SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

 

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

Gracia plena

Un sonido como de música interrumpió la noche espesa: parecía el aliento nómade de un flautista cabalgando sobre la melodía.
“¿Quién me habla?” – preguntó.                                                                                Nadie supo contestarle. Los dioses se hicieron necesarios. Pero los dioses no responden a las invocaciones. Sólo  atienden a la causa de la naturaleza.
Cuando la obscuridad reclamó luz Aka las vio aparecer deslizándose como sobre agua. No pudo contarlas. Acaso fueran cien. Había sí, cien linternas de papel ingresando al mundo por puro mérito de luz.
Él era todo ojos entregándose al milagro como un niño hambriento de poesía.
Le pareció que las linternas diseñaban una pirámide. Pero hoy no podría defender esa memoria.
Se mantuvieron inmóviles,  ellas y sus luces,  en el lugar que habían encontrado.  Ese lugar de sí que él tanto anhelaba.
Comenzaron a hablar. Cada palabra se materializaba en ideograma. Tenían altura, espesor y forma. Bujinga. Y todas las letras de todas las lenguas se tejían en el lienzo universal de las ideas.  Jugaban y bailaban como sólo  la belleza abstracta puede hacerlo con sus dones.
El eco de los haces vibratorios refractaba destellos en el ámbito oscuro. Contaban todas ellas una historia. Cuando la historia se extinguía, la luz del candil se entregaba a la muerte dulcemente, como una virgen a su dueño. Fueron cien historias en total.  Cuando estaba por culminar la última, una voz se hizo protagonista.

Aparecerá el espectro que invocaste, Akamura, cuando sólo eras un proyecto entre las constelaciones”.

La pirámide de luz permanecía,  aún cuando las luces habían dicho su adiós de despedida.
Las mujeres eran ahora volúmenes de bruma. La voz reverberaba en eco.  Era Sayuri. La mujer que lo alumbró. Era ella como él nunca la había conocido.

Son ellas, las anunciadas”.

Glissàndoglissàndo, decía el aire en un soplo.  La figura venía sobre una yegua joven.  El kimono de seda frágil como un papiro cambiaba de tonalidad bajo el tenue arco de luces filtradas entre las tinieblas. La mujer sentada sobre el lomo del animal tenía la cabeza graciosamente inclinada. Su perfil ladeado montando a la manera femenina resaltaba la suave onda de la espalda,  insinuando el nacimiento de alas ocultas entre los pliegues de un velo.
Dos manos pequeñas como colibríes conducían diestramente asiendo a la yegua por las crines rubias. El arco de las cejas sostenía una frente joven y combada, iridiscente, sabia.
Sayuri desmontó sin hacer ruido. Sin sostener al animal, que se mantuvo inmóvil con la cabeza alzada,  le habló:

Tengo algo que  decirte”.

Su voz era casi inaudible.

Y algo que revelarte

Se le acercó y lo miró fijamente. Aka no se atrevió a moverse.

Me han permitido venir por una única vez.
 Y no me fue otorgado más que este instante

Su voz no transmitía emoción alguna. No obstante el sonido era tan sereno como la canción de cuna de los ruiseñores. Aka veía  a su madre con su rostro de niña. La graciosa curvatura de los labios frescos separándose al hablar sin tensión alguna hacía de ella una figura misteriosa y tenue, una emanación de un lienzo de Leonardo. Vaporosa, lumínica, diseñada con el factor sagrado de la materia.

         “El hecho de que te haya concebido como a una criatura de la luz me confirió esta gracia. Uniste lo mejor de tus padres al nacer y
así lo manifesté ante el Tribunal. Por eso estoy aquí
”.

Hubo una pausa que fue también la eternidad.

                              “Ahora debo revelarte el enigma que tus ojos ya están preparados para ver”.

Alzó  la mano derecha en un aleteo ágil y señaló hacia el fondo del recinto.

Se  manifestará cuando me haya ido. Debes recordarlo porque
aparecerá tan solo una vez
”.

