SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

Una nueva zozobra apoyada en los despojos de lo familiar desconocido –
“Soy sólo y puro unheimlich” – lo arrojó a Puppi.
Necesitaba tener en carne propia todo lo que ella le estaba regalando. Necesitaba verla y respirarla.
Estar.
Estar con ese alguien que es un otro en el cual nos encontramos a nosotros mismos.
Corrió para alcanzar el subte al centro. El violín seguía diseñando la escena de la Virtud que acababa de presenciar.
“Voy a preguntarle si soy dañino. Si se entiende que cuando los encuentro – se sorprendió al pensar a Puppi en un plural que incluía a Iván – se nota que no escapo de mi soledad sino que me siento unido.  Si hay algo bueno que les dejo después de cada despedida.”

Se adormeció con el vaivén de cuna del vagón. Tanta era el ansia que la química del cuerpo lo hipnotizaba, amparándolo de la intemperancia. No quería volver a la catástrofe. Quería preservarse y preservarlos. Este viaje era una oportunidad. Iba a ser honesto evitando ser hiriente. Se lo prometió entre sueños, acaso la mejor forma de prometerse algo.
“¿Cómo se hace para no retroceder de la verdad sin tener que matarse ni matar,  Mariana?”.
El nombre lo despertó. Nunca soñó que era a ella a quien le había  hablado.
“No entregaste tu integridad, Mariana. Por eso, de algún modo, todos te abandonamos.
Tengo que decirle a Puppi que dejemos de dar vueltas alrededor del secreto como si fuésemos dos chicos descubriendo el mundo. Si no, podremos saber quiénes no somos pero nunca quiénes somos.
Llegó mi hora. Y si ella quiere, será la nuestra.”

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Antes de seguir camino, se sentó en un banco de plaza y tomó apuntes en una agenda del año anterior que había comprado de saldo en una librería de Corrientes y Callao. Buscó la fecha del día de su huida del mundo en el Bois de Boulogne y anotó:

“¿Cómo se hace, Georges, para negar al deseo porque se lo reconoce fragmentario, inacabado, infinito, herido de muerte en su intención de trascendencia? ¿Por qué se desdice al ser en la contingencia del existir?
¿Cómo decirle a Puppi que no quiero acostumbrarme a malacostumbrarme porque el amor quizás  sólo resiste la ausencia?
Sí, estoy en Buenos Aires ordenándome entre malos aires viciados de espejismos, montado en la lenidad de aceptar lo real que es también lo ilusorio.
Estoy simulando parecer y dejando de ser para ser con otros. Y para algún alguien de mí que desconozco.
¿Cómo se libra, Georges, esta bataille?

Guardó la agenda en el bolsillo del impermeable, se abotonó el cuello antes de partir.
Una súbita llovizna sucia tiñó el paisaje de gris.  Decidió andar bajo el velo de agua impura y fría hasta llegar a la Isla.
Caminaba escindido, sabiendo que a veces no hay sosiego ni respuestas. Caminaba, en suma, hacia su único destino.

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Puppi esperaba como una guerrera adiestrada para la batalla final. Bataille erótica y tanática,  gesta definitoria.
A veces se reconoce la hora.
A veces no se la imagina nunca.

“Ella es perceptiva. Y eso la hace fuerte. Una rival digna del duelo”.
Servía un par de tragos mientras lo esperaba. Puppi es de las que adivinan.
“¿Lo vas a tomar con hielo o con agua? Es del bueno”
Él prefirió no contestar sino con un gesto. Ella supo qué hacer. Le alcanzó un vaso de whisky que el cristal facetaba en destellos dorados. El agudo ardor de la bebida fue un gesto de noble estilo. Puppi sabía que cada momento tiene su aguardiente.
“No quiero que suceda lo peor,  pero siento que está por suceder”.
Chasqueó la lengua para sacudirse el impacto inicial del primer trago.
Y lo miró con sus ojos más profundos.
“Mariana es un fantasma indómito porque vivió una vida que excede al olvido. Ella pudo. Yo no.  Siento cierta complacencia al compararnos. Yo le puse el cuerpo al miedo. Ella mató al miedo con el cuerpo” – se detuvo para cambiar de aire.
“Es tan hermética para mí como para vos. Sólo que yo no siento culpa. Ni siquiera sé por qué. Hay un trazo muy fino entre la traición y la impotencia. Ella parecía poderlo todo. Yo era débil y lo sabía. Como sé ahora que sigo siéndolo. Recuerdo cómo fue todo en detalle. No voy a disculparme. Haría lo mismo hoy. No podría hacer otra cosa que la que hice.”

