SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

El arte sólo sabe de renuncia

Hacía frío al día siguiente de largas jornadas de vagabundeo en contrapunto con el encierro y entonces, ni él ni nosotros sabremos de cual día exacto se trata. ¿Importa, en realidad?
Aka se desperezaba en la cama caliente cuando un trasfondo de viento patagónico se trepó a la ventana.  Si, era ese ulular como de puma llamando a la manada el que giró sin pausa hasta entrar como un huésped anunciado. Arata penetró sigiloso y pausado como era su costumbre.

“Bienvenido a mi casa, compañero”.

Fue un alivio el verlo a Arata. Con su regreso, Aka  recuperaba la confianza que el viejo le ofreciera cuando lo amparó en su choza de mala muerte allá lejos, donde el viento sopla como una amenaza apocalíptica.

“Lo bueno de estar con usted es que no tengo que hablar para sentirme humano. Usted como nadie sabe que cuando la tortura me selló la boca perdí hasta mi primer llanto. Las palabras ya no son consuelo.” –  Se emocionó Aka.

Se lo veía igual, mate en mano, la cara tajeada por el rigor de vivir, un hombre sin horóscopo y sin estrella. Memorable por los ojos de fiera acechada por el albur de estar en el desierto, como todos, aunque no lo advirtamos.

“¿Derrotao?”  – Arata apuró la ginebra del alba mientras le saneaba la carne podrida –
“Quiere decir que se jugó todo o nada a la victoria.”
Chisporroteó la fogata y una esquirlita se confundió con el lucero.  Dolía, dolía mucho.
“Cuando se habla de derrota se nos aparece la victoria luciéndose en los otros, como una alhaja colgada al  cuello de una puta. Y a uno se le hace amarga la saliva y se le nubla el seso “–
Aka iba a preguntar algo pero el aliento no le respondía – “sobre todo si uno está caliente”.
Escupió un gargajo de la tos de cigarro armado.
“Lo primero que hay que curar es la mierda dando vuelta en la cabeza”.
Reencendió y le dio una pitada que Aka disfrutó en la boca hinchada.
“No porque sea mierda sino porque está yirando en el lugar equivocao”
Con el amanecer entraba el frío cruento del desierto indómito.
“Escuche el silbido, cómo gira en espiral. El viento sabe que pa’ volar hay que apuntar arriba. Si no, uno se queda haciendo trompos en la tierra, como las gallinas cuando les cortan el gañote’”

Era su primer día de clandestinidad en un lugar seguro y tenía mucho que decir. Pero el silencio lo imponía el cuerpo. Ese mismo cuerpo que había deshecho la palabra hasta destrozarla en el tormento.
Sería por eso que había dormido todo el viaje, entre bolsas de papas, rumbo al parador que la incertidumbre marca,  cuando el destino dispone el percance y así nos hace notar que existe.
Sueños había tenido, muchos. Todos deshilvanados en la vigilia como restos de una fábula  maldita.

“Lo maldicho mata más que nada”  – recordó haber pensado en el hostigante leitmotiv de la memoria. Pero no tenía ni fuerzas ni elementos para anotar una palabra. Y había sido mejor. ¿Cómo se escribe la catástrofe?
“La que nos hizo ver el lado oblicuo de la cara: el escorzo en el espejo. El que mira con el ojo de rabillo para ver de frente al enemigo y nunca más mirar torcido”
Así recordó haber descubierto la desolación, él, que con los compañeros, y también para ellos,  había encarnado a la usina sublevada con las neuronas lúcidas. Las portadoras de verdad y de justicia en una tierra joven donde se soñó  posible la revolución.

