SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

obscurum per obscurus

Tan demudada estaba ella que no se atrevió a moverse ni a hablar hasta que marcó el número del móvil de Iván y pudo oír una voz humana. Sentía que no podía tocar a Aka sin riesgo de interrumpir ese trance que parecía ideado como un ritual de purificación.
Por razones que no le había explicado, Iván había estado particularmente esquivo en las dos semanas anteriores.
La relación de tres parecía haber alcanzado un détente irreversible.
Los impactos emocionales ya no chisporroteaban como estrellas fugaces en choque; parecían haber entrado en un repliegue anterior a una nueva revolución sideral.
Sin pronóstico ni motivación visible, sus respectivos desplazamientos habían entrado en órbitas alejadas que iban ganando en distancia.

Iván relativizó el relato alarmante de su madre recomendando que lo dejara solo y volviese a su casa desde donde podría insistir con el teléfono hasta que Aka respondiera.
Puppi vivió esa respuesta como un abandono, casi una traición.
“Te necesito aquí conmigo, Iván. Nunca te pido nada. Ésto es grave”
Hubo una pausa larguísima desde el otro lado.
Ella no supo si debía seguir pidiendo.
Estaba atrapada entre la desazón y el orgullo.
“¿Te parece que pueda haberse vuelto loco….o algo así?”
La voz de Iván se quebró hacia el final.
“No sé. De verdad no puedo discernir nada estando sola”.
Se oyó una suerte de chasquido.
“Voy para allá”.

Un rumor leve en el pasillo la sobresaltó. Se aproximó cauta al umbral: la puerta de la habitación se cerró de un golpe con ambas llaves dentro.
Puppi corrió escaleras abajo, llorando como una niña. Le faltó coraje para hablar con el portero, que dormitaba frente a un televisor encendido.
Salió a la puerta y se refugió bajo un naranjo en flor. Esperó a Iván temblando de impotencia y de miedo. No advirtió que Aka había salido furtivo, envuelto en su impermeable gris.
Lo encontraron bajo la lluvia violácea de los jacarandáes de Plaza San Martín. Una prematura sudestada había desatado torrentes y la promesa del verano antes de sellar el pacto con la primavera.
Estaba aterido bajo su impermeable de trinchera, dejándose mojar por la lluvia dulce y pegajosa de las flores que antes de morir rozaban su piel expuesta. Miraba tan fijamente como antes la pared una corteza de árbol cancerosa y obstinada en sobrevivir.
Se le sentaron a los lados. Habló él.
“Estuve escrutando el lugar de mi centro. Corroborando que fondo y forma son la misma cosa o que nada es. Que sólo cuando sepamos que no hay jerarquías sino funciones seremos humanos. Con lo cual se puede afirmar sin traición ni mentira que la sopa de faisán del rey es el rey.”
Iván le tomó la mano que estaba de su lado con firmeza.
“Mi reino por un caballo” –  susurró.
“Padre, aquí estoy”.
Los tres se estremecieron.
“Y estoy porque elegí ser tu hijo”
Encendió un negro y se lo puso en la boca a Aka.
“Ya entendí lo que viniste a decirme. Alguna vez, sin buscarnos, nos encontraremos”.
Se levantó y se fue y como era la costumbre del impermeable de su padre, el suyo también desplegó alas al viento.

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Ella  lloró mucho y él lloró más. No cabe hacer conjeturas sobre si entrambos podrían haber detenido la historia pasada en algún punto de clausura. Porque las historias siempre quedan abiertas y sólo se detienen a reflexionar.
Se quedarían los dos, teniéndose, para descubrir qué tenían.
Fueron juntos al refugio de Tigre,  donde sólo la avidez de los mosquitos molesta a veces.
Un lugar donde el tiempo es lo que es se hace necesario en estos casos.

