URÓBOROS

Letras Donovan Rocester

Diseño Blacksmith

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Muerte a lo viejo —susurró Pablo a su compañero del museo. cronopio

Con esas palabras Ernesto supo que luego de la jornada de trabajo habría una reunión de la logia.

Ernesto y Pablo trabajaban en el Museo Municipal de la ciudad de Khisse. En ese museo había un sótano donde guardaban los libros de la antigua biblioteca. Por aquellos años del siglo XXIII, el olvidado arte de la literatura se promovía en secreto. Cada día de reunión, el líder susurraba la frase ‘muerte a lo viejo’ a cualquier subordinado cercano. Aquel que oía la frase tenía el deber sagrado de comunicar a los demás que la reunión se efectuaría.

Era la primera reunión de Ernesto y no deseaba perderse ningún detalle. Se paró junto a Pablo y se sentó en el círculo de lectura, que era donde discutían sobre la obra literaria de turno. En aquella reunión se discutió sobre la contranovela Rayuela. Una vez que terminaron de participar todos los miembros del grupo, empezó el ritual de sacrificio.

Hermanos. Estamos aquí reunidos para devolver el arte al mundo —decía solemne el Sumo Sacerdote, en el centro de la mesa.
¡Que vuelva a la vida! —decían los espectadores en tono ceremonioso.
El decadente mundo material nos ha llenado las bocas, pero nos ha dejado un agujero en el alma —el Sumo Sacerdote continuaba su discurso —. Lo que ahora llaman arte está contaminado por la suciedad del dinero. Si no vende: no se promueve nada. Todo está comprado.
¡Que se haga el sacrificio! —gritaban los espectadores.
¡Que reencarne la inspiración de antaño! —gritaban las melodiosas sacerdotisas.

Los miembros de la logia del museo creían firmemente que la lectura y posterior sacrificio de una de las ‘grandes obras olvidadas’ podían lograr que la inspiración impregnada en sus páginas volviera a rondar por el mundo, para así revivir el interés de la humanidad en leer y escribir. El sacrificio consistía en derramar cierta cantidad de sangre, de cada uno de los miembros de la logia, sobre tres ejemplares de la obra elegida, para luego apuñalarlos con una espada ceremonial.

¡Que muera lo viejo para alimentar a lo nuevo! —gritaron los miembros de la logia, luego de la puñalada del Sumo Sacerdote.

Ernesto estaba muy atento a la escena, sintiendo que los libros realmente sangraban. Le emocionaba pensar que algo de esa sangre estuvo hace poco en sus venas.

Pablo vio que su amigo lloraba y le preguntó si le pasaba algo, a lo que Ernesto respondió:

Me doy cuenta de que yo también soy un cronopio.

Pablo no entendió a qué se refería. Con el paso de los años no había quedado nada de Cortázar, salvo su gran novela. Ni siquiera quedaban referencias sobre cualquier otra de sus obras. La palabra “cronopio” parecía un invento de la mente de Ernesto.

¿Estás bien? —volvió a preguntar Pablo.
Creo que… —dijo Ernesto, callando sin completar la frase.
¿Crees qué?
Creo que quiero escribir un libro.

Pablo quedó atónito luego de oír esas palabras. Hizo un grosero sonido de silencio que interrumpió los cánticos del sacrificio.

¿Qué te sucede Pablo? —dijo el Sumo Sacerdote, en tono represivo.
Repíteles lo que me dijiste, Ernesto —dijo Pablo.
Creo que quiero escribir un libro —respondió Ernesto, que parecía estar bajo un trance.

Todos en el sótano se quedaron pasmados durante unos segundos.

¡Ha ocurrido el milagro! —gritaron las sacerdotisas.
¡Ha vuelto la inspiración! —gritaron los asistentes.
En el nombre del arte, del vicio y del grandísimo espanto: amén —dijo solemnemente el Sumo Sacerdote.
Amén —gritaron todos.

Luego de algunos días de enfebrecido trabajo, Ernesto volvió a escribir “Historias de cronopios y de famas“.

Comentarios

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