Mundi muliebris

Mañana de Fauré: un haz indifenido de notas arrullando una playa entregada al rumor sin dejarse embrujar por la caricia del agua. Tal vez fuese primavera. Esa mañana sí valía la pena afeitarse.
“Si, es primavera.  Se acentúa el aroma de las feromonas, amigo Arata ¿Lo siente?”– Abrió la puerta con incierto entusiasmo.
“Primavera.  Siento la esencia fresca de las flores vivas incitándonos a una travesía por los montes de Venus” –  Aka escribió en su diario antes de salir.

Cerró la puerta de la casa como quien clausura sus secretos más valiosos.  Y salió al aire templado de la luz temprana silbando la melodía del despertar.
La mañana pedía restauración. ¿Pero qué restaurar? El rostro de una mujer china lo observó.  Era un halago inesperado. Era también una señal. ¿O no?
“Oriente no pierde el tiempo en seducir – no pudo evitar el prejuicio –  es una causa que tendrá su efecto”.
La mujer china estaba en el mismo vagón del métro,  mirándolo.  Tenía la bella tersura del misterio.  Se sintió celebrado. Le rozó – ¿involuntariamente? – la mano pequeña. Ella sostuvo la mirada interminable como el vacío.  Cuando bajó sintió que lo seguía.
“Si la causa y el efecto son sólo otra ilusión no hay nada que restaurar porque nada decae  –  sentía los pasitos apretados a su espalda – voy a jugar a que soy su causa”. Rodeó el camino por el parque. Su mujercita seguía siguiéndolo.
A la luz de las velas del bistro el misterio se acentuaba; un resplandor de la frente, un gesto ambiguo de sonrisa leve, manos de colibrí, nerviosas como el pensamiento; un grueso torrente de cabello negro deslizándose en los hombros firmes como los de un lobo en acecho.
Aunque era pleno día ella decretó el crepúsculo con éxito. Aparecieron las sombras furtivas que al caer el sol nos roban dulcemente los reflejos, disolviendo como un opiáceo redentor el límite entre el peligro y el deseo.
La voz se hizo esperar, como era previsible, hasta deslizar las notas que parecían sustraídas de los efluvios de Fauré.
Aka,  despavorido casi,  comenzó a percibir cómo su eje se centrifugaba hacia la hondura. Y se preguntó con razón, y por ende, equivocadamente, quién era causa y quién sería efecto.
“Tendrás que anotar todo lo que yo diga en tu diario” – ¿Cómo sabía,  cómo? – “Yo no recordaré nada y es probable que también lo olvides.” – La sutileza del acento hacía musical el texto – “Comenzaré cuando estés preparado”.
Ambos inspiraron el aire intoxicado con el aroma del té negro. Desde ese momento ella fue dueña del discurso hasta el final.
“Hay,  en efecto, una trama. Y todas tus mujeres, todas ellas, aún la más odiada,  preservan un retazo del misterio. Los lazos del tejido son el laberinto que atravesaste cuando huías.
El laberinto está labrado en tu hipotálamo. Encerrándote en cada inhalación en un vínculo cada vez más estrecho. Atención a las punzadas. Esa señal quiere asistirte. Pero como todo hombre, rechazas los sonidos de tu cuerpo. Salvo para lo que se supone es el placer”. – Aspiró la voluta que emergía  de la taza como una emanación de la substancia.
“Eso cambiará. Se precisa una templanza que el intelecto no capta cuando no la desea. Es el momento de la  espera. Mientras tanto, tu historia se teje y se desteje en tus entrañas. Y ellas están allí, como las Furias,  aguardando tu iluminación. Confían en tu fortaleza. Son, al fin, mujeres.” – Él intuyó el leve gesto de desmayo que precedió a la despedida.
“No me hagas otro de tus múltiples espectros. No me convoques. Yo sabré aparecer cuando sea tu hora.” – Ya estaba de pie y Aka creyó ver una lágrima.
“Entonces conocerás el nombre que te fue asignado”.
Antes de salir apoyó su mano sobre la de él.
“El inicio está en lo más remoto. El lugar más exótico de tus recuerdos”.