Cada noche observaban juntos la inmutable decisión de existir de las estrellas. Comían, dormían, se bañaban, se amaban en silencio.
“Me hace bien estar callada” era la letanía de Puppi cuando el vino le chispeaba en los ojos y en el corazón.
Un día el sol abrió la puerta de la primavera. Estaban en la silla hamaca, meciéndose, dejándose sentir.
“Ella necesitaba que yo resolviera algo. Lo único que pude ser es lo que fui y soy: pusilánime. Le dije que yo también estaba exponiendo a mis padres. Que yo también tenía pánico por ellos”.
Miró el vuelo rasante de las gaviotas sobre el agua turbulenta resolverse a remontar altura con grácil rapidez.
“Mientras tanto, para quedar bien con el diablo jugando a que le respondía a Dios, el  Sapo se hizo fabricar por uno de los quebrados de Orletti una libretita apócrifa de direcciones y nombres verdaderos. Eligió, a dedo, a quién entregar y a quién salvar. Como era la costumbre de la época.
A mí me dejó de lado porque siempre tuvo ese temor reverencial por el linaje que tienen algunos peronistas y actuó en consecuencia.
Mariana lo arriesgó todo por salvar a la familia. En el momento más candente de los operativos se refugió en la casa de campo de la madre y cuando estaban preparando la huida los chuparon a todos”.
Cerró los ojos para defenderlos de los rayos tornasolados del poniente.
“A esa altura el Kabra estaba negociando el exilio con Galimba y todos los “nenes” de la “orga” con almas de entregador.
Al Sapo le pasó lo que a todo idiota útil. Lo largaron para que triunfara por una semana haciendo cuentas con su mordida del botín y una noche lo bajaron de dos tiros en el cráneo en un callejón a la vuelta de su casa.
Para entonces, vos estabas liberado por perejil, Mariana probablemente muerta en la tortura y la familia trasladada a un vuelo de la muerte. No la mataron sólo por la fortuna que le sacaron al padrastro. Mariana fue una mujer de pensamiento irreductible”.

Tomó un cigarrillo del bolsillo superior de la camisa de Aka, lo encendió, dio una pitada y lo puso en los labios de él.

“La Pisani enviudó y anda dando vueltas por ahí con un pendejo golpeador que le roba la plata que robó el marido.
Cuando denunciaron a Pisani en el Juicio dando pormenores de sus atrocidades el tipo tuvo la decencia de reventar de un infarto. Lo cual,  viniendo de un milico, es casi un milagro de santidad”.
Aka nunca más preguntó nada.
“Hoy es un día para amar a Van Gogh” –   dijo él.
Y se amaron. Se amaron igual.

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Nostoi para una sola

(el regreso virtual)

Fue la primera vez en la historia de la meteorología metodológicamente observada que se comprobó que el pampero también sopla al revés.
A una inexplicable velocidad que superó los quinientos kilómetros horarios surcó el Atlántico como Juracán electrizado y después de provocar un tifón en la desembocadura del Sena montó su cauce sin perder vigor ni objetivo y azotó L’Île-de-France desflorando bosques y volando tejados como sombreros mal puestos.
No sólo Julianne tuvo que refugiarse aterrada en la mísera cueva de su amante lejano, lugar al que había llegado con el mismo propósito que la llevaba todos los días a subir a la misma hora los cinco tediosos tramos de escalera.
Habitantes y visitantes de la ciudad toda permanecieron recluidos por diez días consecutivos hasta que todos, autoridades, citadinos y turistas salieron cautamente del encierro para contemplar el desecho.
Miles de ancianos murieron infartados y tanto hospitales como asilos tuvieron que recurrir a guardias de emergencia para atender pacientes psicológicamente perturbados y físicamente heridos por la calamidad.
Durante varias semanas siguientes nadie se atrevió ni a concurrir a su trabajo ni a sus lugares de estudio, ni mucho menos a usar un auto o abordar vehículos de transporte público: vivían horrorizados por la idea de morir volando dentro de un improvisado misil a merced de un huracán.
Europa toda declaró el estado de emergencia civil y Washington  evaluaba el decretar el estado de sitio global mientras enviaba un contingente de tropas de elite a L’Île-de-Ré,  para  invadir la capital, Saint-Martin,  bautizada con idéntico patronímico al del héroe argentino de la independencia latinoamericana, subversivo carbonario ideológicamente formado en el iluminismo masón, según precisos informes de los agentes de inteligencia del Gran País del Norte.
Revelado el informe, la residencia de Boulogne-sur-Mer, donde el libertador sudamericano terminara sus días en exilio voluntario, fue vandalizada por un grupo de chauvinistas munidos de bombas de estruendo y de alquitrán que con certera ira agregaron daño humano al daño natural. La augusta morada quedó patéticamente carnavalizada por las manchas y el repudio.
No faltaron xenófobos franceses que pidieran la deportación de los residentes argentinos en el país, propuesta que lo más radicales extendieron a todos los sudamericanos – presumiblemente por ignorar la procedencia autóctona del viento iracundo – mientras xenófobos de otros países europeos comenzaron a marchar para pedir la expulsión de los franceses de cualquier país de Europa.

