UN CAPULLO DE AZAhAR

Letras Viviana Lombardi

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Desde que supe que una rama de nuestro AZAhAR engendró un nuevo retoño, es que sueño con este diálogo a una sola voz –por el momento– con la bendición hecha niña que llevará el nombre de Aria, trayendo la implícita promesa de arrobar con su voz al mundo donde ingresa como un nuevo sortilegio de la vida.

Quizás debido a mis largos años y sus cortos días, mi ensoñación incluye reflexiones sobre la condición de mujer y lo que he sabido aprender –siempre exigua lección– transitando la irrisoria experiencia de existir.

A fuer de probar el alcance de su paciencia, como sucede siempre con su madre –Brunela, mi socia entrañable e irremplazable en esta gesta de amor por la literatura– le hablaría en palabras que quizá sólo queden plasmadas en la letra, y que Aria leerá, ocasión mediante, cuando le venga en gana.

Aquí va, entonces, este mi legado irreverente y sentido, a modo de carta que se echa al océano de la suerte sin expectativa de retorno.

Le diría que antes de que el existencialismo de Sartre –el muy poco agraciado y ávido depredador de mujeres inseguras– propulsara al estructuralismo basal con la consecuente división de aguas devenida en posmodernismo, donde hasta es relativo si la pasta dentífrica se usa en la boca, las mujeres paríamos criaturas provistas de amor incondicional en el ADN.

O al menos así lo creímos, hasta que el psicoanálisis freudiano tomó vuelo y papá Sigmund nos adoctrinó en la creencia de que nuestros papis eran –en el fondo– más impulsados por sus bajos que por sus altos, una conclusión natural en un señor que además de científico, era morfinómano y adolecía de una morbosa preferencia por su propia hija Anna. Y que cuando se apagaban las luces de casa Freud se acostaba con su cuñadita.

Que así como el siglo XXI trae aparejada una urgente pulsión del inconsciente colectivo por barajar y dar de nuevo, echando por la borda viejos dogmas a derecha e izquierda y las ideologías de antaño desfallecen en los estantes como productos vencidos para la venta a precio de burla, venimos a descubrir que el emérito Carlitos Marx se llamaba Mordechai Levy, era hijo de un rabino talmudista y por algún motivo nunca bajó línea de su verdadera identidad en público. ¿Cuánto se puede respetar a un hombre que oculta su nombre verdadero? – la invitaría a cuestionarse.

¿Pero no merece la niña una fábula o una leyenda antes que un discurso adoctrinante?

Bueno, si de leyendas se trata le contaría la historia de la sibila Casandra, cuyo papi Príamo confinó al ostracismo porque tenía visiones de los estragos de las guerras libradas por sus hombres. Y que el rey Príamo, no contento con su propio escarmiento, le encomendó el caso al apuesto Apolo para que pusiera en regla a la díscola princesa.

Y que el héroe de oro, morador del Parnaso junto a su corte de musas complacientes, no encontró mejor censura que escupir la boca de Casandra para que nadie creyera sus predicciones, condenándola al descrédito, el repudio y el escarnio.

Pero que ella, como toda mujer que se valga, se opuso a silenciar la infamia y siguió prediciendo a lengua suelta. Legándonos así su coraje inspirador de tanta futura loca desbocada. Porque desde Antígona hasta las Madres de Plaza de Mayo, entre muchas otras en el largo sendero de la historia, las combatientes por la verdad última le han espetado al rostro mismo del tirano los textos fatales que el poder del déspota acalla, salvando vidas y muriendo heroicas por denunciar la iniquidad, la injusticia, la tortura y el genocidio.

Y que desde entonces, el impacto de la mujer en el mundo fue sinónimo de protección de la vida, contra todo brutalismo, porque sabemos intuitivamente que lo único permanente es el cambio y la única certeza es que vamos a morir, y la mayoría de nosotras elige hacerlo honrosamente.

Le aclararía además que no somos perfectas. Que nuestro natural arrojo para bebernos la vida de un sorbo tal vez se deba a que somos iconoclastas naturales, porque al poder crear vida en el cuerpo, por un ratito nos pensamos emparentadas a la divinidad.

Y que al envanecernos por aportar nueva energía humana al mundo, nos sentimos diosas celebrando una liturgia de creación; los vehículos portadores de la sabiduría cósmica a la especie. Pero que esa misma veleidosa vanidad creativa nos permite también leer el destino de la raza en las líneas de una cara y en las llagas de un soldado.

Se convertirá mi charla imaginaria con el Capullo de AZAhAR en una arenga feminista, se estarán preguntando nuestros pacientes lectores. De ninguna manera.

Porque le contaré que hablar de feminismo es establecer una diferencia artificial impuesta por el dogma salvaje del capitalismo y que al igual que a todo ser humano, a los hombres se los respeta como deseamos ser respetadas y se los ama – eventualmente, cuando lo merecen.

Que lejos de rivalizarlos se los interpela hasta la saciedad para proteger la reputación de brujas que nos ha dado el dogma religioso castrador de ambos géneros. Y que a los hombres de bien, ese rasgo de personalidad femenina les fascina, porque los rescata de la Mátrix ilusoria que nos enceguece, alentándolos a desafiar los riesgos unidos en solidaridad.

Y que devinimos pitonisas para desmontar los engaños de la historiografía destinada a apáticos y crédulos – por ser elegante y no decir bobos con patente – pero que la indagación femenina desde la malhadada Eva en adelante, exige pruebas al canto – le diría a Aria, con un nombre nunca más que acertado para tal giro lingüístico.

¿Será por eso que nos gusta tejer y cantar?

Y ya que estamos en el tópico del tejido, usurpado por las letras bajo el seudónimo de texto, le haría saber a Aria de las tantas mujeres que escribieron asombrosas obras literarias, y que como suele ser el caso con nuestro sexo, desataron pasiones, confusiones y contradicciones.

Que le cupo nacer en la era de la multinformación desinformante, donde la verdad –que no por nada es mujer– viene asiduamente vejada y mutilada, cuando no eliminada, sacrificándosela al altar de la supremacía dominante. Un tiempo de cuentos de tíos y tías que van muriendo bajo el agobio de su mendacidad, mientras se comen las migajas del festín de éxito ficticio que ellos mismos se inventaron.

Que aunque aún vivimos en el simulacro descarado y venal, nuevos aires oxigenados de verdad surgen –como es natural– por todas las grietas, para florecer, como ella misma, en capullos de ética que germinan bellos, indomables, insobornables e invencibles.

Y que ella viene predestinada a liderar a las euménides oficiantes de una apoteosis de la palabra divina, la palabra justa, la palabra sacra que recobrará para el mundo la tierra paradisíaca que nos fue legada.

Porque nadie mejor que las mujeres para admitir perplejidad, titubeo o inexperiencia para así lanzarse a una nueva pesquisa en procura del sentido. Y enfrentar esas cuestiones difíciles de revelación horrenda que nos hacen más fuertes, más serenas y más sabias. Escrutando todos los secretos para que la verdad florezca reverdecida, grácil como ella misma, blanca de luz y tersa de alegría.

¿Todo eso le dirías? – se preguntarán los lectores que se animaron hasta este punto del dislate. Sí, y mucho más, porque, atención, al igual que la prodigiosa Miranda en La Tempestad, hace rato que Aria se quedó dormida, arrullada por palabras que ella misma ha de descubrir solita. Y ha tomado la cháchara como una nana de vieja cándida y de buen corazón.

Bienvenida, Aria querida, fresca, aromática y hermosa como un naranjo en flor.