VIVA PERÓN

Letras Daniel González

Viva Perón Relato de Daniel González


 

Con la algarabía aún a cuesta por el mundial ganado, estaba terminando sexto grado por aquellos días y nada sabía -porque nada se hablaba entonces- acerca de los desaparecidos. Además, eran los tiempos en que debíamos agradecer a los españoles habernos masacrado, y por eso todos los años conmemorábamos el 12 de octubre mal llamándolo descubrimiento de América o día de la raza.

Una de las maestras nos propuso participar de la semana alusiva decorando con láminas y dibujos su aula de Lengua y Ciencias Sociales, que compartíamos con los pibes de séptimo grado; cuando ellos se trasladaban al aula de Matemáticas y Ciencias Naturales, allá íbamos nosotros, los del 6to. ‘A’, durante las dos últimas horas para cerrar cada jornada.

Ese jueves fue el acto y al finalizar dejamos inaugurada formalmente la muestra, a partir del viernes serían exhibidos durante una semana todos los trabajos que se habían presentado. Yo, por esas cuestiones ideológicas que se maman en el hogar, me abstuve de  participar en un homenaje del cual siempre había renegado, y en la última hora del último día de la semana, cuando la maestra fue a guardar unos mapas en el armario que había en el fondo del aula, me acerqué con una fibra roja y entre todos los dibujos que habían presentado los de séptimo, elegí el del ‘Jetón’, Juan Domingo Díaz.

El ‘Jetón’ tenía un año más que yo, y si mi origen podía considerarse humilde, él me sacaba varios cuerpos, por eso no dudé acerca de la procedencia de su nombre: por su edad pero más por su condición social, el Juan Domingo tenía que obedecer a una sola razón.

Yo venía de una familia politizada, de un padre militante que había ido a recibir al ‘Viejo’ a Ezeiza a pesar del llanto de mi madre y que más tarde se vio obligado a quemar unas cuantas cajas de libros y revistas, más por exigencia de mi abuelo que por su propia voluntad. Por eso el nombre de Perón me resultaba familiar y desafiando al silencio de la época no tuve mejor idea que tomar el dibujo del ‘Jetón’ y sobre su Cristóbal Colón que señalaba el descubrimiento de América, pintarle arriba de la mano izquierda una V bien grande y arriba de la V una  P. Justo cuando estaba terminando, la maestra parada detrás mío y adelante de todos mis compañeros me regaló un terrible sopapo que retumbó entre las cuatro paredes del aula mientras golpeaba en la cara pero repercutía en mi honor. Yo tenía doce años recién cumplidos, era casi un hombre. ¿Cómo se le ocurría pegarme?

El reto duró los cuarenta minutos que siguieron hasta terminar la jornada, con la promesa incluida de revelar al ‘Jetón’ el secreto de mi autoría en su dibujo mancillado. Cuando sonó el timbre yo tenía mis útiles ordenados y salí corriendo, huyendo de mis compañeros y del mundo, avergonzado como no recordaba haberlo estado hasta entonces. Por la tarde decidí ir a pasar el fin de semana a casa de mis abuelos, sitio habitual donde calmaba mis desventuras y que serviría, en este caso, para aliviar al menos un poco tamaña humillación.

Pero estaba mal con el mundo, conmigo mismo y el sábado por la tarde ya comencé a recostarme en el sofá y a ‘tirar las patas así para arriba, como pidiendo volver a casa’, según me tenía estudiado el abuelo.

Aguanté finalmente hasta el otro día; los domingos almorzábamos de mis otros abuelos, los maternos, que vivían a la vuelta y luego de los tallarines del mediodía, la ensalada de frutas y el fútbol de la tarde por la radio, comenzó el ‘operativo retorno’.

Estaba en mi pieza preparando la mochila cuando decidí pegarme una vuelta por el barrio en busca del reporte del fin de semana. El Chino, un amigo de la otra cuadra, me había ganado de mano y ya estaba en el living comedor para ponerme al tanto de las novedades: Ingasa, mi equipo favorito en la liga del barrio, había perdido su invicto el sábado por la tarde y en la siesta del domingo, la cava de enfrente de su casa otra vez se había tragado a dos pibes en alguno de sus pozos traicioneros. “¿Vieron por qué no quiero que anden por ahí?” dijo mi madre mientras terminaba de planchar los guardapolvos casi, casi cuando estaba cayendo la noche.

Era lunes. Hacía tres días que me desorientaba un poco, es cierto, la idea de no saber qué excusas le iba a presentar al ‘Jetón’. Pero lo que realmente me atormentaba era el hecho de pensar cómo habrían de recibirme mis compañeros luego del papelón originado por la tremenda cachetada que me había propinado la maestra.

Los busqué en el patio, los imaginé formados para saludar a la bandera; esa mañana, a propósito, caminé muy despacio las cinco cuadras que separaban a mi casa de la escuela, como queriendo que el tiempo no avanzara pero, a la vez, deseando que el timbre anunciase la hora de salida y que por fin ese día haya quedado en el olvido.

Estaban todos adentro del aula, en silencio. La maestra con ojos de soledad y voz de recuerdo me dijo “...pensar que yo te pegué una cachetada por el dibujo de Juan Domingo…”. Yo entré a mirar a mis compañeros sin entender de qué se trataba y recién cuando el Tortuga aclaró que “estaba en la cava con un vago…lo encontraron ahogados a los dos...” comprendí la lógica de su resignación en el reproche.

Cuando reaccioné, ya estaba adentro de un rancho, sin piso, con un aparador que tenía unos platos y unos vasos, y el ‘Jetón’ estaba ahí…en un cajón. De un lado su padre, del otro su madre. Ninguno lloraba. La mamá lo acariciaba y le acomodaba un algodón que le tapaba la boca. Sentí que me desmayaba cuando la maestra apoyó su mano sobre mi hombro para sostenerme y susurrarme con ternura al oído “si tenés ganas, llorá…que llorar también es de hombre…

¡Pero yo no era un hombre, todavía: era muy chico para tanta pena!

A la mañana siguiente, la del 17 de octubre, el sopapo de la maestra quedó chiquito, insignificante con relación al dolor que sentí al ver en el pizarrón del aula de Lengua y Ciencias Sociales que al dibujo del ‘Jetón’ Díaz le habían cortado su brazo izquierdo, en el que yo apenas unos días antes le había pintado … viva Perón.