SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto Viviana Lombardi

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

Capítulo uno.

Dos globos nacarados y anhelantes, las tetas de la Pisani se contrajeron espasmódicas sobre su cara al compás de un sofoco. El sonido del tango se hizo ensordecedor. Las guitarras aullaron fustigadas por una energía oculta. Tembló el equipo destartalado y gauchito que había aguantado varios rebusques de la indigencia: un cablecito sacado de una plancha inútil, un fusible rescatado de la radio portátil. Un golpe de huracán cristalizó la última de las catástrofes anunciadas. El único vidrio del ventanal que venía resistiendo al infortunio cayó, digno, bello como un castillito de espejos que muere sin rendirse.
De pronto el tango cesó en señal de duelo. Desde el hiato vibró un réquiem cantando el aire altivo del bandoneón, a modo de remate.
”Sed.” Gustavo Akamura sintió respondiendo a quién sabe qué sabiduría del cuerpo.
Saltó de la cama enturbiada de desánimo y fluidos eróticos. Con sus ojos de tigre apenas abiertos, se deslizó hasta la heladera, sacó el único objeto de satisfacción existente – la jarra de agua helada, sinuosa y turgente como las tetas de la Pisani  – y la vació hasta el fondo.
No volvería a la quietud de la pampa, lo supo en ese momento. Nunca más soñaría a la sombra del gomero que la minuciosa atención de su padre había erguido de la nada. “Mi gomero azul”. Símbolo lustroso y gentil de la promesa que esa tierra nueva les había ofrecido a Sayuri y Moriyasu Akamura.
Desde un ángulo del cielorraso, dos pares de ojos oblicuos fulguraron bendiciendo la anchura del horizonte interminable; la pequeña huerta, la casa de madera rigurosa, el jardín sediento de reparación. Por los poros de la pared se filtró el austero feudo Akamura, cultivado con manos respetuosas como cumpliendo un mandato que santifica la existencia.
Allá había quedado, exiguo, virtuoso, vencido por el abandono, por la brecha que la distancia y el olvido, esa forma anticipatoria de la muerte, habían sepultado.
Aka chasqueó la lengua, escupió una pelusa o acaso una partícula amarga y se metió en el baño.
El teléfono sonaba lastimero mientras el agua helada recorría su cuerpo magro, mientras el jabón pinche cumplía la tarea higiénica del hábito espartano, mientras la penuria se lavaba junto con el sudor ácido del sueño solitario y siniestro.
Lejos, muy lejos de todo lo propio, Aka sintió que la memoria o el sueño eran su única herencia.
Las gotas heladas bañaron su rictus devastado ofrecido a un público invisible ante el que se lloran lágrimas inútiles, con la angustia puesta en acto para nadie.
El teléfono dejó de sonar y Aka supo que ése sería el único alivio del día. Cerró la puerta del baño, acorralando al impiadoso espectro que lo había ahogado en desasosiego y se miró, feroz, al espejo. No se iba a afeitar, no valía la pena.

Como cada mañana el rumor ajeno de la calle le volvió a punzar los oídos, dejándole otra marca de  extranjeridad, el exilio cincelado en el mapa de la cara – cicatrices de decepción, líneas de extrañeza, arrugas de inubicuidad. – Se rió de sí mismo. Todos los días se tenía lástima antes de entrar a la pescadería.
Luego, el hedor de la mercadería fresca sería el placebo salobre y viscoso compañero de la náusea. Podría pensar, qué asco, tener que hacer esto, mientras afilaba la cuchilla desespinadora con la furia de un samurai. Podría volver a resignarse hasta llegar a fin de mes, podría rechazar la sopa de pescado y cruzarse a la charcuterie a almorzar pan blanco con paté, podría bajarlo con cerveza, podría salir unas horas más tarde porque el marsellés tenía a la mujer enferma y podría,  por fin, la mañana siguiente, atender a la insistencia del teléfono y pagar el alquiler de la semana. 

