UNA MIRADA SOBRE “LA TUMBA DE ANTÍGONA”

Letras Enrique D. Zattara Hernández

LaMusa Berlin BrunelaCurcio

La Musa | Berlin 2010. No es Antígona, pero podría serlo. Fotografía BrunelaCurcio


Varios autores han señalado el hecho de que Antígona, la tragedia sofocleana que probablemente sea la obra clásica más leída y comentada, ha sido reelaborada y versionada por un sinnúmero de escritores, al mismo tiempo que analizada e interpretada por otra numerosa cohorte de filósofos y pensadores; pero el caso de María Zambrano es el primero en que la peripecia de la heroína griega es “reescrita” literariamente no por un poeta o dramaturgo, sino por un filósofo. Por eso es que probablemente –me adelanto a compartir ese juicio- La tumba de Antígona es precisamente, en la extensa y densa obra zambraniana, el texto donde la veleña encarna su concepto de la “razón poética”. La obra –que con ciertas prevenciones podríamos llamar teatral- de nuestra autora ha sido vastamente analizada, sobre todo en los últimos años de uso y abuso de su nombre y figura. Sin embargo, me gustaría agregar, tras una reciente relectura, algunas reflexiones personales.

¿Hasta dónde la historia personal del autor incide –o determina, según muchos- la creación literaria? Se opine lo que se opine en esta eterna polémica, es obvio que siempre hay un espacio, más o menos explícito, por donde la biografía se cuela en la ficción. En el caso de La tumba de Antígona, la intervención de una en otra es tan intencionada, que la propia autora se encarga de señalar su presencia con guiños tan ostensibles como la identificación del mes en que nacieron Antígona y su hermana Ismene, con el del nacimiento de María y su hermana Araceli. Zambrano misma, en un párrafo de Delirio y Destino (su libro más declaradamente autobiográfico), se ocupa de identificar a Antígona con su propia hermana, lo cual confunde a algunos críticos que toman su declaración al pie de la letra, y no llegan a comprender que en ambas hermanas griegas se pueden encontrar características de una y otra hermanas españolas, porque lo que se pone de manifiesto en los personajes de ficción es –más que la identificación de las personas- el carácter de su relación.

Tan evidente como el paralelismo Antígona-Ismene / María-Araceli, es la referencia a la guerra civil española, que se pone de manifiesto particularmente en los diálogos que la protagonista mantiene con sus hermanos Eteocles y Polinices (las dos Españas), muertos ambos cada uno por mano del otro; e incluso en las referencias directas al aprovechamiento que hace del mutuo fratricidio Creón (que sería Franco): “… el tirano que cree sellar la herida multiplicándola por el oprobio y la muerte”, afirma, esta vez en el Prólogo. Y respecto a sus hermanos: “Los mortales tiene que matar, creen que no son hombres si no matan” “Hay que matarse por el poder, por el amor. Hay que matarse entre hermanos por amor, por el bien de todos. Por todo. Hay que matar, matarse en uno mismo y en otro. Suicidarse en otro y en sí con la esperanza de ser perdonado por tanto crimen, por tanta muerte expandida”. Y del paisaje tras la guerra: “Todo se vuelve pesado bajo los vencedores, todo se convierte en culpa, en losa de sepulcro. Todos vienen a ser sepultados vivos, los que han seguido vivos, los que no se han vuelto, tal como ellos decretan, de piedra”.

Y el exilio, evidentemente, encarnado en esa niña que erró por la tierra aquea acompañando a su padre ciego y desterrado. Un exilio que quita pero al mismo tiempo otorga, da un saber “que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra; el que ha sentido el peso del cielo sin tierra que lo sostenga”.

Un sentimiento que María Zambrano coloca casi siempre en un lugar que más que físico o geográfico es existencial, originado no sólo por la guerra que la echó de su país, sino por su propia de condición de mujer abocada a las tareas del pensamiento en un tiempo en el que esta actitud resultaba casi antinatural: “Esa inteligencia que por castigo pusieron en tu cabecita (…) ese talento para una muchachita es un castigo (…) Si en lugar de darte a pensar…”, dice la Harpía.