Cerró los ojos envolviéndose en la dulce incandescencia del alcohol. Las sombras del recuerdo perfilaban su rostro en contraluz en una imagen a punto de morir que era intolerablemente bella.
El arco de las cejas se acentuó alargando los párpados sedosos en una clausura sugerente de que jamás desearían abrirse sino permanecer en un reposo inmemorial.
Aka no pudo menos que amarla como nunca. Ella sintió ese deseo de amor eterno que agitó el sigiloso corazón de él. Y dejó caer las lágrimas que le trazaron íntimos surcos de honradez sobre la piel. Fugaz como ese amor sería todo,  de allí en más.
Así lo sintió ella y aceptó esa muerte permanente que es la vida en la cercanía de lo efímero.
Puppi mereció morir en ese instante; estaba tan hermosa.
Él la tocó para prolongar ese fragmento de infinitud vertical.
El roce de las pieles la alentó.
“Todo parece más vil cuando hay que decirlo. El recuerdo conserva una pureza que es irrecuperable cuando hablamos.”
Aka le rozó los labios con los dedos.
“Saporiti  estaba condenado por la pusilanimidad. Iba y venía, como tantos de nosotros, interpelando a los distintos modelos de horror posible. La Pisani estaba casada con un milico del que se separaba de a ratos, según el caso y la necesidad. Nunca se sabrá si era por oportunismo o miedo. O ambas cosas.”
Ella suspiró en busca de aliento.
A veces, los recuerdos tienen sangre.
“Yo estoy renunciando a devorarte, Gustavo. Y estoy  tan completada por la luz de mi renuncia que nada que nos digamos puede ser obsceno. Nada que tenga que confiarte, nada que tengas que demandar.”
Sacudió la cabeza para despejar un mechón que le cubría la cara.
“Los valientes encuentran la última verdad volcando los ojos hacia adentro; los cobardes la encontramos en el espejo de la mirada del que nos sostiene. Éste es mi límite. Preguntame lo que quieras. Adelante.”

Aka  se detuvo en sus pensamientos en la pausa.
“Prefiero que me cuentes” – Respiró hondo.
“Lo que me digas será la verdad”

“Yo no la denuncié. Pero la deslealtad estaba presente en el ansia que tenía de parecérmele. Si eso se llama traición,  confieso que la traicioné. Puse el cuerpo con cualquiera para no morir. Para no sentir que iba a terminar como la mayoría de nosotros negocié así mi vida. Puse una cama en el lugar del altar del sacrificio”
Completó ambos vasos hasta el borde.
“¿Qué importaba tener cuerpo entonces? ¿Qué vale el sentirlo cuando los cuerpos son sistemáticamente rotos para hacer de la libertad un despojo de pústulas hasta que la infección llegue al cerebro y quiebre la voluntad de existir?”
Tomó un sorbo profundo y apaciguador.
“Yo no soy una sobreviviente,  Gustavo. Soy una desaparecida más. Me sorprendo cuando soy vista. Será por eso que tus ojos me enamoran. Pero, al contrario de Mariana, no puedo celebrar mi muerte. Estoy viviendo esta vida muerta que es lo más parecido al infierno que se pueda imaginar.”
Le tocó una mano con firmeza.
“No me malentiendas, no quiero ni comprensión ni compasión.
Ésta es mi crónica sin interpretación forzada. Esta historia no se puede explicar sin caer en equívocos irreparables. Y ni siquiera te la cuento por nosotros sino por mí, porque se que me respetás.  Sos el único que me respeta. Me respetás más de lo que yo podría respetarme jamás.”