Es comprensible que a partir de ese encuentro Aka se extraviase con rumbo incierto.
Las calles coronadas por un sol que despertaba la piel a tiempos gratos se hicieron refugio y trayectoria.
Dedicó los días sucesivos a salir del encierro para no enloquecer.
Quizás al fin reconocía que es más tolerable la incertidumbre portadora de ilusión que la acuciante severidad de la certeza
La confirmación de la existencia de una trama le pareció una advertencia intolerable. Lo enfrentaba a un aspecto de sí demandante de la acción hecha acto.
“¿Y quién puede saltar de acto en acto sobre la carne viva de la existencia, puro arrojo sangrante?”
Desaforado de su escena natural, Aka se convirtió en un ente errabundo, contrariado por el  esfuerzo de evitarse otra crisis conduciendo el cuerpo afuera.

Dos semanas después del encuentro con la china, en una madrugada de alcohol e insomnio sin tregua, vociferaba parado sobre el colchón vencido cubierto de libros y de notas agitando los brazos hacia lo alto cuando sonó el timbre. No lo oyó.  “¡No me fío de ninguna lengua viva o muerta! “  Sintió la fuerte cabalgata de emociones en el pecho – “las lenguas vivas matan…francés…castellano…inglés,..  argentino… japonés…  son todas marionetas de academia”  –  El alarido agitó al timbre en contrapunto.
“Ya no tengo lengua…la perdí escarbándome el cuerpo y así estoy, atrapado por la palabra ajena y sin norte, acá, en el norte de quién sabe qué sud “– bramó.
Un graznido opaco ocupó el lugar de la voz.
“Las palabras no son las inocentes pompas de jabón con que jugábamos de chicos, señores. Las hicimos armas mortíferas. Aquí, hoy, yo me vuelvo ¡¡¡Muuuudo!!!!!!” Saltó de la cama como un tigre alerta al peligro y  alcanzó la puerta con la fiera operando en la mirada. Abrió.
La voz de Arata era serena:
“Vine a continuar con nuestra conversación”. Habló sin reserva alguna. Sabía que ya era hora.
“Tanto despelote porque está cumpliendo años.  Afloje, tigre, que he vuelto pa’ ponerlo en su lugar”. – dijo, conmoviendo a Aka al recordarle una fecha que él había pasado por alto.
Se sentó al borde de la cama hamacando levemente la rodilla cruzada.
“Si Akamura, hágase cargo. Sus escritos están deshilachaos y por algún motivo que no le hace de pronto son tan entreveraos que dan basca. Parecen balurdos de un lunático sin cura. A veces se me hace que perdió la chaveta, compadre. Y tiene razón,  Gustavo, cuando piensa que naides lo va a leer. Pero usté viene haciendo de eso un postulao, y – se le burló sin pudor con los ojos y la boca desdeñosa – un apostolao”.
No se privó de respirar hondo como recurso escénico.
“¡Qué huevón, Akamura, qué huevón!  En la pieza del fondo usté tiene escondida a una chinita chivada porque el amante no le requiebra las cortinas nuevas.”
Encendió un negro sin ofrecer.
“¿A quién le quiere ganar, Akamura, con esa neurastenia ‘e mariquita perdida? Y un consejo aparte, si le pega mal la caña largue el trago, m’hijo. “
Se sacó la bota de potro para rascarse el dedo gordo del pie izquierdo. La planta ancha y los dedos gruesos, el pie parecía un cactus gigantesco. Procedió con parsimonia con el otro para luego continuar, ya  satisfecho.
“Ahora, como venia diciéndole……….lo único ocurrente es su nombre ‘e guerra.  Con eso se me hace que la pegó bien de chiripa porque Aka quiere decir…..“También conocido como” o sea  que le da lustre al seudónimo. Lo sé porque así se llamaba el alazán del gringo Hudson con quien trabé afición cuando se arrimó al rancho una noche de granizada fiera. Tire de ese piolín, Akamura, porque aunque usté brame de soledad como becerro guacho, sepa que casi todos tenemos un seudónimo. Porque, creamé, casi naides tiene nombre”.
Arata  se calzó ambas botas con cuidado y salió como había entrado. Sin hacer ruido.