Aka habló, finalmente:

  “Madre, mi alma está triste hasta la muerte

Vine por eso. Aquí, nadie te mirará a los ojos.
Parecerá que te ven. Nadie podrá hacerlo aunque se esfuerce.
Parecerá que te hablan. Nadie te comunicará nada.
Parecerá que te escuchan. Nadie te oirá.
Debes seguir buscando. Sólo eso hay

Ella  extendió el terciopelo de su cabellera hasta los pies envolviéndose los hombros con ese lustroso velo negro que interrumpía la nitidez de las imágenes.
El rostro también se le ennegreció a la par con la fina seda del vestido. Reclinó la facies nigris  hacia el pecho y señaló el centro con el índice sin rozarlo.
El corazón se le encendió como un candil, y onduló la luz,  elevándose y sosegándose,  curvándose y dilatándose,  al latir de la respiración. Linterna de magia toda ella, lámpara negra de pura luz central,  lo miró con ojos encendidos de piedra ámbar y habló sólo una vez más

Cuando tu Sol y tu Luna celebren su matrimonio sagrado oirás la octava.
Adiós

El manto del cabello cubrió la superficie a contemplar. Ella toda se hizo manto a medida que la luz languidecía.

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 Fantasía Impromptu

Julianne,

El tiempo que demoré en escribirte no se debe a desinterés alguno de mi parte. Es sólo que no encontraba las palabras justas para hacerte saber cuánto me duele el haberte herido.
Te doy la razón por todos tus reclamos. Tu nobleza y tu integridad no merecen mi maltrato. Soy yo el que no está a la altura de tu generosidad y de tu cariño incondicional.
Nunca te engañé al hacerte saber que soy un tipo difícil y poco apreciable. El error más grande que cometí no es el haberte sido infiel con nadie sino el haber sido desleal.  Lamentándome no voy a lograr repararlo.
Amiga mía, no puedo ofrecerte más que mi desolación por haberte lastimado y la llave de mi casa. Cuando consideres que podremos hablar sin causarte aflicción te pido encarecidamente que vengas a verme.
Espero no haber herido tu corazón al punto de hacerte sentir que  hay alguna responsabilidad de tu parte en esta ruptura.
Soy yo quien tiene la culpa. Te pido perdón con toda  honestidad.
Con la misma honestidad  te  deseo lo mejor para tu vida de mujer cabal, decidas lo que decidas.

Te abraza emocionado.

Aka.

Las lágrimas en caudal de Julianne formaron un cauce serpenteado sobre el papel amarillo. Le pareció ver en la vieja llave verdosa que detenía al río irreverente de su pena el símbolo de un romance nacido muerto. El verla dormir sobre las letras borroneadas como a un niño en su cuna hizo más inconsolable el llanto.
Se sentó sobre la valija recién llegada de la fuga que la frustración y el encono habían llevado a la casa de su amiga en L’Alsace. Había soñado que la distancia y el tiempo pondrían fin a su amor descontrolado para abrirle un destino que le ofreciese calma.
Demudada de incertidumbre, se apoyó sobre la pared del vestíbulo enfrentada al espejo. Advirtió por primera vez  el ceño huraño que la quietud del bosque no había logrado borrar.
“Tiene razón. La vida no es como uno la sueña. No hay modo de escaparle al corazón.”
Salió corriendo hacia el métro con la carterita marrón apretada al pecho como temiendo que alguien le robara el tesoro hecho carta que llevaba dentro.

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De cultu feminarum

Aka se volvió lentamente  hacia el lugar señalado por Sayuri.
El  cuerpo le pedía que la revelación se demorara. Recordó  a sus precursores, quemados en la hoguera del silenciamiento, recordó la mona hieroglífica del divino Giordano y la escalera de Durero donde el sentido no pierde escalones porque sólo asciende a la verdad. Tiempo, pedía la razón en el grado cero del extrañamiento.
Le dolió el costado. No había goce en ese sufrimiento. Sólo aceptación.
Recordó al arquetipo de su madre contemplándolo. Y confió. Y se entregó a lo que tuviera que suceder.
Aka se mantuvo inmóvil sin saber si no podía o no quería moverse.
Sobre el lustre de alquitrán se dibujaron los ideogramas de su nombre en tinta color sangre. Pronunció, consternado por la revelación, el último de los sentidos de la cifra primordial con la que se lo había bautizado:

Akamura: bosque sagrado de la aldea roja.