Julianne lo saludó con la mano desde el otro lado de la calle al verlo pasar hacia el galpón con el delantal puesto, las botas de goma rozándole los muslos fuertes, la cuchilla en la mano izquierda, soberbia como un sable. Prefirió ignorarla con la excusa del apuro por llegar.  Acaso más tarde, cuando el ocaso serenara al cielo implacable de París, cuando la ansiedad despertara al sexo.

Un sudor irritante le empañó la mirada de guerrero derrotado; respiró hondo.  Faltaban apenas unas horas y el tiempo se contaba por pieza limpia.  “Contar el tiempo por la ley de un mundo que niega lo inmaterial; como si la desmateria fuese una raza menor de una civilización perdida”.
Sonrió, esta vez de plenitud.  Algo del antiguo arrojo permanecía íntegro, hostigado por la decadencia, enmascarado de nihilismo pedestre.
Hacía rato que Gustavo Akamura, argentino por nacimiento y japonés por herencia parental, había perdido la esperanza de que el mundo fuera otra cosa que una proyección de nuestras pesadillas. Eligió no abrir más exclusas, no quiso más que entregarse a esa epifanía modesta, la florcita blanca en  la bosta., por el resto del día.  

La fuerza de unos brazos amarrados a su pecho lo despertó a media noche. Finalmente Julianne había conseguido una respuesta al saludo. Finalmente el ansia había podido con el cuerpo. Finalmente había cedido al hambre de humanidad.
La heladera no estaba tan vacía y pudo tomar un trago más reconfortante que el de la mañana. La cama no estaba tan vacía y pudo regresar a los sueños sin pavor. Adormecer a la memoria.
El otro cuerpo, electrizado de deseo, le transmitiría una pulsión nueva. Se sintió mezquino, un depredador. Sabía que no tenía derecho a la usura emocional aunque la carencia lo impulsara a ejercerla.
Nunca prometía nada, ni siquiera un gesto distraído de caricia, y, sin embargo, se acercó a la cama con dos vasos y rozó el flanco entregado de Julianne con la botella helada y encendió la semivigilia de su hembra con una sonrisa.

La voz hosca de Moriyasu atravesó el cuarto como una ráfaga. “Mi país es sólo para extrañar”. Sintió la grave cadencia espasmódica de un idioma que dolía como un latigazo inesperado. Como el que debía sentir su padre cuando  usaba la lengua adoptiva para expresar lo intolerable. “Mi país sólo merece que se lo extrañe”. Acaso haya sido la idea., desdibujada por la vana memoria y el dolor vano.
“Otra vez lejos; el cuerpo presente y el alma ausente. Nunca sé en qué estás pensando”. Julianne habló con voz frágil. Pero no suspiró como quizás estaba deseando. Como  quizás necesitaba.
“Es una buena mujer”. Aka eligió no hablar. La abrazó en un acto honrado de respeto.
Empezaba a llover cuando volvió a excitarla, por compasión, por agradecimiento.
La botella ya vacía, el corazón agitado, el deseo violento: el mundo se ordenó por un instante.
Amanecía. Los cuerpos ocupados en sentirse emitieron un leve resplandor. 

Capítulo dos.

La línea sobre el mar de pasto verde era definitivamente gris. Con la forma y textura del ala de un cóndor.  Un volumen muelle y translúcido a los últimos rayos del poniente.
“Si, la pampa es como el mar: huele a algas después de la lluvia, suena a crestas salvajes con el pampero, ondula al compás del viento; los pastizales bailando al capricho de las ráfagas evocan un furor de marejada.”
Sobre ese plano gris Aka escribió un nombre de pluma posible. Akasud.
“A  Mariana va a gustarle. Aka+sud. Es un modo de permanecer en el lugar abandonado, de estar a disposición de una confidencia, de un abrazo inevitable.
Aka+sud. Akasud.
Al ver el trazo, negro sobre gris, la grafía le pareció pomposa, el sonido, infortunado. Nada tenía del ideograma soñado por la imaginación. La percepción agrandó la escritura hasta hacerla gigante como una montaña.
La puntada le punzó el estómago. La que se había apropiado de su fondo como una voz de alarma indescifrable. Se tendió en la cama con los brazos extendidos a los lados e intentó relajarse inspirando hondo. No iba a ponerle nombre a las emociones. “Para qué mortificarse”.
Se quedó tendido, in extremis del ansia. Sólo respirar, hondamente. “La Pisani decía tener motivos fundamentados. Nunca le faltaron palabras. Tenía mucho texto al cual echar mano”.