siguiéndole el tren al tren custodiado por Arata

La mañana siguiente Arata atizó la lumbre para hacer el mate antes de salir. La pampa graznaba con las aves al hacer bailar los juncos en el viento.
La estación donde tomaron el tren se coló en la nebulosa de vapores húmedos de la máquina pujando por partir.
Chirriaron las ruedas al detenerse en SaintLazare. Aka bajó apurado como quien busca a alguien que lo espera, siempre, en un mismo sitio a la misma hora. Miró el tablero de la estación y leyó en francés, sin proponérselo: Le 15 août, 2003  cinq heures du matin.  Ni fecha ni hora coincidían con los horarios de su tren.
No desesperó como la razón dicta, como tantas otras veces. Simplemente le preguntó a un diariero, a quien, por cortesía, también le compró el diario.
Mais si, c´est l´aprèsmidi,  Monsieur…. ¿Quel jour estil? – el hombre tuvo la gentileza de ni siquiera sonreír  –. Il est le vingt quatre février deux mille trois, tout le jour, naturellement.
Aka saludó esa obvia manifestación del caos como una iluminación.

“Caos. ¡Ja! Intocable e indomable como el aire que se respira  – diría don Pascasio”.
“Ansí será nomás” – y estuvo seguro que era la voz de Arata la que habló a sus espaldas – “hasta que sepamos de endeveras catar el rumor del torrente, la estridencia del pampero, el aúllo del chacal cuando despunta el alba”.

Al llegar su viejo amigo dejó de hablarle al tiempo que Aka olvidaba por qué estaba allí. Oía sin escuchar, veía sin mirar,  imaginándose montado a una cinta de Moebius lingüística que le crujía en los pies.

La mort est la fin d’une passion obscure” – la cinta seguía su curso pertinaz.

Cuando llegó a un lugar reconocible, sintió que los más antiguos dolores se habían neutralizado, al punto de no poder recordar un mínimo desasosiego. Era una vibración tan íntima que se hacía imperceptible.
El paisaje se tiñó de azul ante sus ojos extendidos y concentrados en el todo que lo circundaba. Se detuvieron el murmullo de los días, las horas atareadas de los caminantes, las discordias urbanas.
Notó algo cercano a la felicidad. No podía decidir qué hacer porque todo hacer se hizo innecesario.

He soñado que el alba se rasgaba / En el vórtice implacable de un espejo. / Y seguía a mi sombra fugitiva/  por los senderos ásperos del Tiempo”.

“No recuerdo de quién es”.
Una voz de mujer recitaba a otra voz de mujer desde esa quietud sin interrogatorios donde el lenguaje no se desquicia. Donde la torre de Babel es una partitura sin maldición. Voces que son susurros de los dioses.
“Aparecerán los dioses. Reaparecerán. Es hora”.

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Cuando esa misma noche Julianne le propuso encontrarse contestó que prefería comer solo con un amigo.  Ella quería saber más.
“No lo conocés –  ¿Qué valor tiene lo que se le dice al invasor? –  Prefiero estar a solas.”.
“¿A solas?” – la táctica de Julianne de pronto asumía un doblez cáustico.
“Mi amigo es mudo – la sonrisa se le hizo ancha al percibir la estocada en el blanco – Prefiero dedicarle toda mi atención”.
Ni siquiera tuvo que apresurarse a colgar. Ella quedó bruscamente atrapada en el fastidio porque el corte fue abrupto.