Un sitio existencial, el propio en el mundo, que durante toda la obra (y también , por qué no decirlo, en muchas partes de los escritos zambranianos) aparece como un Destino, más que como una elección (y en eso se diferencia radicalmente, creo yo, su Antígona de la de Sófocles): “ANTÍGONA: No, no , vieja, amiga, araña, lo que seas, yo no me he dado a pensar. / HARPÍA: No, te diste a ver. El pensar te lo dieron. / ANTÍGONA: En eso dices algo cierto. Mas no me di a ver, a que me vieran. Y si me di a hablar es porque me encontré en ello, teniendo que hacerlo”. “Todo me lo fueron dando, me lo dieron ya desde el principio”.

Menos señalado por los estudiosos de la obra que comentamos es algo que me parece directamente ligado (más allá de la propuesta filosófica en sí misma sobre el papel del Destino en la vida humana), a esa convicción de “encontrarse en ello” un poco sin elegirlo que manifiesta la protagonista. No es vano recordar que Blas Zambrano, padre de la filósofa y mentor evidente de su vocación, era un intelectual. Vale la pena recoger algunas frases de Antígona en sus respectivos diálogos con su padre Edipo y su madre Yocasta. Me limito a un par de apuntes sueltos. A su padre le dice entre otras cosas: “… ¿entonces eres mi padre? Creí que eras un dios”. “Es el padre quien ha de decirnos quiénes somos”. “EDIPO: Porque no hay que hacer nada sin haber vuelto a la casa del padre. / ANTÍGONA: Pero yo, padre, yo que nunca me fui de tu casa…”. Y a su madre le reprocha “… como si fuéramos tus hijos inacabablemente y como si nuestro padre estuviese siempre yéndose de su sitio, del lugar del Padre”. Y luego: “Ay, Madre, inmensa sombra”. A María Zambrano, que no tenía ningún aprecio por el psicoanálisis, no le hubiera gustado nada que alguien le mentase el llamado, precisamente, “complejo de Edipo”, pero al menos el concepto relacional infantil que propone da qué pensar.

Pero ¿qué es eso “dado” y de lo que hay que desvestirse para nacer? No recuerdo haber leído ningún estudioso zambraniano que pusiese énfasis en señalar hasta qué punto la palabra de Antígona revela un conflicto fundante con la estructura familiar. “¿No nací dentro de ella, y todo me ha sucedido dentro de la tumba que me tenía prisionera? Dentro siempre de la familia: padre, madre, hermana, hermano y hermano, siempre así”. Un tema al que Zambrano recurre varias veces en el Prólogo, cuando insiste en que para cumplir el sacrificio profético que la llevará a la “aurora de la conciencia”, Antígona deberá desentrañar “el doble laberinto de la historia y de la familia”. Por eso, para ese segundo nacimiento que vislumbra una Nueva Ley tras la tiniebla y el delirio de la tumba, a la muchacha de aciago destino “había de dársele también tiempo (…) Tiempo para deshacer el nudo de las entrañas familiares”. Nudos familiares que, en la protagonista (y por ende en la propia Zambrano), no parecen remitir sólo a la desgracia que hereda por ser de la rama maldita de los Labdácidas (eso ya está en la tragedia griega), sino a plantear un conflicto, como decíamos, fundante, con una estructura familiar que Zambrano imbrica e identifica con la historia. Aún con el riesgo de caer en el anacronismo, y aunque sea en un plano meramente simbólico como tantas veces se ha reinterpretado la mitología, tampoco sería gratuito identificar la maldición que se hereda por pertenencia familiar, con las estructuras fundantes de la personalidad que genera el entorno y la propia configuración de la familia. Psicoanálisis, otra vez.

No puede decirse que la puesta en escena –y como ya hemos dicho, incluso intencionadamente- de los conflictos centrales de la historia personal de la autora en La tumba de Antígona, sea un aspecto marginal, secundario en el texto. No lo es, porque es evidente en el pensamiento de María Zambrano la intención de crear una forma poética total, que para la filósofa jamás podría excluir o dejar en un plano menor la autobiografía, la parte más cercana a “los ínferos”. Para ella, y así se lo divisa claramente en el texto de esta obra, sentimientos, acción y pasión, el pensamiento y las entrañas, son parte indescirnible, que contribuyen todas a la construcción del sentido. Pero precisamente por ello, no son aspectos separados de la obra, sino que se ubican todos en el mismo plano, absolutamente imbricados en el texto. Un texto que intentaremos ahora, precisamente, desentrañar.