La nota de Julianne bajo la puerta, un retazo de papel arrugado por la presión ejercida para imponerlo a su atención, desvalido, casi huérfano como la mirada de ella cuando le escrutaba el rostro impasible en busca de un secreto,  permanecía expectante e intacta.
No podía, no debía en nombre de un mínimo de dignidad, alterar el orden de los encuentros. Julianne debía tener su cuota para que él pudiese privarse de lastimarla como a un animalito indefenso, entregado a su destino de vulnerabilidad.
Podía adivinar cada palabra de la nota, la letra cuidadosa e ingenua,  los tonos pálidos del lenguaje, las aes prolijamente redondeadas como sus pechos,  como sus caderas de madre en ciernes,  sin un varón que le prometiese más que un ritual compartido para aventar el dolor de la existencia.
Un súbito olor a cebolla frita le invadió los sentidos.  Venía de lo recóndito.
La casa de la pampa tenía una cocina central donde sucedía lo comunitario, sin artificios, sin más pretensión que la convivencia de tres seres unidos por la sangre. Acaso por el propósito de transcurrir sin terror. Un espacio augusto y abarcador como el ala del cóndor que evocaban los cielos pampeanos en el espectáculo del poniente.
Akasud. El nombre carecía de aura, definitivamente.  Se molestó como si se hubiese descubierto autor de un delito oculto que lo hacía despreciable.
Tomó el papel donde había escrito el nombre y recogió la nota de Julianne. Sin resistirse a la tentación de comparar las escrituras, alzó ambos textos y los leyó oponiéndolos paralelamente al contraluz del sol que calentaba los huecos del ventanal.
Dos vidas, dos deseos, dos misterios paralelos como esos dos discursos que jamás se cruzarían en ningún sentido.  Se sintió despojado de algo que nunca antes había necesitado. Que ni siquiera sabía qué era.
Sonó el teléfono. Supo que era Julianne. Los domingos por la tarde no son tolerables para nadie. Dejó correr el chillido punzante del aparato hasta oírlo asfixiarse a sí mismo.  Le complació escuchar cómo languidecía larga e insistentemente. Como una vida sin más proyecto que el de morir. Como todas.

No tenía ropa limpia ni plata para ir al lavadero.  Abrió el grifo de la bañera y llenó el fondo de jabón en polvo.  Fue arrojando las prendas una a una y se detuvo en la contemplación de la patética agonía de los lienzos pugnando por flotar hasta quedar vencidos por el agua.  Cerró el grifo con una ridícula sensación de triunfo, como quien logró dominar a un enemigo imbatible. Sonrió. Tenía hambre. Inspeccionó la heladera.  Tendría que salir a comer.  Volvió a sonreír. “No tener víveres siempre me saca de la cueva.”

Caía el sol sobre las cúpulas.  La hora azul teñía a París de matices fugitivos. El impresionismo representaba su marca sobre Aka cuando cruzó el puente hacia el otro lado de la ciudad.
No creía poder encontrar a Charles para que le fiara. No creía poder comer algo consistente esa noche.  No creía poder confiar en algún gesto benefactor del destino. No obstante, cruzó el puente con cierta liviandad de espíritu, con el regocijo de quien se dirige a un refugio después de luchar un combate feroz.