“No es tan importante que se entere o no se entere – Arata no refutó – pero no quiero desatarle el instinto porque agazapada detrás de Florence Nightingale está la amante abnegada que confía en la sabiduría de los facultativos”– la risotada de desprecio incomodó a Arata.
“Alguien vendrá a ponerle nombre a esta amistad que cultivamos usted y yo.  Alguien que tiene que justificar que sirve para algo más que para acostarse con su asistente en las guardias nocturnas’”.

(¿Quién sino Hamlet pretende discriminarse de su entorno, mostrándose alienado y peculiar? cabe preguntarnos qué es una significación sino un haz indefinido de remisiones a otra cosa…)

Estaba atareado en la cocina con el guiso de verduras y cordero – siempre había sido un anfitrión de exquisita gentileza – cuando sonó repetidamente el timbre a compás estremecido trasluciendo un texto subterráneo. En ráfagas de ímpetu diverso, el texto disipaba y alternaba.
“Parece un atractor extraño.”
Arata lo escuchó con gesto resignado.
Cuando  dejó de sonar sin pena ni gloria  Aka ya estaba espiando por la mirilla.
“Esperaba que fuese Julianne. Nunca abandona una batalla sin resolver quién será el primer caído.”  

(Reformulación polémica: ¿Quién sino Hamlet pretende de su entorno peculiar y alienado una significación?)

El ojo de Arata fijado en la escritura, con el reto en la mirada, estimuló la explicación.
“Es parte de los disparates que escribo en mis nuits blanches, como dicen los franchutes.
Purísimas todas salvo que cuente con Julianne o algún alcohol amigo”. – rió nervioso.
Era curioso verlo moverse tan ágilmente a pesar del peso en la mirada.
“Sus escritos Akamura, siguen desflecaos. – Arata siempre había sido porfiado. E ingenioso, porque abundó – porque usté no aplica la ley del contrapunto” Encendió un negro y esta vez ofreció.
“¿Escuchó alguna vez una payada? Una guitarra le habla a la otra al hacerse una con su payador. Y pa’ el payador,  la guitarra es como una hembra  – escupió una hilachita de tabaco –  ahora eso si, el payador no se lleva la guitarra a la cama” – relojeó de soslayo los escritos y agregó – “Mientras que usté se embrolla el seso dando vuelta su nombre de abajo pa’ arriba Aka…sud…Sud…Aka o lo que sea… y se me hace el criollo vivo pa’  la originalidá  –  hizo el gesto inevitable hamacando pulgar e índice frente a sus ojos – ¿A dónde manda al Mura? Porque si jodemos con la lengua, Akamura, jodamos bien completo ¿Le gusta bailar con las palabras?
Bueno, viejo, eso no es gratis: ése es el principio y, espero que no el fin,  de todo el bolaceo suyo con decir o no decir.  O con decir que no quiere decir nada  porque no vale la pena que lo diga”.
Creó suspenso con una pausa demorada.
“Akamura, tanto trincarse mujeres imaginarias a troche y moche me lo está acojonando. Saque la guitarra pa’ la milonga, mándese un contrapunto, juéguese esas bolas que ya deben ser peludas y amure el Mura en algún lao”.
Marcó la salida no sin antes detenerse para rematar: “Colijo que la doña va a volver. Y que va a ser mejor que le abra. No sé. Se me hace ¿Vio?”
Se fue cantando bajito. …”Percanta que me amuraste…”

Salió dejando la puerta entreabierta.

Aka se quedo mirando la olla de guiso hirviente que no comería nadie.

