UNA MINA ALTA MUY PRODUCIDA

Letras Vita Salvatore

Una Mina Alta Muy oroducida


A Amílcar Ramallo la conjetura le tintineaba en el seso como un cascabel.
Molesta, chillona, tardamente necia, se le había instalado para quedarse.
Fue entonces que en un atardecer viscoso e insalubre bruscamente decidió – acaso en la íntima premura de conjurar la anomia – desentrañar el enigma costara lo que costase.
A Ramallo le rompía las pelotas ese vicio profesional de la sospecha que lo desvelaba a cualquier hora. Pero lo había aceptado como un mal karma desde cuando a los veinte años, en la lona y desorientado, ingresó al cuerpo de élite de la Policía Federal.
Los coreanos: así los habían dado en llamar quizá por el uniforme de fajina con cuellito Mao o la traza de malparidos con que salían de sabuesos carniceros a hacer los procedimientos – siempre es más cómodo tildar de hijo de puta a un foráneo que a un paisano.

Así fue que en aquella tardecita turbia, alentándose con el ardor de una caña quemada, Ramallo acrisolaba teorías como quien busca oro en el barro. Los muchachos lo habían enganchado al turco Nazar con la “Blanquita” en un procedimiento trucho pero todos sabían que el Turco había entregado la cabeza por un arreglo con el capo. Y que al capo no lo podía tocar nadie. La pesquisa había alcanzado un punto muerto.
La Jefatura decidió abrir el juego rondando los piringundines donde paraba el Turco. Y a última hora de la Nochebuena chuparon a una mina alta, muy producida, que hacía la calle sin tomarse siquiera un feriado.
En la seccional los muchachos se alternaban los interrogatorios para mantenerse diestros en las técnicas de apriete de los díscolos, hasta que en un día de sol rajante, mientras se barría el sudor de la cara con un pañuelo, el comisario Posse les dijo: “Parenlá un cacho con el Turco, muchachos, tampoco la huevada” –como si todo el mundo en la quince fuera capaz de entender la elipsis de un eufemismo.
Y todo el mundo entendió: dejaron de darle máquina aunque fuese fin de año y hubiese que hacer mérito porque se definían los ascensos.

Se notaba que a Posse, con los años, empezaba a cortarle el apetito ver tanto escroto chamuscado, reflexionaba Ramallo al levantar el índice de la diestra para que el gallego le sirviese otra vuelta en la barra. Acodado, fumando un negro fuerte, Ramallo esperaba que la Pecosa despachara al último cliente.
La Pecosa sacudía grácil la pechera abultada y lechosa en la nariz de un veterano para ganarse otra vuelta. Otro vicio profesional, especuló Ramallo, mientras pitaba, ávido, la colilla moribunda.

Con el último acorde del bandoneón de Troilo se volvió a internar en el laberinto de la hipótesis.
A ver si me saco este entuerto de encima”, pensó, aplastando la colilla hasta despedazarla.
Nazar está cubriéndolo a López, pero López no es debute. Y si López no es debute, el pez gordo anda nadando, sereno, donde se le cantan las tarlipes”.
Pero el trabuco tampoco había aflojado prenda y entonces todo se volvía impenetrable. ¿Cuánto valía el trabo López? Allí, bien cerca de la salida, la senda del laberinto empezaba a hacerse opaca.
Prendió otro negro y con la luz del fósforo y el aguardiente rascándole la gola, algo se le iluminó de golpe. El fuelle de Pichuco volvió a rezongar, celebrando, tal vez.
¿Qué mierda me estoy preguntando si al trabo lo cuereamos como a un chancho?” El trabo valía un toco; era evidente.
La pregunta es ¿Para quién?”
La Pecosa ya estaba metiéndose la plata entre las tetas, así que le faltaba poco. Y aunque él sabía que Emma, la Pecosa, se iba a hacer la desentendida, había fundado la investigación en lo que podría sacarle de mentira a verdad.
Estoy leyendo demasiada novela negra”, llegó a pensar Ramallo cuando decidió interrogarla aquel domingo a las siete de la tarde.
Empezaba a llover finito y parejo.
Mal momento, si los hay, para descular algo”, caviló Amílcar entristecido y apuró el fondito de caña. Y se le cruzó entre nostálgica y amarga la certeza de que, desde que estaba solo, los domingos a esa hora nunca sabía si matarse o mirar la televisión.
Lo cual”, concluyó, “es más ó menos lo mismo”.