La confusión de las mentes y la torpeza en el uso del esquema corporal de las personas se fue agravando urbe et orbi–con claras variables de mayor intensidad en los conglomerados urbanos–hasta el punto de que las autoridades sanitarias de los países científicamente avanzados acuñaron un término que describía el fenómeno con cierta justeza llamándolo “síndrome de disipación irreversible”.
Apresurándose a organizar simposios y debates donde la polémica despertó inusitadas violencias, los sanitaristas franceses impusieron el término elegido por sus propios científicos, arrogándose, juntamente con el padecimiento original de la tragedia, la especificidad de su descripción. Lo llamaron  “catástrofe de bifurcación pancinética.”

A la sazón, la Cruz Roja internacional organizaba equipos de rescate y grupos de prevención meteorológica mientras solicitaba, con magro éxito, fondos suplementarios a los ministerios de economía de los países enriquecidos por centurias de invasión y dominio.

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                                                     actio in distants

Dadas así las cosas, Julianne se entregó con su habitual sensatez a lo que podría considerarse su más vigoroso operativo de reivindicación histórica.
Nunca había comido en casa de Aka desde su partida así que no llevaba un control estricto de los víveres en existencia.
Abrió la alacena y encontró una cantidad de latas suficientes para una supervivencia frugal. En cierto modo se alegró pues la ansiedad de la sentida ausencia le había redondeado en exceso las caderas.
La aversión al tufo con el que la corta estadía de Piscator había saturado al refrigerador abortó todo impulso de explorar la heladera. Como consuelo, abrió, golosa, una lata de pasta de almendras con chocolate prometiéndose no ingerir otra cosa hasta el día siguiente, y como una niña que descubre la literatura en un cuento de hadas, volvió a los apuntes que frecuentaba desde la ida de Aka, los cuales venían siendo prolijamente organizados por tópicos y nombres de personajes.

Encendió la computadora y copió, bajo el título de:

Tema de Puppi

Establecer un vínculo entre lo que recuerdo de Puppi :

*antes del exilio
*cuando regresé para el entierro de Mamáy supe de ella de oídas.
*mi impresión de ella después de verla 

Diálogos con Puppi antes de mi exilio:

Puppi: Nunca hiciste nada por conveniencia. Siempre todo por amor: sos insoportable, Ponja. ¿Sabés que pienso hacer? Me voy a privar de vos. Corro el peligro de que me contamines. Y  ya sé la vida espantosa que me espera si te sigo. Y si de algo estoy segura es que esa vida no la quiero para mí. Así que no me inocules con tu vicio de la virtud. Para héroe ya estás vos. A mí me va bárbaro con la herencia de paquetería pacata aprendida de mi madre, que llora como la Magdalena frente al televisor regodeándose en las miradas sin horizonte de niños microcéfalos por desnutrición y putea a la injusticia universal mientras prepara las valijas para un tour de seis meses por “países en serio”.

(Y chasqueó la lengua como los capocómicos que rematan la ironía con un efecto para que el público la digiera y aplauda).

G: Lo que me apasiona de vos, Puppi, es cómo sabés jugar con la lengua. Es lo que más voy a extrañar. Perder el placer de tu lengua mientras pierdo el uso de la mía. Eso sí que es una mutilación. Va a ser como perder a mi hermanita lingüística. Vos creés en las palabras, Puppi, a pesar de lo que digas.

Puppi: Yo creo en tu palabra. Y eso es una desgracia para mí, un presagio de mal destino. Sos un barroco emocional, Ponja. Me provocás furia. Yo quiero la inmediatez del juego a futuro: soy  una criatura del pragmatismo. Siempre apunto la flecha hacia el próximo segundo del reloj.