“Si, es claro. Escribir hasta que duela.  La palabra en el cuerpo como el pathètikoi  y a joderse.  Si hay que matar que sea hablando. ¡Basta, basta de revolver la entraña!”. Se desmoronó sobre una silla.
“A recuperar la furia, entonces, porque los sonidos que me acosan son ángeles sombríos, con sus alas de murciélago y sus risas vibratorias. Me arrullan en el lugar del amor a la muerte, para atraerme al delirio de la divinidad. Y allí es donde tal vez me aguarde la verdad. Pero ese allí es también….. el después de todo”.
Necesitó tanto que no supo que era. Pero tenía ajenjo en alguna parte. Y la locura acaso sea lo único que podemos elegir. Abrió la añeja botella robada en un viejo almacén ante la connivencia silenciosa de una españolita guapa y como él, harta de esa subsistencia escuálida en la nada de quien buscó un paraíso terrenal.
Amanecía y le dolieron los ojos en la luz repentina. Llovía, tal vez. Era tan dulce el sonido de lo incorpóreo que podía ser agua o brisa. Los ojos se le cerraron imaginando que no estaban solos.  Entró Julianne luego de dar dos golpes delicados a la puerta entreabierta.

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“¿Y  tu amigo?” –  suplicó en trémolo la voz de ella que suspiró con ímpetu.
“Ya se fue.”
Se sentó en la cama, traspirando como siempre que veía la luz, afiebrado en honor a todo lo que vive,  y pensó que algo iba a soltarse y caer al vacío. Hubo una ruptura insospechada. Se miraron.
“¿Me estás ocultando algo?”
Julianne estaba perdiéndose…  irremediablemente.
¿Será por eso que volvió a suspirar como si necesitara de un oxígeno más puro? – “Gustavo, me estás tratando muy mal.”
“Julianne, estoy muy borracho y confundido. No puedo hacerme cargo de lo que diga. Va a ser mejor que hablemos mañana, cuando pueda coordinar mis pensamientos.”
Ella no estaba dispuesta a transar. “Esta vez el tiempo y la angustia y la necesidad son míos. Puedo tolerarte cualquier cosa menos la mentira. No es como te conocí, no es como te acepto.”
“No hay otra, si eso te preocupa”
Julianne rió rayana en la locura. “¡Por Dios! Siempre hubo otra.  Real o imaginaria, siempre hay una mujer perfecta entre nosotros. Sería honesto de tu parte que lo admitas”.
Aka sintió que una inmensa compasión teñida de odio lo inundaba. “No quiero herirte, Julianne, te respeto demasiado como para eso.”
“Mentira” –  ella le gritó por primera vez desde que se conocieron. Acaso sollozó, pero él no lo advertía.
“Nunca estuve hecha a la medida de tus sueños”.
Se le acercó y le rozó los labios liberando otro suspiro por entre los dientes.
“Y cuando me di cuenta el mundo entero me empezó a dar asco, amigo mío” –  le entregó un sobre cerrado.
“Esto es tuyo”.
Salió por la puerta entreabierta al desconsuelo y la cerró sin estrépito.

Carta blanca

Rescató el sobre de entre sus notas de vigilia. Lo deslizó con cuidado entre los dedos sudorosos antes de abrirlo. El crujido del papel en las manos le causó un titubeo.
Era tan ingenuamente blanco, se le entregaba  tan desnudo, como esperando una caricia que tal vez él sería incapaz de dar.
Le recordó la piel de Mariana cuando desfallecía de tersura con su tacto, alisándose más allá de lo posible, expandiéndose en un lienzo de amor inabarcable, toda ella un universo expectante donde cada marca sería una huella para siempre.
Se preguntó si cabría abrirlo con cuchillo o rasgarlo él mismo con los dedos.
El trazo irritado de Julianne impreso en su nombre escrito en la cara del sobre lo predispuso a afrontar las honduras de una mujer desairada, ese enigma que ningún hombre logró descubrir nunca.
Había, sin embargo, algo más que reparos en su inquietud. Tenía la emoción ambigua de querer  protegerlo de sí  a la vez que indagarlo en todos sus sentidos.
Examinó el reverso para ver si podría despegar la solapa sin romperlo. Una absurda necesidad inexplicable  le hizo pensar que querría conservarlo.  Sopesó el contenido ya que era abultado y excedía el tamaño carta. Tanteó la superficie para imaginar que había dentro. Se acercó a la ventana para oponerlo a un haz radiante que se entrometía a través de un visillo. El sobre contenía otro sobre más pequeño.
Ya podía decidir algo: no tenía mayor importancia cómo lo abriese. El enigma estaba resguardado.
Al abrirse, el sobre mayor también dejó caer una nota doblada al medio con la impronta de Julianne en el texto nervioso. Parte del papel había sufrido la herida del cuchillo, pero Aka reunió los fragmentos para leerlo completo.