Emma se le acercó con un crujir de seda barata y la mirada recelosa. “Que lo parió, las putas, se las saben todas”, se apuró a pensar él, antes de tenerla, sentada y suspirante, en el taburete contiguo.
¿Y cómo dice que le va a la Emmita?” Él aligeró el tono y sonrió y apresuró un gesto gentil para ganarle la confianza. La Pecosa era dura de carnes y de alma. No se inmutó.
Se vive” – contestó seca, impersonal.
¿Te pido algo?” – aventuró él, cauteloso.
Sabés muy bien que no tomo”. La respuesta de Emma silbó violenta como un latigazo.

Era guarra la hembra, como le gustaban a él. Amílcar entornó la mirada. Le habría cabido llevar sombrero, pensaba, recordando la foto de Bogart en el afiche que tenía en la pieza de la pensión.
Sonó otro Troilo en la vitrola y Ramallo consideró que no estaría mal ponerse a tiro con la melodía.
Quejas del bandoneón”, dijo, paseando la mirada sobre Emma, deslizándola intencionado entre los ojos y el escote. “¡Un tangazo si los hay! El bandoneón me baila en el pecho cuando lo escucho!”
¿A qué viniste?” La Pecosa no aflojaba un tranco.
Ramallo prendió otro negro. “Voy al punto” dijo, y exhaló, jugando con el humo fugitivo como la Pecosa. “Vos la conocés a Pamela, la trabita.” Una sonrisa impensada le torció la boca.

La Pecosa se afirmó en el taburete sosteniéndose con las manos apoyadas por detrás. Reprimió un temblor leve que alcanzó a erguirle el pecho unos pocos milímetros.
Más ó menos”.
Ramallo sintió que se estaba ganando un poco de terreno. Era intuitivo.
Yo ya sé que se llama Julio López. Sobre eso no te voy a preguntar. Para no comprometerte.” Miró fijo a los ojos de Emma. Ella sostuvo.
Siempre me pregunté” –ponderó, amistoso– “cómo es que un macho puede tener el cuero tan blanquito”.
El temblor crecía en la Pecosa bailoteándole en una náusea en el estómago.
Parecido al de una mina, como vos”.
¿Ycon eso?”
Corajuda la hembra. Ramallo empezaba a disfrutar de ese domingo.
Con eso nada”, retrucó él. “Una idea suelta”.
Ella no respondió. Esperaba altiva y rojiza como una leona emboscada. Él apremió.
Vos sabés que están pasando cosas raras”.
La réplica se volcó vertiginosa.
Las de siempre. Ustedes hacen mierda a los perejiles y transan con los malparidos”. Emma gritó, casi, y se mordió el labio inferior por haber hablado.
Mirá que sos guapa, ché”. Contestó él calmo y hasta parecía admirado, por qué no.
Es que vos para mí sos un amigo de la casa”.
Ramallo la volvió a penetrar por los ojos.
Y el más piola”. La voz de Amílcar ironizó pero su mirada estaba sobrecogida de verdad.