Ahíto  de perplejidad y luego de encenderse un negro que lo acercaba más al esfumarse en vida, Gustavo le preguntó si se animaba a llegar hasta el final.
La pregunta quedó colgada del ventilador de techo, dando vueltas por largo rato entre el aire refrescado.
Luego Puppi prosiguió:
“Un día apareció el Sapo y dijo el texto fatal: – Muchachos, al sistema desde el sistema. Me voy a infiltrar entre los milicos, me van a chupar y la voy a pasar moderadamente bien porque un amigo de Marta Rébora de Pisani que es un boga con contactos me va a cubrir ante los jefes de operativos. Me lo pide la causa. Lo siento acá –   y se tocó los huevos”.
Aka se acercó al bar y abrió una ginebra.
“Para mí con hielo”
Puppi estaba dúctil como nunca.
“Desde entonces el desmadre se hizo carne. Se corporizó como un efluvio que busca manifestarse  y  todo empezó a ser lo que fue de última, la verdad que acabó con cualquier ideal posible. Y ahí hay que reconocerle al Sapo la eficacia para demolerlo. Para ser tamaño hijo de una gran puta hay que animarse a  existir con todo.”
Una ventisca violentó una celosía y Puppi se agitó– el cuerpo siempre recuerda.
Aka preguntó con aliento comatoso:
“¿Qué dijo el Kabra de la propuesta del Sapo?”
“En realidad el Sapo hacia lo que él le mandaba. Como buen psicópata el Kabra nos hizo creer la historieta del debate dialéctico y superador. Pero su juego era convocar en horizontal y decidir en vertical.  Y  nosotros, que elegimos ver en cada compañero al Ché,  lo negábamos. Así que se adueñó de nuestra voluntad de ser la encarnación de la revolución pura y nos manipuló a todos de palabra y obra”.
A esta altura  Gustavo sintió que tal vez fuera él quien no podría llegar hasta el final.
Pero pensó que si no soportaba las palabras como alguna vez había aguantado el tormento ya  no se animaría nunca más a preguntar.
¿”Saporiti  se curtía a la Pisani no?”
“Si y se engrampó con el marido de ella en el negocio de chupar judíos ricos para sacarles todo. Facturaba desde dentro de Orletti como quien atiende un quiosco. Trabajaba con los quebrados y salían de razzia a marcar gente. Yo creo que el Kabra estaba entongado también, pero nunca lo pude confirmar”.
Decidieron sentarse junto a la ventana sin habérselo consultado.
Puppi hacía girar la bebida en el vaso vacío a medias.
“Mariana se enteró por el Kabra en una noche en que él le dijo estar de fuga.  Lo que sacamos en conclusión juntas es que estaba de frula. Ella me contó que Kabra estaba sacado, al fin y al cabo se supone que tiene sangre, aunque sea de reptil”
Aka sirvió otra vuelta. Ella bebió,  casi por obligación.
“Mariana tenía un padrastro judío y rico… ¿Vos  sabías?”
Aka negó con la cabeza.
“La piba se aterró,  vino a mí,  me pidió que la guardara hasta que pudiese hacer algo”
Se detuvo en una pausa que hundió a Aka en un mar de antracita.
Ella desvió la mirada.
“Era raro tenerla a mi disposición, indefensa, vulnerable, entregada a mí”.
Puppi sollozó sin reparos.
“La paralizaba la culpa de que el daño colateral de su militancia pudiera sufrirlo su familia”
Aka apuró el trago y mordisqueó el hielo resintiendo el impacto del frío en las encías.
“Yo me cebé en un juego de poder que nos mantuvo en vilo a las dos por varios días. No dije no, tampoco dije sí.  Me limité a ofrecerle una cama en el desván de la casaquinta de mis viejos por un tiempo. Ella estaba atormentada por la idea de alertar a su familia y convencerlos de que corrían peligro. No le iban a creer. Igual que mis padres, ellos estaban del lado de los que no se habían expuesto a nada. Se creían miembros del clan de los intocables. ”

La ráfaga se acentuó y rompió los cristales de la ventana. Aka revivió la escena de París y un estremecimiento le hizo temblar las manos.
Puppi llevó las suyas a la frente y se acodó en la mesa.
“Se me parte la cabeza.”
Salió corriendo al baño.
Aka oyó los vómitos cayendo en el inodoro. Tomó su impermeable y se fue.

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“Tenía razón,  tenía razón. No voy a resistir la verdad completa”.
Se le había destrozado todo. Como los cristales de París,  como los de Buenos Aires.
Oscilante como la ventisca fue su paso hacia ninguna parte. Extrañamente, extrañó a Piscator.
Pudo casi oler el hedor de su deterioro en el encierro criónico de la heladera del exilio.
“¿Cuánto resiste la materia entregada a un desierto de hielo?”