A diferencia de la protagonista sofocleana, en la obra de Zambrano Antígona no se suicida en su tumba poniendo en marcha la resolución del conflicto trágico. “¿Podía Antígona darse la muerte, ella que no había dispuesto nunca de su vida?”, explica la autora en el Prólogo. Según una interpretación que comparto plenamente (ver mi ensayo Dos versiones de Antígona, en Libreta de apuntes, 2004), en Sófocles la actitud de Antígona desobedeciendo las leyes de la ciudad para cumplir con la “ley no escrita” que le ordena sepultar el cadáver de su hermano, representa un momento de flexión histórica en que el hombre comienza a separarse del magma tribal para generar su conciencia individual. La Antígona de la tragedia griega se configura así como un arquetipo en donde lo que importan son sus actitudes, las convicciones que defiende, su carácter de símbolo. Coherente con la prédica de toda su obra, Zambrano reidentifica a Antígona como una muchacha virgen e inocente, casi una niña, a quien las circunstancias han arrastrado suceso tras suceso sin haberle dado oportunidad de tomar conciencia de su propia vida. Por ello, no concibe que la tragedia termine precisamente allí donde para ella debe comenzar: con el encierro de la protagonista. Antígona no ha tenido aún su oportunidad de vivir, y en el texto de Sófocles la heroína no se encarna, es arquetipo y no persona. Zambrano la quiere viva, mujer, doliente, con sus ideas que más que convicciones son imperativos anteriores a ella misma, pero también con su cuerpo y sus entrañas. Por eso, le da en su tumba el tiempo que no tuvo en el mundo, para que encuentre por fin el espacio de su propia autoconciencia. “Así, ni en la vida ni en la muerte”, tiempo indefinido, inmesurable (¿inconmensurable?), que es el tiempo del delirio o el sueño.

El proceso (inacabado, abierto) de su delirio en el espacio intermedio entre la vida y la muerte, permite a Antígona reenfrentarse desde otro lugar con todas las figuras que han tenido que ver con su vida: básicamente los miembros de su familia, a la que se agrega su nodriza, un personaje que no está en Sófocles y enriquece poderosamente el significado del texto incorporando una visión de la infancia desde la mirada de alguien ajeno a la estructura familiar (“Ana, tú eres el único ser que he conocido, iba a decir: la única diosa”). Así, en este permanente diálogo con ellos desde el lugar privilegiado de la no-vida (que no es lo mismo que la muerte), Antígona va haciendo aflorar (a sí misma) una nueva conciencia de sí, un redescubrimiento que es en realidad su verdadera existencia que le ha sido negada en el mundo real.

Por eso, la tumba comienza por no ser un lugar de horror, sino un útero que en lugar de acogerla al principio de la vida, la protege en el otro extremo: “Una cuna eres; un nido. Mi casa”. Y en ese útero la primera acción de Antígona es intentar liberarse por fin de la luz del sol, la que con su claridad cegadora le ha impedido hasta ahora ver. Ella quiere sumergirse en la tiniebla en busca de otro Sol, el “sol de la noche”, “el que me desvelaba haciéndome esperar la llegada de alguien, de alguien, de él, haciéndome sentir, saber, al mismo tiempo, que no llegaría nunca”; y a través de sus diálogos sumidos en el delirio va avanzando hacia esa nueva claridad, claridad diferente, que va tejiendo en el curso de un proceso no de carácter deductivo, sino intuitivo, abierto por igual a los descubrimientos y a las revelaciones. “Esta tumba es mi telar. No saldré de ella, no se me abrirá hasta que yo acabe, hasta que yo haya acabado con mi tela”. Y más adelante: “Seguirlo cuando la oscuridad lo envuelve, entrarse con él en lo más denso de las sombras, reducirse hasta llegar con él a la secreta cámara donde la luz se enciende”.

Camino de autoconciencia en el que hay que desaprenderse primero para poder abrirse a una mirada diferente. “La verdad es a la que nos arrojan los dioses cuando nos abandonan”; y esa verdad hiere porque es, más que nada, conciencia del abandono.

Cuando la luz es excesiva y no hay un espacio para refugiarse en la oscuridad donde sólo sentir los latidos del corazón, la visión enceguece y perturba. Antígona, en la tiniebla de su tumba, persigue encontrar esos latidos, busca que la luz de la Razón ceda espacio a la vida que viene de las entrañas, quiere que sea el amor quien la conduzca, como Beatriz a Dante en su ascensión al Paraíso. “Vete, razonadora –le dice a la Harpía-. Eres Ella, la Diosa de las Razones disfrazada. La araña del cerebro. Tejedora de razones, vete con ellas. Vete, que la verdad, la verdad de verdad viva, tú no la sabrás nunca. El amor no puede abandonarme porque él me movió siempre, y sin que yo lo buscara. Vino él a mí y me condujo”.