Avanzó cauto hacia la escritura para poder rozarla con la superficie de la mano extendida,  buscando intimar con el milagro. El manto se corrió llevando consigo el nombre arcano que le había sido dado. Y abrió paso a otra visión. La de los estragos tan temidos.
El mundo se hizo uno en ser partícula del universo. Los negativos de sus muertos aparecieron ante sus ojos,  estampados en las montañas como un designio grabado por el escalpelo de la eternidad. Las imágenes se resolvían en diseños convexos arrancados al corazón de la piedra como preservando la memoria infinita de una mente única que acaso fecunde a la razón humana.
Sintió el tardo andar de Arata a sus espaldas. Como aquél día, en el Sud. Bahía del silencio. Los dos mirando las vertientes de montaña abrazarse sin sonido alguno, sin otra seña que un paisaje mudo. Los dos invisibles al bosque y al agua, ocupados en no perturbar la perfección, respirando apenas para no interrumpir el don, para  prolongar el derecho de haber conocido el paraíso.  Ellos  mismos elementales como las piedras que pisaban descalzos para entregar algo propio a la inmensidad.
Como entonces las lágrimas hablaron, silentes, indescifrables,  como ese agua sin voz que guarda un secreto que quizá no nos esté dado vislumbrar.

Señal de auxilio 

Había estado jugando distraídamente con el sobre en la mano. Estaba a punto de abrirlo cuando salió casi sin proponérselo, con la excusa de leerlo en un parque para afrontar una potencial mala noticia respirando aire puro.
En el trayecto hacia ninguna parte decidió que iría a la embajada directamente. La duda se hizo ominosa y lo detuvo. ¿Le esperaría algún problema burocrático para ensombrecerle más su nueva vida de soledad total?
Juntó fuerzas para abrirlo sentado en la quietud del parque. El sol teñía de blanco las copas de los árboles ancianos. Una cascadita artificial concurría con el canto de los pájaros.
El contenido era otro sobre a su nombre con la dirección de Julianne impresos y sin remitente.
Guardaba solamente una tarjeta con la reproducción de los zapatos de Van Gogh. En el reverso había  pegada una foto de Puppi joven y gloriosa con un nene chiquito en brazos.
Acercó la vista a la foto. Era demasiado pequeña como para distinguir los rasgos del chico. Sólo el pelo azabache y rebelado en una cresta graciosa le daba carácter a la imagen.
Leyó la nota escrita con mano cuidadosa:

A cualquier hora de cualquier día

Seguida de un número de teléfono de Buenos Aires.
Dio vuelta la tarjeta para contemplarla a la luz de ese sol demiurgo y de sus emociones intranquilas como el pelo del chico.
Miró detenidamente los zapatos. Solos y desamparados y polifónicos como el grito del pincel de Vincent. Y fue todo él lienzo de esa imagen y lloró la desdicha de su hermano como ante una tumba abierta. Se sintió,  de algún modo,  acompañado en la muerte que vivimos cada día.

Ibas  obscura sola sub nocte per umbram…………

Cuando Julianne llegó a la casa de Aka no se atrevió a usar la llave. Esperó en la escalera como cuando llegaba a clase temprano y  el timbre de entrada aún no había sonado.
Finalmente tocó el timbre y aguardó con el corazón hecho un pañuelo empapado. No hubo respuesta. Abrió.
El departamento estaba casi vacío.  Sólo quedaban la computadora, los libros y apuntes desperdigados en los anaqueles de la cocina y sobre la mesa. Dentro del ropero había una bolsa de residuos negra con ropa vieja. La heladera abierta goteaba los últimos resabios de hielo en el congelador. El teléfono no tenía línea.
Se sentó.sobre la cama para inaugurar el nuevo llanto. Supo en ese mismo instante que no lo vería más.

                                                                      Nostoi

La Bahía del Silencio estaba en todas partes. Así lo entendió. Así lo necesitó.
Y desde esa dimensión, decidió que debía animarse a lo profano respondiéndole  a lo humano.
Y el cuerpo de Aka voló  por esa ciudad prostibularia y hechicera que lo había apasionado como una amante insaciable y entró a una cabina telefónica y mirando las monedas como a revelaciones las insertó una a una,  y las dejó caer, innumerables, como a un torrente de determinación y llamó a Buenos Aires y al escuchar la voz del otro lado,  regresó.

                

Segunda
Parte

 

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