Caminaba como por sobre las rajas de una tierra convulsa por un terremoto. El asfalto se le abría  en las grietas amarillas de los cruces peatonales bajo la luz de neón de la avenida. Un sonido de matices ondulados se filtraba por entre los intersticios evocando una sinfonía submarina en sordina,  muelle y pertinaz en el pesado fluir de aguas profundas.
Confundió un cartelón publicitario de un auto iluminado en tonos fríos con una ballena azul, el espécimen inteligente de los océanos que se comunica en alfabeto Morse con los humanos.
Se detuvo frente a la imagen que le devolvía el rostro de su amigo pez piadoso y se dejó ganar por un llanto convulsivo que lo acercó a la idea de una trascendencia posible.
Gritó, desaforado, agitando los brazos en el aire.
“Te extraño, amigo mío”
El policía de ronda se acercó a detener a uno de los tantos borrachos que pululan por una ciudad hostil y licenciosa.
Aka no se resistió.

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El chillido telefónico de Puppi había estado insistiendo en el hotelucho por dos días.
A la mitad del  día tercero se arropó de cuerpo y alma y lo fue a ver.

La escena que Puppi contempló en el cuarto de Aka, previa perorata al gallego de la administración para convencerlo de que no era una cita de puta, merece el despliegue de un campo semántico opcional, a saber: desmesurada, siniestra, amenazante, numinosa, fantasmática y…
¿Por qué no, si elegimos una pasión femenina de coloratura escarlata, formidable?

Golpeó a la puerta de la habitación durante media hora sin que Aka le abriese. Se resignó a volver a la carga con el gallego hasta conseguir, relato patético mediante, que le diera una copia de la llave.
“Es mi amigo de toda la vida, señor, y no está bien de salud. A veces pierde el sentido…..tiene ataques como de……epilepsia”.
Funcionó. Con la policía se viene el mangazo para no declarar que la habilitación no está en regla y a continuación se vienen los inspectores y más coima a desembolsar.
Puppi se sintió excesivamente cansada al volver a subir los tres tramos de escalera. El peso del universo parecía habérsele acodado sobre la espalda. Recuperó el aliento y metió la llave rogando que la otra no estuviese en la cerradura.
Estaba.
Con la destreza de un detective,  hizo  suaves y empecinados giros hacia un lado y el otro, y logró que la llave puesta por dentro cayera.
Las persianas estaban bajas y la luz apagada. La tiniebla se interrumpía sólo por el contraluz proveniente de la puerta entreabierta del baño, filtrando el suave resplandor amarillento que se abría el paso desde la ventanita de ventilación.
Enfrentado a la pared opuesta a la cabecera de la cama, parado sobre las mesas de luz colocadas en el centro de la habitación estaba Aka, con las piernas abiertas hacia los lados, manteniendo un perfecto equilibrio de la tensión repartida entre ambas, con el cuerpo garboso desplegado en todo su vigor.
Casi desnudo, con una sábana envuelta a modo de quimono, los cabellos erizados hacia arriba como una cresta, extendía la mano izquierda hacia adelante con los dedos índice y segundo señalando rígidos la pared. Con el brazo derecho elevado a la altura del codo sostenía una cuchilla grande y curva, apuntándole al corazón.
Al adentrarse en la tiniebla, Puppi pudo observar una cosmogonía de signos de escritura japonesa pintados con aerosol carmín sobre el empapelado. La lata estaba tirada en el suelo y había manchado de borrones pardos una pequeña alfombra raída y sucia.
Aka miraba fijamente la escritura y permanecía estático y concentrado. Su frente denotaba una cierta tensión del pensamiento y tenía la boca semiabierta. Respiraba controlada y rítmicamente, como una madre a punto de parir.
Puppi se detuvo largamente antes de acercársele.
Por algún motivo que jamás pudo explicarse, por un instante le pareció que la cuchilla curva era una espada reluciente, adornada con piedras preciosas, paisajes grabados a pluma y sentencias inscritas en pictogramas.
Una persiana entreabierta filtraba ligeros haces de sol derramando una lluvia de agujas doradas. Un sahumerio quemando maderas aportaba la bruma aromática y seca que entornaba la figura de Aka haciéndola casi irreal.

Esperemos junto a Puppi el momento en que la sangre clame por discurso.
El resto es silencio.

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