G:Me fascina cómo confundís hacerte la viva con reflexionar,  largás sin pensar una línea de frases ingeniosas detrás de otra y me dan ganas de libar de tu boca todo el tiempo  como una mosca la miel.

Recuerdo que la besé, que nos amamos como dos bestias salvajes. Fue la última vez que nos echamos a una cama juntos antes de la despedida. Ella se enterneció súbitamente y se animó a mostrarme la humedad de sus pupilas verde inglés. Finalmente dijo algo bellamente recitado en graves.

 Puppi: Gracias por la pasión, Ponja. Sos un tigre indomable, Akamura,  y eso te hace insufrible.

 También recuerdo que me confesó en la carta que me dio para que abriera en el avión que no habría podido acompañarme al aeropuerto sin deshacerse en llanto.
Antes de irse tuvo un sorpresivo gesto de ternura. Me confió un secreto que no le había contado a nadie. Me rodeó los hombros y apoyó su frente contra la mía y meciéndome suavemente dijo con un tono de pájaro en fuga que pagaría por haber grabado:

Estoy embarazada, Ponja.
Me siento una caja mágica.
Al fin encontré dónde está el futuro.
Ya no soy agua dormida, Gustavo, ya no.

Fue la única vez desde que nos conocimos que me llamó por mi nombre.

Julianne cerró mortificada el cuadernito y se dedicó a comer compulsivamente hasta dar cuenta de media lata de la golosina.
Sirenas de ambulancias y de bomberos atravesaron la ventana clamando por auxilio. También se oían corridas, lamentos y quejas.
Se acercó al panel que daba de soslayo a la esquina, permitiéndole ver sólo un recorte del espectáculo.
Con el caos ocurrido por imperio de las fuerzas naturales sobrevinieron réplicas de las memorias sonoras que la acosaban en la soledad.
¨Je ne suis pas francophone¨ fue lo primero que le escuchó decir a Aka en una librería donde él hurgaba por libros de culto y ella buscaba novelitas baratas.
Con ese hombre ella había aprendido que estamos condenados a perseguir la libertad.
Y que el azar de la existencia es anterior al nacimiento. Y en soledad también había descubierto que nunca se lo iba a perdonar. La única forma de reparación a tan desmesurada oferta de vida es la venganza. Y había tomado la decisión de ejecutarla.

Mientras tanto, en el colmo del sur, la vida también sucedía.

Recuperación de apuntes extraviados que alguien robó

Nada hay más triste que un manuscrito disperso en el viento. Si ese viento es además el Zonda, la inminencia de la desfiguración es más patética al hacerlo proclive al incendio.
Y si el alma del lenguaje cediese a la autocombustión en un silencioso y anónimo ritual suicida se malograría la sagrada confusión que nos guía hasta la muerte desde el primer aliento. La misma que nos hace anhelar el habla y luego dudar de ella hasta la última palabra pronunciada –  acaso sólo  apreciada en el instante del adiós.
Suicidado el lenguaje, su fantasma nos arrebataría aún en el  juego final la bella ironía de esa única herencia valiosa que todos, libres o esclavos, recibimos de la gracia. Y entonces, al igual que a la vida, a la palabra también se la habría amado demasiado tarde.

Los siguientes textos asaltados son apuntes de fugitivo, quizás de un maldito en la cuna. Por lo tanto no están firmados y no dejan juegos de azar a la vista al carecer de trazo de huella alguno.
Más bien parecen responder a la protoescritura de algún orate errabundo y están plagados de zonceras, es decir influencias e hipo-textos que los literatos de nota vienen rastreando como sabuesos en las obras, que no son mucho más que las sobras.
Son los escritos de un flâneur, eso sí se podría casi afirmar, por su índole errática y desquiciada.
Desprejuiciada, quizás.
El primer escrito sacrificado a la hoguera del Zonda había refugiado sus restos en el silencio nocturno de un parque.
Alguien que  los arrebató a la luz del día siguiente leyó:

“Si  Santa Fe está bajo las aguas, es posible que la señal se esté haciendo presente. Una ciudad donde la fe se pierde bajo el agua bautismal, acaso haya dejado de ser santa.
Si la fe fuese apostática dejaría de ser hipostática y alcanzaría la categoría de herética.
Una fe herética, es a la lógica platónica, o mejor, a su brazo armado de la propaganda, el cristianismo, un perfecto oxímoron.
Nadie podría refutarle a alguien que una fe tenga una connotación positiva, aunque esté apoyada en rituales a los mil demonios. Pues esa misma fe en el mal sería presuntiva de algún bien existente. Lo cual responde a su vez a una lógica paradojal.
Una conclusión posible es que aún estamos metidos en el chaleco de fuerza del pensamiento binario y es en este equívoco que seguimos girando como un perro que se muerde la cola”.
“Post scriptum: muy posiblemente esta estrategia sustente la ilusión permanente de que podemos escapar  a….. espanto…insospechable… que…¨.

Algo del orden de la respiración sofocada interrumpía el escrito y lo remataba en un jirón de hoja que no se sabe si, intencionalmente en blanco, expectante de iluminación, o censurado por algún fantasma, quedó reducido al misterio. ¿Es quedar reducido el haber ingresado en el misterio?
Otro fragmento mimetizado con las hojas de un ombú yacía colgado en el entuerto de una rama. La soledad parecía predominar en el papel desleído por alguna lluvia.
Aunque borrosas,  las palabras habían sido diseñadas con obediencia y,  presumiblemente, una fuerte emoción. Estaban entrecomilladas como si reconociesen una patrística, algún blasón autorizado e insigne.    

“Padre, mis días  como humo se disipan y mis huesos  arden como en una fragua” 

Atrapado por la furtiva astucia de la incógnita el lector casual abandonó su incoloro gesto de desaprensión para pasar a leer ávido.  –  ¿Qué otra cosa es un misterio sino un propósito secreto?
De modo tal que el texto lo impulsó a pensar.
“Este es el mensaje de un náufrago moribundo” –  ya dispuesto a no perder la cabeza más que para ganar en locura.
Tras  un seto protector de indóciles pensamientos que había sido objeto de las trapisondas de amantes pobres y hormonales, reposaba, exhausto de pasión, otro fragmento.
Esta vez, obviamente mecanografiado con certero pulso de vieja secretaria oficiosa, con las impresiones parejas y armoniosamente distribuidas en courrier – más que juiciosamente centradas en el papel, ya no tan amarilleado como el anterior.  
Milimétricamente calculado como fue el centro, la circunferencia conceptual de la escritura alcanzaba una intrépida extensión incalculable. No vamos a poder reproducirla, así que, caro lector,  nos limitaremos a entregarle,  si no una fiel,  una leal copia del dictum:

¨Omne quod movetur ab alio movetur¨

Acaso los atléticos amantes que habían reducido tan bizarro material de colección a la categoría de guiñapo hayan podido, entre suspiros y jadeos, apreciar la humorada de tal ocurrencia. O quizás haya sido sólo una fatalidad que la supina negligencia de la juventud de los instintos nunca advirtió.

Ahora bien, los fantasmas de este escrito estaban mutilados. Pertenecían a un mismo linaje, ese era el único indicio observable. Así que el ladrón de secretos se hincó a leer, como siempre que se lee, lo que pudo:

Tantaene…..caelestibus…..
Terminus……….
Tantaene animis caelestibus irae? ……..
Urbs antiqua fuit………….tum, pietate gravem ac meritis si forte virum quem…… Ilicet ignis edax summa ad fastigia….. vento……..Tempus………………irae……
Terminus………Rerum………Quo…a………Animis…..

Una bandada de palomas se acercó a hacerse de las sobras desgranadas del almuerzo de oficinistas abatidos y dilettantes gozosos que, beneficiados con un calor de primavera, se detuvieron a disfrutar de un bocado.
Un curioso cachorro cazador se acercó acicateado por el instinto y con la hiperquinesia natural de la edad temprana, espantó del banquete a las ávidas comensales.
El cachorro saltó triunfal sobre un casal que se prolongaba en la glotonería y coronó su pequeña victoria regando el fragmento con su orín dorado, acaso intentando una última humillación, acaso como homenaje al contribuir a la perpetuación del sepia que tanto enaltece a una escritura.
El lector extraño lo rescató superando una obvia náusea y lo puso a secar al sol. Luego lo envolvió junto a los otros apuntes en un periódico y se marchó como si una misión aventurada lo reclamase.

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