Pero el amor de Antígona (el amor de María Zambrano) no es en realidad el que se encarna en los hombres, en los hombres y las mujeres (“Allí el amor no hay que hacerlo, porque se vive en él”, dice su hermano en referencia a la ciudad utópica); es ansia de imposible plenitud que sólo se verá completo cuando descubra esa comunión con la luz nueva. Es Amor, con mayúsculas, el de San Juan Amante persiguiendo hacerse Uno con el Amado. “Y allí todo será como un solo pensamiento. Uno solo”.

La pureza de Antígona, su búsqueda última, difiere radicalmente en Sófocles y Zambrano: resplandecer de la libertad y la conciencia individual en uno; regreso místico al Dios desconocido, en la veleña.

Más allá de su misticismo -que se acentúa en las últimas etapas de su producción pero apunta ya clarísimo en la época de La tumba de Antígona– no sería justo calificar a la Zambrano de “irracionalista” o enemiga del saber, por mucho que se empeñe en liberarse del yugo tiránico de la Razón. Pero el Saber, el conocimiento, como ocurrió ya en el Génesis, también exige su sacrificio necesario. “Dices saber como si fuera posible no saber”, afirma en diálogo con sus hermanos: “Ese saber que no busqué se paga. Cada gota de esa luz, de ésta que venís a beber ahora ya muertos, cuesta sangre. A mí también me la llevaron, la sangre. Mi sangre fue, todavía más que la vuestra, sacrificada: a ese saber, a esa brizna de luz”. Esta es, en el fondo, la tragedia verdadera: la imposibilidad humana, que está en la condición de ser hombre, de elegir entre el conocimiento y la inocencia: la inocencia absoluta no es humana, y el conocimiento exige el precio del sacrificio de las propias entrañas (de la propia inocencia: el círculo se cierra).

El sacrificio sigue siendo el fondo último de la historia, su secreto resorte. Ningún intento de eliminar el sacrificio, sustituyéndolo por la razón en cualquiera de sus formas ha logrado hasta ahora establecerse” (Prólogo). E allí la historia, desenvolvimiento de una realidad enceguecida por la luz que hay que “desentrañar” para acercarse a la nueva conciencia. La historia que escriben, no sólo los vencedores, sino quienes no han escuchado jamás los latidos del corazón. La historia, gran simulación que disfraza la verdadera historia humana. “Y así la historia apócrifa asfixia casi constantemente a la verdadera, esa que la razón filosófica se afana en revelar y establecer y la razón poética en rescatar. Entre las dos, como entre dos maderos que se cruzan, sufren su suplicio las víctimas propiciatorias de la humana historia”. Como Antígona: y su familia.

Pero no se trata sólo de un reinterpretar, de un dar vuelta como un guante el discurso de la historia. Ni siquiera sirve la utopía de Polinices, la de ese sitio donde la claridad es perenne, donde “hay claridad porque ninguna luz deslumbra ni acuchilla, como aquí, como ahí fuera”. Ciudad donde ya no hay maldición posible, porque es “la ciudad de los hermanos, la ciudad nueva, donde no habrá ni hijos ni padres”. Ni hijos ni padres, todos hermanos, todos iguales: la muerte de la historia apócrifa es la imposible anulación de las redes originales de lo humano: la familia. (Excúsenme la tentación de citarme a mí mismo: “Padre es quien funda la tragedia de tu vida: tu familia”). Maldición innata que acarrea el nacer atrapado en las redes de una dinastía; sacrificio ritual que exige el ser parte de una historia contada como un relato desplegado en el tiempo.