Jamás imaginé que tendría que entregarte esto así. Hoy  24 de febrero, día en que obviamente decidiste no volver al  trabajo, recibí una nota del correo para recoger una correspondencia certificada a tu nombre y a mi cargo. Nunca sabré por qué llegó a mi casa y no a la tuya. Es de la Embajada del Japón. Por eso te llamé a la noche pero estabas cenando con “tu amigo” y no me quisiste recibir. Por eso toqué el timbre hasta cansarme y después de un rato me sentí tan estúpida que lo último que quería era verte la cara. No me merezco lo que me hiciste. Pero al fin, mi decencia pudo más que tu indiferencia. Me imagino que es algo importante.

Adiós

           Julianne. 

Se sentó demudado a tomar aliento. Inclinó la cabeza entre las manos. Se le partía de dolor.
“No. No. No.” – balbuceó sin proponérselo. La letra desarmándose en el trayecto hasta rematar en una  firma temblorosa lo afectó más de lo que podía tolerar.
Tomó el otro sobre con desgano. El remitente tenía por todo dato un sello y la leyenda Embajada del Japón, Sección Consular  y una dirección en un barrio elegante de París.  Lo puso a un lado sin abrirlo. No confiaba en que le trajese una buena noticia.

………………………………………………………………

Durante toda la semana siguiente fue él quien tuvo que insistir con el teléfono. Julianne no contestaba las llamadas y el contestador automático estaba desconectado ¿Se habría mudado?
Aka sentía emociones encontradas. Sabía que tenía que ser él quien diera el primer paso y al mismo tiempo  sentía el alivio de no tener que hablarle. No sabría qué decirle ni cómo iniciar una conversación.
Había sopesado la posibilidad de ir hasta la tienda donde ella trabajaba, pero no se sentía seguro de querer reiniciar el contacto personalmente. Tampoco comprendía a ciencia cierta  por qué un encuentro  posible le auguraba un riesgo.
Entonces comprendió que tal vez el no ver más a Julianne significaba tener que afrontar una nueva pérdida.
Decidió – “Cobardemente” – que lo mejor sería usar la misma vía de comunicación. Buscó papel y lapicera para escribirle, al menos en estilo decente, una carta dándole explicaciones.
Estuvo detenido frente a la hoja en blanco mirándola implorar por un texto de reparación largas horas de distintos días. La imprecisión de los múltiples borradores, la insustancialidad de las palabras huecas, lo confrontaron con lo que siempre había presentido: nunca supo, desde el momento mismo en que la atracción carnal lo acercó a Julianne, por qué y para qué la había conquistado.
Se sintió tan ruin como en aquellos días en que no le respondía el teléfono a sabiendas de que la desesperaba.
“Tal vez sea mejor así. Tal vez tendría que haberlo hecho yo antes. Nunca la preservé de mi furia contra el mundo.” – se le humedeció la mirada – “Hice de ella una víctima sistemática de mi solipsismo”
Le sobrevino un abatimiento irremontable.
“Tanto prometerme la curación, tanto delirio de normalidad, tanto intento de dejarme fluir en una vida más humana sólo sirvieron para convertir a un ser inocente de toda malicia en un despojo de lamento. Soy una basura”.
Apagó la lámpara de la mesa de noche y, curiosamente, entró en el sueño sin necesitar alcohol.

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