La pausa sobrevino sola. Ella había dejado el pucho pero se sirvió uno. Él se lo encendió. El tango terminaba de quejarse con la belleza de un final glorioso.
¡Cuánta soledá la de este mundo!” Amílcar Ramallo pudo ser sincero.
Fue la Pecosa, entonces, quien vio luz al final del laberinto.
Dejala tranquila” –dijo, suave.
Ya la hicieron pelota en la cuarenta. La van a matar un día de éstos. Se acostaba con el Turco, vos lo sabés muy bien. Estaba enamorada. ¡Pobrecita!”. La voz de Emma apenas se rasgó como un cristal atormentado por el viento.
Pero se llama López”. Él arremetió con convicción.
La náusea cedió en la tripa de ella. Y la sonrisa le surgió tan franca como la fe de que ella a Julio, su hermanito, esa tarde lo salvaba.
¿Y con eso qué, Amílcar?”
Se animó a tocarlo. Le posó la mano tenue como una mariposa sobre los dedos lascivos, rechonchos como morcillas.
Yo también me llamo López. Y vos lo sabés antes que nadie. Vos todo lo sabés sin preguntar y antes que nadie”.
Se sintió orgullosa del remate. Y no se equivocó. Lo tuvo ahí, blando y entregado como a un cuzco durmiendo una siesta de verano.
¿Vos nunca leés la guía?”.
Ella lo miró fijo ahora e inclinó la cintura, oportuna, para lucir la mercadería del escote.
Cuando estás solo, digo”. Ya la mano subía, obediente, buscando más carne de él por debajo del puño de camisa roñoso y cuarteado. La caricia respondió al llamado de la sangre. Era honrada. Le pertenecía a Julito, como todo lo que tuviese que pasar.
Es tu amiga, ¿No? Vos la querés salvar”. Ramallo sentenció.
Algo había que decir.
Sabés qué pasa” – Emma probó la confidencia – “cuando mi vieja se enfermó ella me puso sobre la mesa la guita para los remedios peso a peso. Tengo, como vos entenderás, una deuda de por vida con el Julio. Es una pobre putita, pero la muy tonta se enamora. El Turco le sacó todo. Nunca vio un mango, de nada. Cree en la virgencita de Luján. Si hasta le puso un altarcito cuando trabajaba acá”.
Se detuvo para tomarse un respiro. Había sido demasiado. La pausa la impusieron Amílcar y el terror de ella.
Así que….la Virgen de Luján”. Ramallo cavilaba con pereza. A un macho como él nadie lo iba a acostar tan rápido.
Ella meditó sobre la posibilidad de manotearle la bragueta. Pero percibió que era muy pronto. Le tocó la cara con el revés de la otra mano. Le hizo sentir la piel sedosa en las mejillas sobre los pozos del acné cicatrizado. Él se dejaba. La vitrola hizo sonar “La puñalada.”

¿No querés bailar?”. La Pecosa era ocurrente. “Soy muy buena para la milonga.”
El chivo cayó. La agarró, enardecido, lacerándole la cintura frágil. Emma aceptó el suplicio de la mano criminal en el talle y bailó alerta y fatal como nunca. Toleró que la lujuria ávida de él le macerara la carne diáfana y le restregara el sexo fláccido como un colgajo de bestia caliente.
Para no desfallecer se concentró en la esencia a lluvia de la milonga y arriesgó algún exiguo beso en la piel macilenta y tuberosa. La milonga terminaba y el aliento ácido de Amílcar ya se había devorado el aroma de la lluvia.

Salieron abrazados como dos amantes a la humedad del empedrado que espejaba la luz blanca de un farol.

La vamos a pasar fenómeno”. Emma decidió jugárselo todo. “Y podemos seguir siendo amigos, siempre”. Él le apretó la mano tierna hasta que le doliese.
Pasaron frente a una comisaría. El rojo neón del cartel de un auto para ricos desfiguró la senda nívea en fuego fluido, echándolo contra las rejas como a un río de sangre avasallada.

Ella decidió que era mejor perder la taquería de vista antes de volver a hablar. Después se animó.
¿Vos podés hacer que la dejen tranquila, no?”
Era una fija: la respuesta de él se hizo esperar. Chasqueó la lengua, triunfante, antes de insinuar.
Ypuede ser. No depende de mí solamente. Todo puede ser, Pecosa”- graznó.
Y le partió los labios con la cizaña de un mal beso.