¿Cómo escapar de las redes de una historia perversa que exige el sacrificio de lo humano? ¿Cómo hacer nacer de entre los rescoldos de la razón un nuevo tiempo y una nueva conciencia? Despojándonos, parece proponer Antígona (propone Zambrano), de los lastres de la razón, dejando hablar a los “ínferos del alma”, atreverse a dejar que la penumbra de la tumba –entre la vida y la muerte, entre el ser y la nada- aduerma la conciencia vigilante y permita el afloramiento de la otra parte de nuestro ser, la que reclama hacerse presente y se trasmuta en malestar y angustia. Que el que busca esa nueva conciencia “ha de pasar por todo: por los infiernos de la soledad, del delirio, por el fuego, para acabar dando esa luz que sólo en el corazón se enciende, que sólo por el corazón se enciende”. Adormirse de la conciencia vigilante, del imperio de la Razón, que abra paso a esos “claros del bosque”, porque “la vida está iluminada tan sólo por esos sueños como lámparas que alumbran desde adentro”, y finalmente, “el amor y su ritual viaje a los ínferos es quien alumbra el nacimiento de la conciencia”. Antígona, que no saldrá nunca de ese umbral entre la vida y la muerte, si no es hacia el despertar de esa nueva conciencia, es la sacrificada no para dar ejemplo de integridad y coherencia, sino para que su palabra renueve las palabras y señale el nuevo camino. “La oirás más claramente de lejos, aunque estés sumergido en otos asuntos –dice el Desconocido Segundo en los últimos párrafos de la obra-. Y esas palabras que se aglomeran ahora en tu garganta, saldrán sin que lo notes. Su voz desatará tu lengua”. Porque Antígona seguirá hablando, viva en los umbrales de la muerte mientras no hayamos atravesado esa “prehistoria” que para Zambrano sólo acaba reintegrándonos en el Uno. “Vida y voz tendrá mientras siga la historia”.

Hace algo más de treinta años, cuando todavía podía considerarme muy joven e ignoraba la existencia de una filósofa española, exiliada, de nombre María Zambrano, escribí un ensayo en el que comparaba Dos versiones de Antígona, la original del gran Sófocles, escrita en el siglo VI antes de la era cristiana, y la más reciente del dramaturgo existencialista francés de posguerra Jean Anouilh (publicado originalmente en la revista “Arte Nova” de Buenos Aires, e incluído en Libreta de apuntes, 2004). Entonces yo concluía: “Al final de un largo período de veinticinco siglos, el hombre occidental, lleno de soberbio reconocimiento de su propia individualidad, ha perdido el sentido de su vida. Ya no le valen actitudes ni razonamientos, su mundo muere con dolorosa agonía. No hay una Verdad, o todo es verdadero. Pero nada tiene sentido. Ni la búsqueda desesperada de Antígona, ni la sensatez de Creón, ni la imbecilidad del mundo que los rodea. El hombre está sobre el mundo como una hoja a la que el viento hace cumplir su parábola y deposita finalmente a morir. Existimos para cumplir nuestro papel hasta el final y morir. Seamos Antígona o Creón. Somos todos inocentes, como dice el Coro, y no tenemos sin embargo la más cochina esperanza: debemos aferrarnos a nuestro papel, no vacilar, porque ese es el único objeto: todos somos iguales porque al fin la muerte ha de nivelarnos en el absurdo sinsentido de nuestra existencia”.

Interpretaba yo, que ambas versiones –de las muchas que han ocupado a una legión de escritores a través de los siglos- marcaban el principio y el final de una larga etapa de la humanidad: “la larga historia del pensamiento que media entre estas dos versiones, y se refleja en cada una de ellas, es ni más ni menos que la historia de la ‘civilización occidental’”.

La lectura de La tumba de Antígona reabre, tres décadas después, aquel diálogo que nunca he abandonado, y le agrega una perspectiva nueva. ¿Completa la Antígona de Zambrano la parábola del largo proceso iniciado en la época clásica, en el que la protagonista central es la conciencia humana individual capaz de entronizar a la Razón –obra del hombre- como sustento de la Historia, y que declara su muerte por suicidio al hacerse conciencia a sí misma de gestar aquellos “monstruos” que diría Goya? ¿Es, tras el pesimismo existencial de Anouilh, la puerta de entrada a una nueva esperanza?

La tumba de Antígona, que quizás lleva a la literatura lo más parecido al despliegue de la “razón poética” que preconiza la filósofa nacida en Vélez-Málaga, es en todo caso una nueva pregunta, un sumergirse en ese umbral donde la penumbra –que no la oscuridad- adormece la vigilancia tiránica de la Razón para que sea posible descubrir nuevos claros en el bosque. No hace falta construir senderos irreversibles que partan desde aquellos claros, ni siquiera hace falta compartir las intuiciones de la propia Zambrano (no las comparto) sobre cuál podría ser el próximo destino. Porque lo singular de la palabra de la filósofa nacida en la Axarquía es que exige, eso sí, complicidad, pero nunca obediencia.