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“Morder huesos de pollo revive el olor de los muertos.” – .Sorber el tuétano, dejar fluir la jalea  amarga en la lengua, tragarse la esencia más por curiosidad que por deseo. Luego bajarla con el vino barato ofrecido por la compasión de alguien con quien apenas se habla, con quien apenas se convive. – “Un acto de la estética. Un acto verdadero”.
Charles también le regaló un atado de cigarrillos.  Habían traído una marca nueva para probar. Se sintió lábil y vicioso. Prisionero de la gula. Decidió aceptarlo todo. Y observar a los parroquianos comer como fieras acorraladas en un circo; los gestos de bovina complacencia en  la sobremesa, el rictus decoroso al censurar eructos con la servilleta como un telón sobre el trono del crimen,  la boca, esa cómplice insaciable de nuestros pecados.
“La Pisani decía bien. Hablaba por otros, hablaba de otros, hablaba cuando había que enmudecer. Callaba cuando había que denunciar”.
Miró la hora en el reloj inglés del restaurante.
Desde chico había sentido que los relojes son instrumentos esotéricos. Y ese viejo juez británico obsesivo y arrogante, manipulador de la vida y de  la muerte, doble agente de la ficcionalidad, corroboró con creces su sentir. Para  él y para el fantasma de sí mismo que lo invadió para siempre cuando soñó que un reloj de arena lo interrogaba hasta producirle náusea.
“Cuántas horas habrá dictaminado anunciando alegría  o pesar, desastre o armonía”.
Las once y veinte y aún no había decidido qué hacer con Julianne. Akasud. No. A Mariana tampoco  iba a gustarle.  Debía volver a sus papeles. Debía volver a su centro. Debía animarse a la batalla nueva.  Debía librar una a una cada contienda;  volver a la lucha. “La lucha no acaba; se reinventa ¨

“¿Otra vuelta?” – ofreció Charles.
“Qué desgracia, siempre me gana la fuga. Como sonido, como la mejor oferta de aventura.”
Asintió con la cabeza y se entregó y comprendió a Julianne como nunca antes la había comprendido.

Capítulo dos bis o la fiebre de pesadilla previa al hambre
que
lo sacó de la cueva

La línea sobre el mar verde era gris. El ala de un cóndor. A Mariana no iba a gustarle. La pampa es un mar sin agua. Las ráfagas un furor de marejada. La puntada le punzó el estómago. Se apropió de su cuerpo. El alarido de lo inexplicable. Se extendió en la cama de hierro mojado. Relajarse inspirar hondo. Sin terror. La Pisani tenía mucho texto.  Adivinar cada palabra. Las aes redondas como sus pechos. Caderas de hembra caliente. El dolor de la existencia. Olor a cebolla frita. La Pisani hablaba, hablaba, hablaba. Había que silenciar. Callaba. Había que decir. Para qué mortificarse. El chillido punzante del aparato. Oírlo asfixiarse a sí mismo. La picana silbando al triturar la carne abierta. Languidecía larga e insistentemente. Una vida para  morir. Se sintió culpable. El olor de los muertos. No delató a nadie. Un acto de la estética. Un acto verdadero. Tenía hambre. Se desmayó en la tortura. Lo arrojaron a la leonera. Tabicado. Las heridas ya entregadas a su inexorable destino de úlceras. Sed. Esa sed que no encuentra alivio en la boca. Nadie le dio de beber.

Dejó correr el chillido punzante del aparato, escuchándolo languidecer. Comprendió a Julianne como nunca antes la había comprendido.  Atendió el teléfono desde la cama.  Nadie contestó del otro lado.

Capítulo del pretérito anterior preñado de futuro
(O de cómo piensa la patria un exiliado en la patria)

