar la taza humeante y besándola a la francesa. La vieja le pellizcó la nariz,  como siempre.
“Por favor no olvides anotar los que te lleves en el cuadernito.  Así me evito la trifulca con el viejo”. Ella observó el libro.
“La traducción de Baudelaire la vendí ayer.  Era un lindo ejemplar”.
“Igual lo entiendo. Es mejor que lo lea en el idioma original”
Josette desechó sus intenciones de dormir. Ese japonés loco siempre la hechizaba.
“Tengo otra edición más reciente.  Nadie lo pide mucho.  Ese viejito anda dando vueltas por ahí,  como un perro suelto que busca dueño. Te lo regalo”.
¨¿Et le patron, qu´ est-ce qu`il va dire? ¨– la hizo sonreír, pícara. Josette le hizo un guiño y le tiró un beso en el aire –
“Soy la mujer,  se cómo calmarlo.”

Aka tuvo ganas de abrazarla levantándola como a una niña y haciéndola girar en vilo. ¨  Moi, je t´adoreJosette¨.  Ella fingió un gesto de indiferencia con la mano.  El resto de la mañana lo dedicó a explorar  en busca de tesoros hundidos en los naufragios de la Historia.

Salía con el libro abierto en busca de un café cercano cuando un nuevo puerto le encendió el faro.  En la neblina que se deslizaba como un manto sobre las cúpulas,  centelleó el cartel de otra librería. Las vidrieras húmedas prolongaban la danza de los velos sobre hermosos volúmenes antiguos.
“¡Padrecito, estás ahí!”.   Leyó.  “Non – selected fictions by Jorge Luis Borges “¡El Inevitable en persona!
“¿Quién sino él?” – Dejó que el corazón brincara a gusto – Leyó el precio.  “Imposible. Voy a tener que robarlo.”
Miró a los lados para corroborar si estaba solo.  La puerta estaba entornada,  como esperando al delito.  Se sintió bendecido.  Adentro la penumbra acompañaba al silencio. Cualquier gesto falso, cualquier renuncio,  resultaría en una torpeza humillante.  Sintió que acaso fuese Dahlman quien lo alentaba por detrás.
“¡Cómo se hace extrañar el viejo!”

En las mesas no había otro ejemplar.  Tendría que destronarlo de la vidriera.  La mano hábil alentó a cinco eximios dedos de virtuoso. Nunca habría sospechado antes sus dotes de prestidigitador.  El volumen era denso y sencillo, como corresponde.  El bolsillo del gabán lo acogió como una cuna.  Salió sigiloso.  Como había entrado.  Tal vez con Dahlman de escudero.  No corrió,  sólo apretó el paso. Ya daba vuelta  la esquina.

Monsieur,  Monsieur,  venez ici.  Venez,  Monsieur”.  La empleada no gritaba,  lo seguía agitada,  apretando el paso ella también.  Se detuvo con el corazón suspendido. La miró fijamente. Era joven y graciosa. Una diosa del amor pequeña y somnolienta. Sonreía. ¨Vous avez oublié votre livre ¨.
Al entregarle a Poe le sostuvo las manos. La sonrisa se hizo ancha. Aka guardó el libro en el hondo amparo del gabán.  Le tomó la carita con ambas manos y le besó los labios suavemente,  con la delicadeza de un artesano.  Fue inevitable.

 

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