“La recordaré como quien recuerda un espejismo.” Corrigió. “Como quien recuerda un espejismo  fabricado por la falta.”
Hubo querido ser al menos un poco honesto. Nunca hasta entonces habrá pisado un desierto  descriptible. Un desierto con sus arenas o sus rocas desnudadas por los vientos o sus dunas de polvo de oro o sus napas tortuosas y esquivas como esa cruel mujer apenas conocida en el suplicio tantálico de la traición.
El día anterior hubo de enterrarse en la misma grieta que su país de pertenencia. O hubo enterrado a su país como pertenencia arrojándose ambos a la fosa, él tan ávido como Hamlet, sólo menos histriónico, menos afectado de voracidad de sufrimiento: más veraz, y, claro, más inverosímil.
Mirage, habrá pronosticado la palabra de la futura lengua adoptiva sin intención consciente. La grafía misma augurando una expedición, un torrente en el cual sumergirse en pinceladas, licuándose con el negro lustre en infinitos tonos de gris. Y compartiendo el sacrificio de esa tinta ahogada en el papel para nutrirlo de la esperanza de sentido; tinta mártir desangrada en el cráter de un punto invisible, subterráneo. O perdida en el furor de una nevada en quién sabe qué desmesura a escalar. Una única a cuidadamente redonda deslizándose hacia una g que se arriesga al abismo insumiría horas de meditación antes de impregnar el pincel con la carga justa. Partiendo del centro y proyectándose hacia ese límite de la circunferencia que imaginamos para existir. Reconociendo que desplazar a ese centro por necesidad o capricho, es denunciar la desrealización del borde, y que si el centro está en todas partes es un fugitivo eterno. Entonces aparecen los hiatos, las grietas, los acantilados, las fisuras, los fosos, la fosa de Ofelia, la fosa de Mariana, si es que era Mariana la que estaba en la fosa.
Excusas metodológicas para explicar que todo es cuestión de mesura cuando bien sabemos que Mme. La Mesura es metódicamente ignorada en la instancia trágica. Así es que la palabra elegida puede tener su centro en la M. Ya que se nos ofrece primera, majestuosa, elevada como una emperatriz para usurpar el significado. Para dar lugar a un sendero extendido como una metáfora por las damas de la corte que atienden a su alteza con sumisión deferencial; como acólitas que extienden la capa de terciopelo carmín para que su reina no se moje los pies. Pobres i, r. Al menos e cuenta con el privilegio de ponerle el límite al signo; de operar el remate de tanta oscura locura de nombrar lo innombrable. Necesariamente será  el rasgo definitorio de comunión entre artista y  materia cuando su gesto trace con la última letra la idea puesta en acto de mirage, que es mirar  lo que no se está viendo, o lo que se está viendo en la dimensión de lo inconcebible.
Entonces mirar el cuerpo atroz de una mujer torturada, reducida a carne podrida, no es mirar el cuerpo de Mariana. Es penetrar un límite terminal, clausurante, ontológico. Es ser Hamlet en la piel  pero sin texto en la garganta. Es ser testigo del daño radical: el mal absoluto en su pureza y consecuencia.
Así es que él hubo seguido la línea de su pesadilla, cavando túneles sin el consuelo de hallar la salida luminosa, padeciendo la aguda certeza de que los que soslayaban la mirada franca se habrán hecho cómplices del horror.
Habrá soportado que el Kabra, la Rubia Tarada, los mellizos Arias y Ricky y Perlita lo negaran en la oquedad apocalíptica, capturado como estaba por la serpiente del túnel que lo centrifugó hacia el éxodo sin salvación.
La serpiente le habrá ofrecido la presencia pertinaz de la muerte oculta en los peregrinajes nocturnos por una metrópoli ardida de odio y barbarie como un infierno sin purgatorio. Marcas del futuro anterior que lo habrán hecho pretérito trágico.
Cuando la razón pura hubo aconsejado  in mundo non datur saltus…….

Être à la recherche dans le mirage : permitirse la ilusión para salir del túnel, calzarse el disfraz de la bonhomía para no matar a quien habla con la boca infectada de delirio de verdad tras la máscara del inimputable.
Sólo Pamela, ex-José, le hubo ofrecido su cara de piedra desfigurada por la desesperanza,  travestida por la penosa voluntad de velar la sombra de hombre con una pasta humillante, convirtiéndola en un retrato de Erasmo agrietado por las guerras del olvido.
Sólo Pamela pudorosa se arriesgó a mirarlo a los ojos para regalarle una fibra íntima: su voz sin simulacro, cargada con el peso de la integridad. Y habrá  de ser esa voz,  fisurada como el rubor de su cara, esa única voz sin velo, la que le habrá ofrecido el sosiego de la humanidad pura. La voz de José que violentó las entrañas lastimadas de Pamela y rasgó su soñado himen virtual y preguntó, fraterna y  feraz: “¿Tenés documentos, macho?”.
Y no supo ni sabe por qué entonces como ahora vomitó y lloró y pudo ponerse en marcha.

Capítulo a continuación (de cualquier otro)

Notas de orden.

1. El nombre Gustavo me gusta porque en el país del exilio es Gustave y ya se sabe de quién hablamos
1. Su novela más famosa me aburrió pero me hizo querer al tipo.
1.A  él tampoco le gustaba Emma.
1. Ni él ni yo sabemos dominar a las emanaciones que nos acosan.
1. Voy a tener que releerla para descular cómo las puso a raya.
1.A admitirlo: es una forma de procrastinación. .
1.¡Argentinos! A las cosas!
1.A dormir. Mañana será otro día.
1.Maldito  insomnio. (Fija, ¿Qué esperabas?)

Nota al pie: Mi problema es el desprecio por las jerarquías.

Nota de vigilia:

“Notas bis: o reinicio o recorte de la primicia en algún punto simultáneamente (nunca alternativamente) inicial (cero igual ser-o) y/ o central por lo del centro en todas partes y la circunferencia en ninguna. ¿Sincrónico o diacrónico? He ahí la cuestión. ¡Ah!!! ¨  Mariana versus Emma. (Estoy desviando el objeto). Mariana y Antígona. Antígona sincrónica y Mariana también. Creonte y Aka: diacrónicos. Un respiro por favor. Las dos juntas me superan.
Un poco de culebrón con Emma es lo único que tolero por ahora: la Emma altiva con su mirada parda, azul profundo, negra, parda, azul profundo, negra etc. de emperatriz sucedánea proyectando la imagen de su propio hastío. Emperatriz de segunda, de segundos tiempos, de segundos amores,  de segundos robados. Cuencas entrenadas en estrategias especulares. Devotas de espejismos baratos.  Mortificantes. El goce del sufrir perfumado. Nada más opuesto a Mariana.”
Pero él, Aka sin nombre de pluma satisfactorio, no puede, no podría escribir (le)  a  Mariana.  Ella,  su nombre,  que es lo que ella es, se le imponen inalcanzables  como una montaña desfigurada por la bruma nacida de la cuenca del río que la nutre.
“Lo sublime y lo trágico conviven por organicidad pura, Mariana”.
Podría  transitar la Tierra Pura de los mandaras para hundirme en la abstracción abisal y escalar la hondura para probar que las úlceras microbiófilas en tus manos no son la substancia hedionda que sólo yo vi como la stigmata sagrada y quise tocar y besar para cruzar la frontera de la que no se vuelve llamándose inocente. Y no pude, no habría podido aunque debería haber podido.
Y me quejo por ser  pescadero, un peldaño más abajo que Moriyasu, que había sido pescador antes de su aventura pampeana, y su permanencia taciturna en algún punto inmaterial en la cima de la montaña riéndose de soslayo sin nunca jamás explicar por qué. Absorto en un instante del silencio en el que cabe la plenitud de todos los silencios.
Y mi sangre arcana clama por bujinga para dominar al arte a punta de pincel y no de cuchillo ni de daga ni de espada sino de la pluma y la palabra y me estoy volviendo loco otra vez.
Una ginebra más y a dormir basta por hoy. “

Pausa prolongada.

Otra perspectiva. Otros matices del gris, nada de verismo. La  diáfana belleza de la duda. Vacío en el amplio espacio donde se busca la esencia que anhelamos sin saber qué cosa es. O si es cosa alguna. Léase entonces como una alucinación materializada.

La pampa llora como una bestia herida de muerte, emboscada en el laberinto de la sudestada.
Los  animales huyen  despavoridos de la ferocidad de los hombres.
Un puma moribundo me refugia abrazando mi cuerpo desquiciado de dolor.

Fin de esta sección… ¿No?

Se-cuela

La pincelada diseña el ala de cóndor sobre un mar de plomo. Es un puñal desgarrando el paño de la noche con un tajo carmín; destilando terror en la sangre de partículas humanas licuadas en partículas atómicas. Sayuri y Moriyasu huyen de Nagasaki, de la aniquilación de un joven imperio bárbaro que pone de rodillas a un imperio viejo convicto de barbarie. El agua hostiga la bodega donde viajan los fugitivos, los latigazos de la zozobra, los trazos de la stigmata cósmica en lo alto, cernidos como una impresión fatal sobre los destinos, como la marca del acto sacrificial que la programación de la herencia humana hace cíclico. Personas que huyen de la muerte indigna. Buscando sus otras muertes, la natural frontera existencial, el vacío desde el cual generar una nueva plenitud.  Un hueco donde convivir con los  espectros que pueblan las brumas.

“Todo exilio es abisal porque es la hipóstasis de un sueño maestro que se nos escapa al despertar. El espacio de la fabulación que no podemos narrar. Los tropos interpolados de vivencia quimérica. La tierra prometida de lo ajeno. Es un antiguo mapa con nomenclaturas exóticas que nos incita a recorrerlo con las manos ávidas acariciando la superficie satinada que permanece impenetrable. El exilio es la distopía.  Nuestro no lugar de la existencia.”

La trama de Aka estaba tejida con pinceladas vinculantes en el lienzo de sus pesadillas. Todo permanecería secreto en cada despertar.

“La vigilia también es un teléfono que no tiene interlocutor cuando respondemos.”

Aka, autor si bien no narrador ¿A quién le adjudicamos este párrafo?

Si fuéramos cultores del bujinga podríamos empuñar el pincel juntos como dos shoguns enfrentados en una lucha de honor y practicar el arte del sumi-e en la île de la cité cobijados en el corazón de la hecatombe para develar los plumajes de los cóndores, los follajes de los cerezos, el vuelo de las codornices y  las etéreas manos de seda de las bordadoras mientras el mundo se parte en dos.
Y acaso inventando un torbellino diferenciado del holocausto atómico, un tornado de pura comunión con el caos sin cosmos, juntos lograríamos  la inauguración de un sentido.

¿Será  finalmente tuyo este párrafo, Aka con nombre de pluma provisorio?

Se cuela por derecho propio

                                             Este en bruma vidente
                                            Que discurre, distante, melancólico
                                            Proponiendo vocablos
                                            De luz desde la sombra,
                                            Este moderno austral
                                            Con tan nuevas penumbras milenarias:
                                            Hacedor  y  dicente.

 Necesitó cobijarse en las sombras del insomnio. Necesitó que algo se ordenara, que la ropa  no se pudriera en el agua de la bañera de la abuela de Julianne, un lujo heredado sin mérito, por pura voluptuosidad ingenua de su amante. Necesitó que algo se aquietara.
“Necesito, yo  Aka,  lo que necesitó Moriyasu el 10 de agosto de 1945 del emperador marioneta con su máscara de expresión única del teatro: que el rostro del poder muestre el gesto humano de cara a la luz”.
Necesitó que la suya no fuera una rendición incondicional como la que arrojó a sus padres hacia la boca abierta de la pampa.  Necesitó que nunca más hubiese en su historia unas botas salpicadas de sangre sosteniendo a la lógica binaria que impone claudicaciones, chupa vida humana y cobra con usura la dominación, reduciendo voluntades y destinos a la bestialidad. Todo eso necesitó alguien que no puede donarse un nombre para sus ficciones.
Una aurora intempestiva irrumpió en un haz que le acentuó el ángulo del pómulo. La cicatriz evocadora del ala de cóndor filtró algunos fulgores indecisos que le entibiaron las manos suplicantes.  Abrió el grifo  y enjuagó la ropa. Sintió el contacto del fluido traslúcido como un ritual de purificación.
“El agua. Siempre  el agua.”

 

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